miércoles, 2 de diciembre de 2020



                                 STENDHAL VISITA ROMA

 

                                     Gusta ver las cosas cuando sirven de signo a un recuerdo

                                    Stendhal

                                                   Paseos por Roma 

                        

Atravieso una zona devastada 

que fue el centro de un imperio.

Visito una región que conoció

el dictado de las leyes,

la aplicación social del conocimiento.

Un lugar que concibió las legiones

Y la estratégica disposición del fuego tutelar.

 

Cómo es que de tal compacidad

y enormidad, de tan soberbia línea,

no quede sino estos restos,

estos impresionantes fragmentos

que nos impactan con su gloria rota.



No describiré, meramente, rutas de piedras doradas,

caminos bordeados por ruinas fantásticas:

registraré impresiones y detalles

de este catálogo material y presente:

el del imperio y sus brindadas bellezas.

 

Este imperio que como legado cultural

reposa en nuestra memoria,

pero del que esta tierra encarna

la memoria más próxima,

el límite incandescente de las formas,

el cerco estucado ante el que una razón construía

y de la que continuamos aprendiendo.

 

 

Los cipreses crecen entre estos documentos pétreos.

Son los testigos mudos de un apocalipsis

que imaginamos repentino, a pesar de los datos de la historia,

De una suerte de metamorfosis cuya finalidad es misteriosa:

dónde está Roma.

dónde, ahora, el esplendor incontestable y complejo.

 

El tiempo ha consumado un período, un milenio,

ha dado la vuelta a los siglos

y se ha parado en el borde del acantilado inmemorial.

 

Ante el Coliseo y las fortalezas,

ante las avenidas truncadas por el vacío o el caos;

o bien, ante los templos tiznados por la lluvia y el moho,

me pregunto qué función final tiene el tiempo,

qué dispersa configuración implica

su origen y su desembocadura de horas masivas.


 

Escarbar en los márgenes del tiempo,

en los restos de la historia,

auscultar las frondas de guijarros y vegetación

para detectar en qué limbo

el surtido de las formas

halla la continuidad de su proceso,

y, por trémula extensión,

los mundos que han sido y

que, ahora, giran en otro enclave

que el terrestre.

 

Visito Roma y visito una confinación de ruinas,

y es emocionante comprobar

que apenas examino una de ellas,

el trabajo, la delicadeza, la minuciosidad

con que se torneó cada rincón de las columnas

y sus bases circulares, surge imperiosa

del número indescifrable de horas y años.

La grandeza fragmentada es una variación

de las arquitecturas romanas,

un aviso a nosotros, lectores de mundos,

de lo que fue posible,

de los valores que se encendieron

bajo arcos y naves, en inscripciones

o ante fuentes veladas.


 

Roma es un corredor de efigies,

una superposición de plazas y monolitos,

una colina coronada de fulgores apolíneos,

que cipreses fieles orean

al son de  nubes que ensayan convertirse en sirenas.

 

Grandeza minuciosamente borrada por el tiempo,

los fragmentos ilesos van al encuentro de la mirada

como fuentes escuetas de las que manara

un mensaje sin tiempo.

 



Este es quien ha labrado monolitos trenzados de signos

como recuerdo de un brillo único,

el que ha erigido en la piedra conformada,

otra piedra que remeda una forma perdida:

la ruina, emergiendo de franjas inscritas

y suntuosas cenefas, que todavía ordena el espacio

e instaura alturas.   

 

Marcho entre columnas y restos de atrios

quitándome el sombrero y mirando

con tanta avidez como respeto.

Y además de admirar en el seno de qué palacio

derruido, mi cuerpo peregrina,

lo que me fascina es constatar

esta insólita operación de los siglos:

lo que fue y ahora ya no es,

aquella eclosión de formas que fue la arquitectura imperial

reducida a cascotes lúcidos, a mascarones de un navío fantasma.


 

En donde brilló la altura de la palabra,

en donde se ideó una civilización

a través del áspero mito  y los templos blancos,

los mausoleos y los teatros,

las calzadas y el arrojo,

queda, a pesar del paulatino apocalipsis

de los corrosivos días,

la huella de una mole histórica,

el perfil severo y sublime de efigies

que todavía desafían a quien desbarató el imperio:

dios Cronos, infinito en extensión y duración.

 

Y la memoria es barroca en su recordar

cuando tantos restos de magnificencia

persisten entre las hierbas y los nuevos cielos.

He aquí un universo definido,

la Via Apia ascendiendo,

escoltada por torres y gradas,

por fuegos, guerreros y relieves,

hacia otra Era de clámides distintas

y senados redivivos:

pórticos sumidos en pórticos

que el fulgor de lo consumado

hace retornar en el pensamiento que sueña.    

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