A veces, el poder de evocación de una fotografía resulta más específico que el de la pintura. Esta imagen de Lucien Clergue, tomada en Estados Unidos en 1980, suscita en mí una fuerte ensoñación, recurrente durante aquella década, cuando creía que mi futuro era el de ser pintor o fotógrafo. La ensoñación, es quizá previsible. Yo soy un destacado fotógrafo, reconocido por mis contemporáneos. Se me encarga hacer una serie de reportajes urbanos de la ciudad de New York y allí me dirijo con mi equipo. En la dinámica cosmópolis, conozco en un restaurante a una modelo que además estudia Bellas Artes. Nos enamoramos locamente y la voy llevando a los hoteles y rascacielos más imponentes del lugar en donde le hago un montón de fotos. Esta en particular, la correspondiente al fotógrafo francés, es una clara puesta en escena de tales fantasías. Hemos viajado a Houston, alquilo el ático del rascacielos más espectacular de la ciudad, y le hago una foto un tanto vertiginosa, pues la modelo se pega a la ancha ventana desde la que se divisa el parking del edificio. Que la imagen sea de un lejano, casi remoto año 1980, ratifica el caracter iluso de mi ensoñación, confirma que toda feliz evolución erótica quedó varada en el pasado, pues actualmente no encuentro confín o lugar que me provoque las mismas ensoñaciones.
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