jueves, 28 de marzo de 2024



 

LOS ARCHIVOS DE MARÍA MANZANERA

LOS MUNDOS FOTOGRÁFICOS CON LOS QUE UNO HA SOÑADO Y  OTROS HAN REALIZADO.

 

Sábado, 23 de marzo. 2024

La exposición fotográfica de María Manzanera en la sala de exposiciones del museo arqueológico de Murcia era el único motivo que me había estimulado para vencer los venenos de la pereza un sábado sin otra gracia   que la de ser sábado, y emergiendo, literalmente de mi cuerpo y de la inercia pura, arreglarme y largarme a Murcia.

Algo de las energías primaverales se sumaban a mi interés por cosa tan concreta como la exposición fotográfica, efectuando una pequeña alquimia lo suficientemente poderosa y eficaz en los márgenes de mi mente como para que decidiera salir de Orihuela, y me impulsara físicamente a atravesar los itinerarios de siempre, tantas veces atravesados y practicados, - andenes, llegada a la estación, salida de la estación, búsqueda del objetivo al otro lado del puente de los Peligros -  y con la ayuda final de un taxi, me ubicara en las inmediaciones del inmueble. Los espacios que se han recorrido muchas veces bajo un ánimo no precisamente propicio, pueden renovarse en la imaginación con la presencia siempre nueva del sol, aunque no por ello el recuerdo de tal espacio deje de impregnarse de tristeza y el merodeo por sus inmediaciones no se  experimente como una herida o una pequeña llaga velada.  

Como digo, esta tarde de sábado, la primavera, tal cual, me beneficiaba y logró que alcanzara sin mucho desaliño interior, el destino que me había autoprogramado. A estas alturas de la película de mi vida, con, inverosímilmente, 61 años recién cumplidos, resultaba sorpresivo que deseara hallar de nuevo la magia de los sábados intacta en la tarde del existir.

Subí en ascensor, tras la invitación  del personal del museo, a quien, previamente había preguntado sobre la existencia de la exposición. Pregunta puramente estratégica, pues  conociendo perfectamente las fechas de la exposición, todavía no me atrevo a entrar al museo y subir directamente al piso primero, ignorando a los encargados que suelen encontrarse en la mesa  de la entrada. Miedos neurótico-infantiles a la autoridad.

Afortunadamente, la magia pronto se produjo cuando al abrirse la puerta del ascensor - era la primera vez que lo usaba - vi el cartel publicitario y entré en la sala.

De inmediato, una percepción de lo mullido de la moqueta y de las paredes, de la ubicación propia de los objetos y del propio silencio me integraron a otra percepción más compleja y menos sensorial. Era como si el telón de un escenario se hubiera descorrido límpidamente y lo albergado en la profundidad amable, se me ofreciera con total franqueza a la observación y al goce.



A groso modo, la exposición está constituida por fotografías de la autoría de Manzanera junto a otras antiguas de su propiedad, y de instrumentos y aparatos decimonónicos destinados a visualizar tanto fotografías como imágenes en movimiento, los precedentes históricos, en definitiva, del cine.

En las vitrinas, generalmente, se encontraban estos objetos procedentes de la tecnología del momento. Junto a ellos se hallaban pequeños álbumes fotográficos de fines del XIX que parecían más bien apretados breviarios o libros de oraciones; también, fotografías montadas sobre cartones con marcos recortados; placas fotográficas de cristal, linternas mágicas, minúsculos y minuciosos daguerrotipos, etc..

Las imágenes antiguas ofrecían una característica que entregada al análisis hace surtir un efecto paradójico: la espectralidad con que el tiempo bañaba tales retratos es simultánea a la percepción de la nitidez ocasional, curiosamente,  de alguna de estas imágenes. El que los daguerrotipos fueran de tan pequeño tamaño parece corresponderse con el temor de las propias imágenes a encontrarse con la luz total del futuro, como si perdieran algo de su delicado encanto enfrentándose a nuestras miradas.  

