martes, 12 de febrero de 2019

IMPRESIONES DE UN LECTOR: LA LECTURA COMO INCURSIÓN EN LA URDIMBRE INFINITA





Efectivamente. Impresiones y sobre todo de un lector, es decir, de alguien no especializado en teorías o literatura comparada, sino de quien  gusta de esa práctica tan especial, tan íntima y gozosa como es la lectura; una práctica que no hace sino confirmar la diversidad de los mundos y la capacidad humana para consignar y articular tal diversidad bajo ficciones de tipo y género distintos.
La curiosidad de los mundos de la que nos hablan las literaturas no depende tanto de formaciones técnicas como del propio gusto, de la curiosidad personal y la capacidad individual para disfrutar, para aceptar lo insólito o lo bello en sus más varios registros.
Por ello mismo, el que estos escritos carezcan de la pretensión formal de la crítica y emerjan desde la inmediatez de la impresión personal confirma la autenticidad de su elección y la libertad del lector que ha optado por tales obras, por tales textos, motivado, únicamente, por el gusto personal, en definitiva, por el placer.
Roland Barthes, en su conocida obra El placer del texto,  reivindicaba la lectura, independientemente de las teorías, en rigor,  que pudieran explicarla, como práctica individual del placer. Si la escritura puede tener un fin y un comienzo, la lectura es esa acción que nunca acaba; si se escribe para ser reconocido, para llevar a cabo un cometido ideológico o contra-ideológico, la lectura inicia un viaje de desciframiento potencialmente infinito. También es  verdad que existiendo un gran conocimiento de la historia de la escritura, de sus técnicas y variaciones, resulta mucho más complejo hablar de una historia de la lectura. A fin de cuentas, la lectura no tiene tantas normas como la escritura y deviene en algo, en suma, misterioso debido a los confines de la subjetividad en que se sumerge y evoluciona.
Todo esto hay que valorar cuando lo que se nos ofrece son “las perlas” no del escritor o del autor, sino del lector. Ese lector anónimo, ese personaje que hace una cosa tan rara como es, en definitiva, leer, se encarna en este volumen en la persona de Javier Puig. Cosa también cuasi extraña sería reivindicar, a propósito de este libro, no tanto el impudor de escribir sino el atrevimiento de una praxis tan secreta como voluptuosamente compensatoria: la de leer.  
Kafka, Irene Nemirovsky, Thomas Man, Azorín, Cristina Fernández Cubas, Sandor Marai, Ian Mcwean, Stefan Zweig, Hermann Brosch, o Ramón Gaya son alguno de los hitos sobre los que planea la curiosidad adictiva de nuestro amigo lector, Javier Puig.         


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