martes, 19 de abril de 2022

LAS MÚSICAS DE LA MEMORIA. CUANDO EL PASADO DEJA DE SERLO Y REVELA SU PAPEL REAL EN LA MEMORIA.



¿Cómo es que me encuentro estos días escuchando la misma música que escuchaba cuando era un joven, allá por 1977?

Ya no recuerdo qué cosa o motivo hizo que me pusiera a bucear por la red hasta me encontré con música del compositor de dance Hamilton Bohanon, el rey del disco funk. Las composiciones de Bohanon aunque tengan pasajes cantados, destacan por su desarrollo instrumental con un objetivo casi prioritario: trascender todo cansancio bajo la pulsión continua del ritmo.

 En principio podría pensarse, ubicando lo mejor de este músico entre los setenta y mediados de los ochenta, que las expectativas de una música como esta, el grueso de su imaginario, no se corresponderían  sino con las de la época adolescente de las discotecas y los primeros enamoramientos más o menos serios, es decir, con el momento mágico de la eclosión de la sexualidad y las potencias psicológicas del yo.

Por otro lado, uno tendería a creer que el tiempo ha pasado, llevándose lejos la época loca de los meneos discotequeros setenteros y por lo tanto, borrando o atenuando toda impresión de entusiasmo y expresión de plenitud.

Pero, sorpresivamente, esto no es así.  

He comprobado una cosa que me parece tan interesante como revelador: la sorprendente calidad de este tipo de música, es decir, su absoluta adecuación y cumplimiento en el tiempo con respecto a la misión que le estaba asignada. Hay algo más que, digamos con cierta pomposidad, correspondencia histórica con la edades, con la magnitud vital de la adolescencia. Es sólo ahora con el paso del tiempo cuando me doy cuenta de que no hay nada despreciable en nuestra memoria, que todo lo que ha significado algo para nuestras vidas, se revela ahora como fundamental, como destino.

Hace unos pocos años, la música de Bohanon o la de James Brown, hubiera todavía merecido por mi parte cierto distanciamiento y hasta desprecio por resultarme caducas, anacrónicas. Lo que ahora se me revela como falso es que lo que mínimamente ha resultado importante desde un punto de vista emocional, sea arrasado por el tiempo, que este marcha adelante sin pausa quemando presuntas etapas hasta su final lógico o material.

No podemos prescindir de todos los datos de nuestra memoria emotiva creyendo que la adolescencia, la ocasión para el sexo, el amor y los sueños, ya pasaron y están aniquilados. Lo que ha merecido nuestra mirada condescendiente por considerarlo irremediable pero por ello mismo, insoslayable, se erige con el tiempo en una base de experiencia, de vida.

Lo que está ocurriendo en mí es que todo lo que viví con intensidad en el pasado adolescente no es que retorne ni que experimente una suerte de reactualización, sino que se me aparece como fin legítimo en sí mismo de goce y felicidad, como si fases insospechadas de tiempo no meramente sucesivo hubiesen pulido de un modo determinante lo que podríamos llamar su misión en la vida.

La música de Bohanon pertenece a ese conjunto de cosas gozosas que es la memoria y aunque hoy nos pueda costar más bailar como si tuviéramos 17 años, la música se desprende de toda superficialidad, de toda relatividad depresora de su valor y acontece de nuevo para mí como algo más que actualidad o extrañeza.

Escuchando a Bohanon me fascino con la belleza, con la plenitud  y la libertad que hemos vivido sin percibirlo, con el don que hemos encarnado, al tiempo que detecto la maravilla que es la vida independientemente de todo revés y presión circunstancial.    


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