Siempre he considerado la fotografía como un arte sofisticado, esa capacidad de integrar en lo instantáneo la impronta del tiempo a través de una gestualidad, de una concatenación de objetos, de lo fugitivamente anecdótico, de la surrealidad que ofrece súbitamente la realidad.

Frente a esta consideración conceptual, los instrumentos antiguos para captar imágenes se revisten de ese encanto de lo chocante o pintoresco de su aparataje. Apenas tuve delante, en la primera vitrina con la que me topé, ejemplos de tales instrumentos, se abrió la percepción por lo fantástico.

Pero el placer por la observación del instrumental vino a eclipsarse por las impresiones que vendrían inmediatamente a continuación. Apenas hube dado un par de pasos, dejando atrás las primeras fascinaciones por los medios históricos que permitieron registrar el tiempo a través de imágenes fotográficas, me encontré con las fotos propiamente realizadas por la misma María Manzanera. Cuando advertí las fechas aproximadas de la serie de imágenes creadas y captadas en estudio por la autora, la cinta de contención se rompió y estalló la bomba del tiempo.

Las exposiciones de fotografía son para mí desde hace ya años una tentación para el goce más selecto y un secreto calvario como penoso reflejo en la biografía de lo que va ocurriendo y de pronto casi parece milenario. Cada vez que he visitado una, invariablemente al goce inmediato por las características de las imágenes, se añade el factor tiempo como intensificador o salsa alucinógena del conjunto gráfico que esté divisando. Y la causa de ello es tan simple como aniquiladora: es que el tiempo ha pasado, y yo no lo he vivido como debiera haberlo vivido.

La imagen fotográfica me comunica cómo acaba de ser el pasado, la imagen que veo es producto de una impresión del presente, pero como el presente se espectraliza al instante y sus límites son más que movedizos, dispersos en todo momento, el documento fotográfico me habla del carácter milenario del presente. Hay quizás que hacer un esfuerzo notable, quizá, puramente teórico,  para ver como indicio probable de la atemporalidad del ahora lo que pueda alojarse en la foto.   Por todo ello, uno de los placeres que obtengo de la contemplación fotográfica es este abandonarse a las voluptuosidades melancólicas de constatar el paso del tiempo en cualquier cosa u objeto, persona o espacio, acontecimiento o episodio. El tiempo se arremolina en gradaciones, en estratos, en un sinfín de imágenes que se suceden como fuente indelimitable de formas y situaciones. La foto es una impronta atómica del flujo constante de lo real que no tiene ni principio ni fin, una extracción singular de ese flujo por su carácter presuntamente representacional. La ontología probable de la imagen fotográfica residiría en la significación que tal imagen concreta parece portar, qué implica lo revelado en esa imagen que es un fotograma del film infinito de lo real. Independientemente de este análisis, debo confesar que el placer que se desprende de la observación fotográfica es un placer algo culpable: el tiempo que ejecuta las existencias, que cumplimenta el plazo de nuestras vidas, es el que configura la relación que es esta imagen fotográfica y cuya duración fue cero, pues sólo existe porque la configura la propia acción fotográfica.


Cuando me fijé en en los modelos que Manzanera usara en las fotos de los ochenta,  cuando un poco más delante, me topé con motivos fotográficos que a mí, igualmente, me habían fascinado desde siempre - el espacio urbano de Estados Unidos; los jardines y cafeterías, la magia poética  de París, - se agitó en mí un llanto agónico.



De nuevo me golpeó la escueta y temible realidad: yo tampoco estuve allí, en Manhattan, aunque hubiese soñado con semejante espacio durante las épocas en las que creía ser el fotógrafo más esquivo y raro del país con mi Voitglander a cuestas por las periferias de Alicante o Murcia; y esa terraza parisina bajo la lluvia, con las sillas y mesas bañadas en las burbujas del impacto de las gotas, imagen que me retrotrajo a las fúnebres escenas sexuales de la adolescencia.

