miércoles, 23 de febrero de 2022

LA CIRCUNSTANCIA Y YO.

 


Puedo entrar en un comercio con 400 euros en el bolsillo dispuesto a gastarlos en varias compras que como la dependienta o el dependiente me echen una mala mirada, esos 400 euros no sirven para nada, se volatilizan dentro del bolsillo y yo procuro salir simulando que no me siento humillado.

 

Se dice que el suicidio no mata lo que te mata diariamente y que constituye la causa por la que has elegido tan drástica decisión. Pero al ejecutar tan tremenda operación,  las disquisiciones teóricas se difuminan en su propia audacia. Si te quitas de en medio, te quitas de en medio para siempre, al menos, para el recuerdo de los demás. Tú ingresarás en no se sabe dónde, otra proyección teórica de nuestro imaginar.

 


Siempre creí fatalmente que la realidad era de los otros. Muy tarde identifiqué que esos otros eran los adultos y yo el niño sumido en una impotencia incurable.

 


Qué ocurre si semejante creencia neurótica se mantiene en el tiempo, si uno cumple los treinta, los cuarenta y llega más allá de los cincuenta con la sensación, con la sospecha aniquilante de que el mundo te es inaccesible, que sólo les pertenece a esos que tienen poder y son cómplices entre ellos, que poseen el espacio y las mujeres,,,,

 


¿Ser poeta me ha convertido en un neurótico al poseer una sensibilidad exasperante, o soy un neurótico que al ocurrírsele escribir sobre su experiencia, se ha convertido en poeta?

 


Si digo sí, tú te inclinarás por decir que no, si digo que aquello me parece verde, a ti te parecerá morado. O sea, que la mecánica del pensamiento consiste, a veces, en exponer en el tapete de las proposiciones la que tú has ideado para recibir automáticamente la respuesta que confirma o niega la tuya.

 

Schopenhauer pasó un período de su vida incomodado por la hipersensibilidad a los ruidos. Por la noche, a la mínima, saltaba de la cama y empuñaba una pistola que tenía cargada por si recibía la visita no deseada de los ladrones. Y ya sabemos lo que le ocurrió a una vecina suya que osó molestar su rato de reflexión profunda cotilleando en la puerta con otra comadre. Son estas anécdotas las que convierten a nuestro filósofo en un personaje chocante, simpático y lo humanizan, es decir, lo desacralizan convenientemente.


Contemplo el montón de libros que tengo dispuestos en la mesa del comedor y me digo que no puede haber mayor riqueza espiritual e intelectual. Cada libro es obra de un autor, es decir, cada volumen articula la aventura particular de una persona que se ha entregado al amor por la palabra y que desde su confinamiento histórico y espacio-temporal ha urdido una serie de poemas, de artículos, de novelas, de ensayos, narraciones  o diarios, que gracias al trabajo de otros hombres sin rostro se han convertido en libros, en textos impresos y que ahora yacen ante mí, urdiendo, a su vez, entre ellos, el gran texto del cosmos expresivo, confesional y especulativo de la cultura universal. Ungaretti, Colinas, Deleuze, Costafreda, Gimferrer, Lotman, Mesonero Romanos, Guillermo Carnero, Amado Nervo, Chirbes, Gabriel y Galán, Mary Shelley o Valéry esparcen el mosaico de sus nombres y de la palabra ofreciendo lo que han pensado, lo que han amado, lo que han experimentado, lo que han sufrido o descubierto. Y todos, desde sus distintas perspectivas, estilos y ubicaciones vitales, vienen a converger en su deseo de donar al mundo la memoria de lo que les ha ocurrido a ellos, a su cuerpo, a su pensamiento, a su alma.


Actualmente ya no hay grandes vivencias intelectuales, no hay protagonistas exclusivos del pensamiento sino gestores de eso que llaman información. Y nubes de periodistas y psicólogos en todos sitios, manifestación de un mundo mediocre obsesionado por la eficacia y el espectáculo. No hay interés en el descubrimiento intelectual sino esfuerzo por articular lo mejor posible la empresa.

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