lunes, 6 de enero de 2020

PUNCIONES III




Recuerdo,siendo un crío, en la década de los setenta, cómo me fascinaba comprobar que llegaría a vivir en el año 2000. Era algo que comentábamos los compañeros de colegio, entusiasmados: íbamos a alcanzar en vida, siendo adultos,el mito del año 2000. Después, pasados los años y décadas y traspasada la meta del siglo, nada mágico ha pasado. A excepción de la universalización comunicativa de las redes, conceptuada como acontecimiento cultural y social, ni volamos por el aire a voluntad ni atravesamos paredes ni poseemos ningún supercuerpo, ni poseemos la inmortalidad ni , por otro lado, sospechábamos para nada el mundo de lo virtual en que andamos sumidos hoy. El mito futurista del 2000 no se cumplió, al menos con respecto a las fantasías adolescentes de toda una generación; incluso, tal cosa se convirtió, bien pronto, en una antigualla relativa a la mística de los números y cifras. Esa melancólica comprobación, tuvo un vaticinador: el tan agudo como prontamente relegado escritor francés Jean Baudrillard. Quien hizo famoso el enunciado “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”, sometió a minucioso análisis los últimos años del siglo, pronosticando muchos de los males que ahora se han instalado en la sociedad. Entre tales pronósticos se encontraba la desmitificación del año 2000 y el cambio de siglo. Resulta extraño el que su obra se haya diluido tan pronto,como si fuera producción específica de la época,  y por lo tanto, sólo fuera válida para ese  tiempo, pero recuerdo bien la extrema lucidez que manaba de sus balances, expresada con una elocuente escritura nada especulativa.





El palimpsesto cibernético.
Qué curioso resulta comprobar cómo persisten nuestros datos en internet, de qué modo pueden ser relativamente, borrados, sin dejar de existir, por ello. El procedimiento por el cual se inicia el borrado de nuestro nombre consiste no en la supresión, sin más, del mismo, sino en su ininteligibilidad por acción acumulativa, es decir: sobre nuestro nombre se coloca, se escribe, se consignan otros nombres o palabras; sobre estos, otros y sobre estos últimos, otros más, y así, indefinidamente. Cuando la palabra o  nombre soporta sobre sí tal número de nuevas inscripciones sucesivas que lo convierten en una maraña indescifrable, en un denso borrón de hilos y urdimbres de cifras, es cuando, al parecer, tus datos, al menos tu nombre, comienza a desaparecer de la red. Aunque sospecho que el poder que permite la estancia originaria de los nombres personales y datos, siempre tendrá alguna manera de hacer regresar la serie de inscripciones que los han ido sepultando. Escribir un texto sobre otro es lo que, primariamente, genera lo que llamamos palimpsesto. La memoria cibernética consiste elementalmente en el procedimiento del palimpsesto, aunque, obviamente, los circuitos de las cifras que nuestros nombres activen, funcionarán y se archivarán de otro inescrutable modo.        



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