De repente, aquello que nunca se produjo me retorció el alma con su nudo corredizo. Ante aquellas fotos, de repente, como pocas veces en otras ocasiones, sentí mi alma arrojada al absoluto no retórico de lo que pudo ser y no fue. Conjuntamente a un placer digamos, objetivo, por la imagen fotográfica como emblema bien definido, me impactaba una determinación de índole neurótico-mitológica que me arrojaba fuera del acontecimiento y de la vida misma. ¿Por qué, visitando Murcia desde hace treinta años,  no pude conocer en los ochenta a María Manzanera, convertirme en amigo suyo o, incluso, en su pareja y viajar haciendo fotografías por París, Manhattan, New York y ser feliz, y haber vivido la vida?

Y esa es la doliente clave que flotó en mis ensoñaciones de prófugo paseante, que tales fantasías se planteasen como un pasado ya concluido, irrecuperable.


Viendo aquellas fotos de Manzanera de gran formato, con vistas de París, de ciudades norteamericanas, incluso las relativas a la huerta, yo hacía ineludiblemente una lectura de cada uno de estos itinerarios como sueños estéticos de una profesionalidad irrealizada. Disfrutaba de aquellas fotografías pero al mismo tiempo la constatación a mi edad de no ser el protagonista creador de las mismas, darme cuenta cómo otra persona había hecho con limpieza y solvencia algo que yo solo era capaz de urdir en sueños, debido a mi inaccesibilidad normal a la realidad, me excluía de la vida, me sumía en una prisión de sombras contemporáneas de nada.

¿Era posible correr el riesgo de ser sólo un eterno amateur si la calidad de mis sueños, de mi búsqueda poética, me compensaban de todo asomo de frustración? Quería a toda costa en mi imaginación eludir el problema de que la fotografía, a pesar de todo, es una cuestión técnica. Yo quería ser un productor infuso de imágenes sin tener que pasar por la irritante obligación del aprendizaje técnico.

Lo curioso era constatar esto: comparto con la fotógrafa los motivos temáticos, los enclaves en los que ha trabajado, poseemos semejantes repertorios gráficos: el ensueño de París, el brío del espacio urbano estadounidense, la delicia entrañable de una huerta todavía real, sita en una geografía donde soñarla supone estar contemplándola.         

¿Cada vez que visite una exposición, sobre todo fotográfica, estoy condenado a sufrir este sino del gozador solitario que en el fondo pena por no haber dejado de ser sino  un mero y complicado aficionado?

Es cierto que de este desastre interior sólo obtengo una ventaja: de la ceniza nutritiva depositada laboriosamente por mis incapacidades prácticas y mis miedos puedo permitirme el lujo de hacer literatura.

Yo no realizo los episodios de mi vida: los sueño. Pero a última hora ese soñar lo que no tengo o no he realizado, no es ya una reacción de supervivencia sino como el mero reflejo de un hecho, un desprendimiento inercial, un salto automático consciente de su propia fantasmidad.  Es entonces cuando lo fatal se revela como irremediable. Con sesenta años no voy a convertirme en ese fotógrafo que he soñado ingenuamente ser como no sea que dé un giro total a mi situación, mi voluntad experimente una suerte de resurrección insólita y el tiempo que vertiginosamente he perdido en solo soñar lo empleé en trabajar y asumir un conocimiento técnico que siempre he evitado. Hoy es siempre todavía…   

De todos modos, la visita a la exposición de Manzanera no se convirtió en una experiencia odiosa o aniquilante. Todo lo contrario. Al final, la percepción de la belleza, del orden de un mundo captado a través del lenguaje fotográfico surgió vencedora y yo salí del museo transformado, bañado en vibrátil positividad, respirando vitalidad bajo los árboles de la avenida y mezclándome co gusto con la gente.

Somos testigos de mundos que son reales y que obedecen a nuestra voluntad simbolizante. Por medio del arte rescatamos del flujo informe, espacios, escenarios, pasajes. Y en tales enclaves cercamos la producción de un acontecimiento, de un significado: el poema, la imagen fotográfica Creo que todavía no sabemos qué es la significación, que las cosas tengan un significado, que porten una misión, una alusión a través de los mundos que van dispersándose y desapareciendo. Qué modo extraordinario de discriminar algo. Aunque, naturalmente, el arte es más que un mero significar.   

