viernes, 1 de abril de 2022



SEMIÓTICA.

LA EXPERIENCIA DEL SENTIDO A TRAVÉS DEL ARTE Y LA LITERATURA.

Manuel González de Ávila

 

Aquella notable disciplina que ¿fue? la semiótica, poseedora de una larga historia y que tan estupendos hallazgos ejecutó en distintos ámbitos de la cultura, desde mediados de los sesenta hasta finales de los ochenta a través de las obras de autores como Barthes o Eco, entre otros, pareciera que se hubiera estancado en las últimas décadas o fuera incapaz de llevar a cabo nuevas pesquisas iluminadoras.

Pero siendo la semiótica, elementalmente, la ciencia de los signos, este parón vendría a significar que los tales signos, en nuestro actual contexto, han dejado de producirse o ya no existen, consideración que se choca de bruces con la obviedad si examinamos, por ejemplo, la realidad de la nueva cultura digital, las andaduras del cine o los últimos mestizajes lingüístico-artísticos. O sea, que los signos continúan dándose en los distintos enclaves sociales y culturales: son sus combinaciones en la percepción del sujeto las que precisan de interpretaciones que renueven y actualicen el concepto de signo.

Es por ello que en los últimos años la semiótica ha experimentado una reactivación de su estrategia cognoscitiva basándose ahora en el estudio de la formación del sentido más allá de las inmediaciones formales del  texto, y fijándose sobre todo, en los objetos y en las formas de vida, especialmente, en el hecho esencial y cuasi furtivo del modo en que se experimenta y se vive dicho sentido. 

Las formas en que se discierne y se vive eso que llamamos sentido abren vías a la experimentación semiótica y reta a que se apliquen sobre ellas investigaciones nuevas y más complejas. La vanguardia semiótica, pues,  se desarrolla, actualmente, en estos intersticios vitales, en estos nexos íntimos que ahondan en la inteligibilidad del hecho cultural contando fundamentalmente con las operaciones mentales y sentimentales del sujeto.

He leído las últimas obras del semiólogo italiano Mirko Lampis, escritas originalmente en español por el propio autor, libros como Tratado de semiótica caótica o Tratado de semiótica escéptica. Se trata de obras accesibles y precisas que abordan todos los temas que se desprenden de una filosofía del lenguaje y del signo. Comparativamente hablando, creo que esta nueva obra de Manuel González de Ávila,  Semiótica. La experiencia del sentido a través del arte y de la literatura, resulta más actual, todavía y más interesante, pues evita las mera exposiciones globales de la teoría, dosificando temáticamente los apartados, poniendo ejemplos de todos los abordajes concretos y siendo muy resolutivo en el alcance y manifestación de cada aplicación semiótica. Los artículos y capítulos suelen ser  breves, casi se dirían que fragmentarios si no fuera por su densa y objetiva exposición, y los textos van acompañados de ilustraciones relativas a los objetos y objetivos de investigación.

El libro de González de Ávila tiene la virtud de poseer esta practicidad y resultar meticulosa y sintéticamente ilustrativo con respecto a las derivas epistemológicas que van configurando  los últimos postulados semiológicos.

Personalmente me entusiasma que desde las Humanidades poseamos tal herramienta de sondeo científico del mundo y de la significación como es la semiótica, que es capaz de reformular sus procedimientos para emprender investigaciones  nuevas sobre contextos últimos.

Precisamente lo que me gusta de la semiótica es la similitud de su operatividad con las motivaciones de la escritura poética. Si la semiótica aborda, en definitiva, el desciframiento del mundo, la poesía hace algo semejante en las aventuras más especulativas de su escritura, aunque no para ofrecernos balances analíticos sino convirtiendo tales itinerarios en mensajes de una vivencia, en expresiones del deseo y la esperanza.

Decía Barthes que desconfiaba del carácter científico de la semiótica por la simple pero contundente razón de que los signos cambian de significación con el paso de los tiempos. Los nuevos planteamientos evitarían convertir la semiótica en una hermenéutica, estableciendo como misión la descripción de la significación y la exposición de cómo se realiza la vivencia de la misma, adquiriendo, con respecto a su estatus científico, un aspecto procesual virtualmente infinito, es decir, constantemente renovado. La semiótica, pues, atendería más al hecho de la significación, a la semiosis, a las evoluciones del mundo práctico, antes que a lo previamente asimilado en corpus lógico-temáticos.  

La semiótica, pues, según González de Ávila, tiene que volver a explicarnos qué dimensiones percibimos del mundo más allá de toda fenomenología o psicología, y sobre todo cómo a través de esa percepción articulamos la significación e instituimos el orden de la cultura por medio de la manifestación específica de eso que llamamos signo.

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