miércoles, 24 de junio de 2020

LEYENDO A RAMÓN SIJÉ.





LA JUVENTUD ETERNA DE SIJÉ

La escritura de Ramón Sijé tiene una virtud: la capacidad de comunicarte, de inmediato, su vivacidad, el entusiasmo intelectual. Apenas se acerca uno al párrafo de alguno de sus artículos, el don de la síntesis o el arrebato barroquizante que ensarta frases complejas surcadas de algún que otro sorpresivo neologismo, saltan la vista e irrigan la percepción. Es sobre todo en la exposición crítica, en los meandros discusivos donde la fruición teórica de Sijé brilla, aletea y se permite todos los juegos malabares verbales posibles. La exaltación escritural de Sijé nos revela una naturaleza tocada por el ritmo y el concepto, por el amor a la capacidad cognoscitiva de la prosa como herramienta preciosa del pensamiento. Y el fulgor del pensamiento se convierte en palabras, en conceptos. Y aquí es donde la juventud de Sijé se convierte en eterna, porque este brío verbal es el don de la precocidad de un escritor que apenas sobrepasó en tiempo de vida tal precocidad, al morir con apenas  22 años.







EL MARASMO APÁTICO DE ORIHUELA.

Hablábamos el otro día Vicente Pina, dueño de la librería Códex, y yo, de la legendaria indiferencia, de la imbatible dejadez de la ciudad Orihuela a la hora de emprender grandes renovaciones sociales y culturales. Comentábamos que de Orihuela persiste su melancólica entronización como objetivo turístico por sus monumentos históricos, y el recuerdo, insustituible y emotivo de un par de nombres: Miró y Miguel Hernández. Una ciudad que tiene varias sucursales y cátedras universitarias pero que apenas tiene ambiente universitario o que no lo acusa como elemento de identidad propia. Los mitos populares siempre tienen dos caras: son una construcción social, sí, pero que señalan una realidad. Cuando en la conversación salió la revista Empireuma, la sola evocación de los más de treinta números de una revista como esta, valdría para rebatir con contundencia o poner en un serio aprieto al “mito” del derrotismo oriolano.
Después, hojeando artículos periodísticos de Sijé, el tercer nombre que debiera aparecer en nuestra memoria a la hora de evocar personalidades ilustres oriolanas, me encontré con claras  menciones a la abulia cultural de la ciudad. Las referencias negativas a esta actitud, son varias y bastante directas en los trabajos de Sijé, lo que nos hace pensar que la decadencia de Orihuela no era sólo ya una obsesión política y social sino un estereotipo en las mentalidades contemporáneas del escritor y que se arrastraría desde la expulsión de los jesuitas y la pérdida como entidad universitaria de lo que hoy es el Colegio de Santo Domingo.
Ante los titubeos de las instituciones de Orihuela para llevar a cabo una serie de homenajes a Benavente, Sijé escribe: Orihuela no puede menos de salir del marasmo apático en que yace y dar la cara… El artículo de Sijé no tienes pelos en la lengua, lo que demuestra que la lucha contra cierto inmovilismo o falta de dinamicidad cultural era ya una obsesión en aquellos años –alrededor de 1930 - .
Ahora bien, precisamente, que en la memoria común afloren las referencias a Hernández, a Miró, a Sijé, e incluso a Banca Andreu y Empireuma, ¿no atenúa en algún porcentaje, el mito negativo de tal apatía, o es que como tal mito es irremovible?      

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