El resto de la exposición de Manzanera lo completaba una hilera de fotos experimentales: bodegones e ilusiones gráficas realizadas a través de técnicas inventadas por la autora. Manzanera describe en esta exposición un itinerario biográfico dividido en episodios en los que se nos muestran los descubrimientos, los progresos y resultados de un  arte singular que trasciende el documento y que resulta cabal en la vida de una persona y sus lances con el tiempo: el fotográfico.



jueves, 21 de marzo de 2024

LAS “NADERÍAS” DE LA MALA COMPRENSIÓN LECTORA

 




 Se insiste en que una de las necesidades más urgentes en el ámbito de la educación es corregir, solventar la falta de comprensión lectora.

Los políticos, los profesores se están refiriendo a algo tan  básico e  imprescindible, que su fallo en la actitud de los jóvenes vendría a suponer, además de la ignorancia de todo mensaje o contenido de obras escritas en todo género, un distanciamiento de la calidad crítica europea, un suicida distanciamiento de nuestro linaje conceptual y cultural.     

 

No es, pues, ninguna nadería lo que se pretende corregir: la comprensión lectora se deriva del trato, a través de la lectura, con los textos de toda índole y de   su adecuada recepción conceptual.

Me atrevería a decir que tener una deficiente comprensión lectora implica no poder acceder con plenitud a los códigos reales de la cultura. Y esto significa no saber dónde está uno en la organización del conocimiento, no reconocer lo que son nuestros referentes.

Cualquier habilidad es ya un manejo resolutivo en el múltiple devenir social y cultural. La comprensión lectora suma a nuestras habilidades prácticas, su engaste en un mensaje general: el del orbe cultural europeo al que pertenecemos.

Tener una mala comprensión lectora denota nuestro distanciamiento del mundo del símbolo, de los mitos, de la herencia de los poetas, de la literatura en general, del arte, también.

Tener una mala comprensión lectora implica no saber habérselas con la horda de mensajes que constituyen nuestra sociedad, no atrevernos a descifrar el gran mensaje que es en sí toda la gran obra cultural de nuestro país o continente.

No tener buena comprensión lectora es sustraernos a las delicias del placer del análisis intelectual, quedarse a los bordes o fuera de la incursión en el acontecer estético de toda obra literaria, plástica o musical, incluso.

Tener una mala comprensión lectora, pues, no es una nadería, o una obsesión de profesores ante el estado disperso de las humanidades. Significa, en último término,  autoexcluirse de la extraordinaria tradición cultural de Occidente, o colocarse ante la misma como un extraño.

Tener una mala comprensión lectora es preferir la ignorancia, la cuasi indigencia lingüística ante la riqueza que soberbia y soberanamente nos pertenece y nos identifica.


lunes, 18 de marzo de 2024

CRECIENDO ENTRE IMPRESIONISTAS DIARIOS DE Julie Manet




Hay momentos en la historia de la cultura, episodios estilísticos o simplemente períodos en el ámbito de un siglo, que se revisten de un encanto singular, precisamente por estar relacionados con los instantes más significativos de una tendencia artística en cualquiera de sus expresiones, y que debido a esa circunstancia y a ese encanto específico se convierten en referentes de nuestros gustos,  de nuestra memoria más sensible, incluso en lugares de ensueño de nuestra historia íntima.

Esto me ha ocurrido con la Generación del 98, con el romanticsmo de un Bécquer, con las primeras décadas del siglo XX y el florecimiento espectacular de las vanguardias y también con la Francia finisecular, simbolista e impresionista. En el momento histórico de cualquiera de estos ejemplos me hubiera gustado vivir, haber sido contemporáneo de Unamuno, de Picasso, de Satie.

El libro que coloco con delicadeza en el visor de este blog es un testimonio oriundo de uno de estos confines soberbios del arte y del pensamiento occidentales.  Julie Manet, la hija del famoso pintor Manet, llevó un diario entre los años 189 y 189…, y empezó a redactarlo con 14 años.

Rodeada de artistas y poetas, la hija del pintor tuvo la suerte de no sólo venir al mundo en uno de los momentos más propicios del arte moderno, sino de hacerlo en el ámbito familiar de alguno de los protagonistas de tal acontecer.

