jueves, 20 de agosto de 2020

SIETE ROSTROS EMBLEMÁTICOS EN EL HORIZONTE. ALEJANDRO CAAMAÑO EN EL PALACIO SORZANO DE TEJADA

 

Al erial en que se convierte Orihuela en agosto, hay que añadirle ese velo de tristeza que la pandemia ha colocado sobre las cosas, haciendo singularmente amargo el calor de estas fechas. Pero no todo es un desierto en el enclave hernandiano por excelencia. En el palacio Sorzano de Tejada nos podemos encontrar, inaugurada ya hace unos meses, la exposición escultórica de Alejandro Caamaño, cuya silente presencia confirma la graciosa obstinación de lo artístico en los climas menos propicios a la degustación de lo simbólico. Y es que este virus nos está haciendo rácanos de gestos a fuerza de contención.  ¿Hasta qué punto  la  observación de las famosas medidas de no contagio nos paraliza el ánimo, coarta el flujo anímico y uno se  ve en la situación de no poder disfrutar de verdad de algo como una exposición por culpa de tanta incomodidad?

Personalmente vencí el otro día mi horror al calor, simulando no saber que llevaba puesta la simpar mascarilla, para poder visitar las salas del palacio y ver las obras de Alejandro Caamaño, mi antiguo, mi antiquísimo compañero de estudios en el colegio Santiago Casanova.

Decía Baudelaire que los escultores son unos brutos. Bueno, puede ser, quizá de ese modo tan visceral haya que entender un arte tan contundente como el escultórico.

Lo que Alejandro nos propone es un despliegue de piezas más bien discretas, la mayoría,  en lo que respecta al tamaño. No es una fruslería, pues se agradece que la escultura pueda tocarse, portarse y llevar en la mano como un juguete de especiales significaciones. El estatismo de la obra escultórica ha estado vinculado al peso y al tamaño de la obra, sólo desplazable  gracias a maquinaria y técnicas.

Es por ello que, en general, la obra escultórica solo permita ser mirada. Lo de tocarla o transportarla libremente añade cierta dimensión lúdica a lo que tradicionalmente estaba destinado a una posición fija.

También es verdad que algunas de las piezas de la exposición tienden, casi, a la miniatura, sin acabar de serlo. Se convierten entonces en objetos votivos de una religión arcaica: la serie de piezas de personajes africanos, o los pequeños personajes en distintas posiciones, podrían semejar, exvotos íberos redivivos deseando pulular libremente.

Lo más característico de la obra de Alejandro Caamaño son esos rostros, esas máscaras que pese a su aspecto delicado, parecen vigilar no se sabe qué distancia próxima, como alertando de algo o incluso, denunciando, como ocurre con su obra más voluminosa y trabajada, en la que cada rostro de distinto color, adosado a una pequeña esfera del mundo,  personaliza los pecados capitales. Como si fuera una hidra de siete cabezas se yergue frente a nosotros y exhibe su acusación alegórica, su mensaje fulgurante.

También podríamos interpretar como una obra protestataria ese motivo que Alejandro trabaja con cierta asiduidad, el ángel de una sola ala.  Y aunque tal protesta habría que ubicarla en un ámbito más íntimo, no deja de ser una expresión de la belleza dolorida el que tal figura, un ángel, apenas pueda volar. Qué diría Rilke, para quien los ángeles son terribles, de un mensajero divino de tal modo castrado o herido…

También hay momentos para el humor más directo, como esa escultura de un ordenador poblado de caracoles – se me antoja el ordenador personal del autor – cuyo chistoso título no puede ser más obvio haciendo juego con la efectividad de la máquina y la capacidad rítmica del animal: ¡Qué lento va este ordenador!  

Torsos deformes, otros más atléticos abrazándose a sí mismos, simulacros de Venus, personajes más o menos gimnásticos evolucionando por las repisas, esos rostros cuasi oraculares que a veces se conjuntan en urdimbres verticales semidesleídas, perfiles de amantes que surgen mágicamente del centro de una flor sembrada en biombos antiguos…,  esto conforma el grueso del animado catálogo de Alejandro Caamaño que podemos encontrarnos en las rizadas salas del palacio Sorzano de Tejada, en Orihuela, hasta el próximo mes de septiembre. Una visitica a la exposición y le ponemos un poco de color y belleza al ambiente, que la parroquia está a medio gas. Recomiendo humilde y poetiformemente.     




















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