Este detalle determina el tipo de producto que es este diario teniendo en cuenta la edad de la escribiente y el espacio -tiempo en que se desarrollan sus vivencias.

La Francia de la Belle Epoque que acuñó el material vivo de la obra de Proust, la Francia de las últimas décadas del XIX, que fue la cuna del simbolismo literario y amparo de una sensibilidad generadora de pintores novedosos y experimentales, conforma entre mis preferencias un universo delicioso y ensoñador. La especificidad francesa en estos tiempos consiste en esta suma de delicadezas que se han concretado en obras tan únicas como la musical de un Debussy o la poética de un Mallarmé. El impresionismo musical y el simbolismo literario parten y se consuman en los mundos inaugurados por estos dos maestros.

Precisamente uno de ellos, el sacerdote oscuro de la palabra, Mallarmé, será uno de los vecinos con quien Julie Manet saldrá a pasear, tomará el café y departirá anécdotas junto con el resto de familiares. El diario de la hija del pintor consta de todo esto, de este vivir que se me antoja paradisíaco por todos los aspectos que reúne: por la presencia constante de la naturaleza que envuelve con su frondosidad, por esa convivencia diaria con sensibilidades artísticas, y sobre todo por la pureza de quien escribe, una adolescente.

Lo que Julie anota son paseos luminosos entre flores y mariposas, jornadas de pintura durante el verano al aire libre, meriendas a orillas del Sena, excursiones a grutas de cuevas y rincones del bosque todavía no visitados, viajes en pequeños barcos,  poéticos visionamientos de la luna reflejándose en los surcos movedizos del agua del río…

La limpieza y franqueza con que Julie escribe constata el encanto tanto de la experiencia como del espacio en que ese vivir entrañable se  sucede, puesto que  tal espacio se reviste de significación al ser la demarcación vital de unas existencias cuya imaginación inauguró mundos en el universo artístico y literario universales.

Leo las precisas y candorosas notas de Julie con sana envidia: se constituyen  en las transparentes confesiones de una privilegiada, de la integrante natural de una comunidad de sensibilidades que con esa naturalidad  abrieron un capítulo determinante en la pintura y poesía modernas.

Como decía Barthes en su libro La cámara lúcida, al contemplar las desvencijadas ruinas de un convento español en una foto antigua: es que me gustaría vivir ahí. Pues del mismo modo ese conjunto de luces formando estampados en la hierba y en los lienzos de los pintores junto al Sena, ese perderse entre los altos juncos, la casa de Mallarmé junto al río, esos días de verano dedicados a nada, a hacer acuarelas y a gozar, todo este conjunto de motivos que Julie Manet nos describe con justeza me hacen soñar: soñar con viajar al pasado para dedicarme a evolucionar por sus deliciosos confines de brezos y óleos.   

 

miércoles, 13 de marzo de 2024

NOTIFICACIONES NOTIFICANTES



 

 

La primera biblioteca del  mundo, según Plinio El Viejo, edificada en Roma, fue el producto de un botín de guerra. Intento no juzgar el hecho desde la ética, sino buscar otras significaciones que expliquen el bien cultural que es una biblioteca. Y me viene a la cabeza la cita de Heráclito, la guerra es el padre de todas las cosas, es decir, todo lo que signifique movimiento, conflicto, agitación tiene como consecuencia insólitas transformaciones del mundo que de otro modo, permanecería estático. Pero, claro, semejante idea es aplicable a la antigüedad. Hoy no nos hace falta asaltar países para ir haciendo una cundida biblioteca.

 

 

Siempre he visto a Borges y a Lezama Lima como las dos caras opuestas pero complementarias del dios Jano. Una cara, Borges, encarnando la voz de los clásicos; la otra, Lezama,  representando la turbamulta del verbo barroco y de los mundos posibles de lo poético.



Leyendo Las moradas de Santa Teresa. Qué efecto casi mágico, entrañable, legendario provoca este epígrafe. Hoy que ya no se dice ni habitar, ni morar, sino sólo el mero y literal vivir. La calidad en el vivir nos llevaría a consideraciones exquisitas. Morar se nos antoja demasiado lejano y etéreo, aunque yo percibo una suerte de numinosidad en ese frecuentar un lugar, en casi encarnarlo por la total integración con el espacio. ¿se puede morar en un pueblo, en una ciudad o sólo puede hacerlo ese espíritu que evolucione por sutiles confines? Habitar suena contundente, vinculado a una residencia, a una casa o mansión o pueblo concretos. Se supone el placer y el asueto en el habitar, pero parece sólo referirse a la ubicación de alguien en un espacio perfectamente delimitado, con todas las determinaciones psíquicas que ello conlleva. Vivir suena a sobrevivir. Alude al mero resistir en el mundo biológico, al conjunto de circunstancias económicas y sociales que tenemos que afrontar y soportar para ir tirando. Por lo tanto: moran las almas. Habitan los cuerpos más o menos soberanos. Viven los que sobreviven.

 

 

Cuando Santa Teresa habla de los deleites del alma experimento una suerte de liberación sorpresiva frente a la opacidad normativa del discurso ascético. Es como si al intentar someternos a cierta disciplina nos esperase como compensación mal imaginada el placer íntimo de la libertad y del bienestar moral que dan las cosas bien realizadas en harmonía con el mundo y con las personas. Esos deleites tienen que ser tal cual, es decir, deleites, no recompensas más o menos remotas y previsibles.

 


Pensando en las razones literarias, sociales, de mentalidad que pudieron producirse en la época de nuestro Siglo de Oro y que propiciaron la aparición de nuestros místicos, me pregunto. ¿Y hoy, dónde está la mística y quiénes son los místicos? ¿Es hoy la mística una mera referencia histórica en la historia de los estilos literarios? ¿Son los poetas los últimos místicos camuflados bajo una apariencia profana? ¿Es la mística sólo una práctica de escritura o puedo localizarla en las actitudes de caridad y ayuda al prójimo? ¿Cuál es la función secreta de las órdenes religiosas de clausura, está la iglesia más presente en las formas artísticas que en escenificaciones  oficiales? ¿Se pueden rastrear intenciones místicas en las redes sociales?

 

 

La escritora, filosofa, ensayista  y psicoanalista Julia Kristeva afirmó que llevaba más de veinte años entrando y saliendo de la obra mística de Santa Teresa sin acabar de descifrar su misterio. Es decir, que no cesaba de encontrar razones interesantes que estudiar y considerar en la lectura de las obras de la santa. Cuando leí la notica experimenté alegría y fascinación: alegría porque una autora literaria de mi país recibiera una valoración tan alta y compleja proveniente de una intelectual seglar de primera fila; fascinación porque a ojos de una extranjera, una escritora española se revista de lecturas nuevas que faltan en los ensayistas y estudiosos de su  propio país. Como siempre, la imaginación hermenéutica puebla de nuevos horizontes nuestro mundo cultural cuyo estado algunos listillos juzgan en decadencia…    

 


lunes, 11 de marzo de 2024

MISTERIOSA MEMORIA II



 

Estoy visionando un film coloreado de Segundo Chomón de 1907. Entonces, en ese año, mi abuelo tenía exactamente siete años, pues había nacido con el siglo en 1900. Supongamos que mi abuelo hubiera visto esta misma película. Al ser muy difícil o imposible que pudiera visionarla tiempo después en una sala de cine, mi abuelo, quizá veinte o cuarenta años después de haberla visto por primera vez y última, tendría unos recuerdos cuasi remotos de las imágenes de aquel film fantástico. Yo, en cambio, no sólo puedo visionar la mayoría de los films de Chomón sino que puedo hacerlo desde mi casa y desde mi habitación, es decir, visionar tales películas cuando y donde me apetezca y las veces que quiera.

¿Supone esto que, con respecto a otras receptividades, mi sensibilidad es mayor o posee más capacidad?

Lo que pretendo es destacar el abismo existente entre lo que podría denominar la memoria emotivo-visual de mi abuelo y  de la gente de su época,  entre la capacidad receptora del público de  entonces y el acopio de imágenes de nuestra receptibilidad actual, que no sólo ha estado más tiempo sometida a estímulos de todo tipo, además del visionamiento indelimitado de films sino que dispone de medios nuevos en el acceso a imágenes y filmaciones a lo largo de todo el planeta.

Si se me ocurre, por tanto, comparar el recuerdo nebuloso de mi abuelo adulto de la película que vio de niño y ya no pudo visionar más, con la facilidad pasmosa con la que yo me paseo por los archivos fotográfico-fílmicos internéticos de los últimos 160 años, se pondrá al descubierto qué tempo psíquico es el que cada uno ocupa, la cantidad apabullante, la lluvia innumerable de percepciones a la que puede someterse mi resistencia sensorial frente a la menor receptividad cuantitativa de sensibilidades pretéritas. La mente de mi pariente se movería, sometida sólo por los impactos de su tiempo: la prensa, la radio o, en sus últimos días, la televisión. Mi abuelo falleció en 1977. 

De todos modos se me puede contrargumentar diciendo que es una ilusión querer conocer los límites fácticos de la memoria de mi abuelo, que la cantidad de imágenes y películas que yo he podido ver y registrar en mi memoria emotivo-sentimental no supone la mayor o mejor envergadura de la misma.

La velocidad y la cantidad actuando sobre la sensibilidad, implican una potenciación de la dinamicidad del mundo en el que estamos y que procuramos definir. Los paisajes, anécdotas, personajes de los que puedo tener conciencia a lo largo de cualquier punto del globo  se multiplican con tendencia al infinito y la recepción diferenciada de todo este material puede determinar la creación y la calidad de un conocimiento del hecho humano que vaya más allá de la mera acumulación informativa. Poseer una biblioteca infinita de imágenes debe presumir no una inercial saturación sino la aventura directa del conocer a través de las formas sociales y su representación viva.     

Es cierto que viendo por la red el film de Chomón, no sólo puedo visionarlo las veces que me apetezca sino que puedo pararlo en donde quiera, bien porque sí o con el objetivo de percibir con más nitidez algún detalle que me interese. Lo que me pregunto es si estas posibilidades que me ofrece la tecnología me dan algún tipo de estatus cognoscitivo real con respecto a disponibilidades pasadas, si podemos calificarnos de superiores comprándonos con  nuestro prójimo de décadas anteriores. 

martes, 5 de marzo de 2024

 



 INCONVENIENTES DE UNA POESÍA UNIVERSALISTA

 

El inconveniente de una poesía con pretensiones universalistas consiste en contentarse con esa sola pretensión antes que ser una poesía verdaderamente universal. No se trata de una perogrullada.

Este detalle me saltó a los ojos cuando leyendo el notable volumen que contiene la poesía completa del colombiano William Ospina, comencé a experimentar, tras momentos de indiscutible disfrute, cierta sensación de saturación que no lo daba la cantidad de texto leída sino el carácter o las ambiciones de los poemas mismos.

No conocía a este autor. Me encontré este volumen en la librería de un centro comercial. Apenas lo hojeé, lo adquirí, arriesgándome a que no me gustara, pues sólo compro libros de un desconocido si logro ubicarlo un poco,  - estilo de escritura, temática, etc…-  pero, en este caso, acerté. Ospina es un poeta en quien la impronta borgiana se percibe, a veces, bastante. No sé si es una influencia directa o si la asimilación de lecturas produce este efecto mimético.

Su estilo rebosa calculada inteligencia métrica aplicada al dominio de los versos y su temática es la infinita materia de la historia mundial, del arte y la literatura. Hoy, como acabo de confesar, leyéndolo y releyéndolo, tras un rato de disfrute, he sentido cierto hartazgo o cansancio. Este cansancio obedecía al carácter formal, a pesar de todo, de Ospina, es decir, al carácter estrictamente literario y calculado de sus textos. No es un tipo de poesía confesional, ni experimental, es decir, que aluda a los sinsabores o placeres secretos del sujeto, sino que evitando los procelosos territorios del yo, su obra poética  se fija en los episodios significativos de la historia, de las guerras, de los descubrimientos  y distintas colonizaciones. Es decir, Ospina persona, sintiente y percibiente desaparece bajo la admirablemente trazada advocación intelectual. No hay anécdota personal que nos diga algo sobre la subjetividad del que escribe: todo el poder verbal se conjunta en motivos históricos, culturales, es decir, foráneos…  A grandes rasgos esta es la impronta borgiana: no hablo de mí sino indirectamente de mí mismo a través de las lecturas de libros de otros, de sucesos bélicos, de acontecimientos de distinta índole, de los distintos símbolos que articulamos y que nos encarnan…

Cuando el yo se nos arrebata del seno del poema siendo sustituido por el suculento enjambre de hechos y obras significativas de otros en otros marcos del tiempo, personalmente acabo por reclamar una sensibilidad que me haga inteligible o cercana tales perspectivas.

Confieso que mi sentir es romántico y creo que las verdaderas aventuras del espíritu se cuecen en el horno de las sensibilidades personales, en el corazón del individuo exaltado o angustiado, no tanto en la cómoda y enjundiosa soledad de la biblioteca. Alguien me dirá que una cosa o la otra no afectan a la calidad literaria. Sí, es cierto. Yo solo he anotado una reacción natural ante la lectura de tan acabados y plenos poemas, los de Ospina, un profesional de la literatura. La cuestión está en lo siguiente: ¿hasta qué punto puedo yo hablar en nombre de los faraones de Egipto, de los comunistas en tiempos de los zares, de los indígenas del Amazonas? 

lunes, 4 de marzo de 2024

NEMOTIPOS Joan Fontcuberta




El maestro Fontcuberta se las sabe todas. A estas alturas, todavía el mundo de la imagen fotográfica, en las manos del alquimista Fontcuberta, ofrece mundos y conexiones de mundos derivados de la utilización de los más vanguardistas métodos. Con Fontcuberta, el deseo de experimentar se inaugura en cada ocasión que el artista se aproxima a algún motivo o tecnología nuevos. Y esta exposición es una muestra generosa de los resultados que tales búsquedas han producido.

El progreso tecnológico aplicado a las artes no supone para Fontcuberta sino un afán originario de más imágenes, de otros espacios creativos. Que cada serie descubierta por su inventiva se corresponda con cierto discurso es lo de menos. Fontcuberta es fiel a su estrategia de explotar cualquier forma o método que esté a su alcance para potenciar el universo fotográfico y sus confines más sorpresivos.

Para Fontcuberta experimentar es crear. Y los horizontes que su trabajo va revelando nos hablan de un obrar en continuo progreso y del reto de asimilar los mundos que nos devienen, en este caso, a través de la imagen fotográfica. Mundos que son los nuestros, los de nuestra modernidad, mundos que no podemos evitar y que como los pasajes metamórficos de un flujo sin fin nos remiten al orden primario de la creación, a cómo se relaciona nuestro cuerpo con el espacio, a cómo la propia naturaleza puede sintetizarse harmónicamente frente a nuestro criterio diferenciándose de todo caos aunque sin dejar de pertenecerle.

La exposición la  hallaremos, tras deambuleos flaneurianos o no, en la sala Las Verónicas, en Murcia.    

 

  






 



Aquí abajo, las mirillas colocadas en los ojos de los monstruos visualizan otros monstruos ubicados al otro lado como si esto fuea el panel de un sex-shop obsceno.  











Los retratados por la pintura clásica y barroca son otros tantos personajes de un flujo continuo y orgánico en el que los estereotipos y los rostros captados por la cámara fotográfica en la epoca contemporánea muestran raíces comunes, integrándose en un solo fenómeno fisionómico. 








Fontcuberta utiliza la Inteligencia Artificial para seleccionar de internet 100.000 imágenes que reproducen un antiguo mosaico romano en Tarragona: la cabeza de la Medusa.









La migración del sujeto a sí mismo. Un sí mismo que es otros, muchos otros....







 

 

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...