25.4.17

POR FIN

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Sí, por fin caen en mis manos estos dos volúmenes que creía inalcanzable uno y casi imaginario el otro.
 
 
 
 
 
 
El inalcanzable por su precio, exclusivo para académicos y profanos fanáticos de las incidencias del pensamiento: el Libro de los Pasajes de Walter Benjamin.  Está considerada una de las obras más destacadas de la historia de la filosofía moderna. Benjamin, por medio de citas de periódicos, ensayos, novelas, poemas y reflexiones aforísticas propias enhebra un texto infinito de autoría múltiple y anónima, en el que asistimos a una reflexión, desde las mismas fuentes, del París del siglo XIX como fenómeno estético y social. Nunca la reflexión filosófica sobre un período de la historia se había revestido de tal originalidad y fascinadora amenidad. Los cientos y miles de apuntes de Benjamin conocen aquí una de sus primeras ediciones en español.  Benjamin metamorfosea metafóricamente su trabajo al convertir el material que selecciona y comenta en expresión directa del objeto estudiado: los cientos de citas que desfilan y configuran el libro son pasajes del pensamiento que fluyen y se interconectan, analizando un fenómeno específico del capitalismo burgués del XIX: la aparición de los pasajes comerciales.
Una objeción a esta edición: es comprensible que condensar tal cantidad de texto en un solo volumen plantee más de un problema, pero no quisiera uno que uno de tales problemas fuese la dificultad de poder leer dicho y denso texto. En esta edición no es tanto la letra pequeña lo que supone resistencias a la lectura sino la impresión leve - en gris claro y no en negro -  frente a otros fragmentos en los que la letra es más grande y la tinta más pronunciada.
 
 
 
 
Muchos han sido los seguidores de Germán de Argumosa que esperaban y que han esperado, durante años con una paciencia y fidelidad notables, la obra impresa que, por fin  pusiera en orden las teorías y experiencias que como pocos, fue atesorando  a lo largo de su vida el admirado profesor, introductor en España del fenómeno de las parafonías y primer investigador de las caras de Bélmez.
Adquirí el libro por internet y llevo más de cien páginas de lectura del total de 566 de que consta el volumen. Sí, en efecto, aunque me cueste creerlo, aquí está el libro que todos esperábamos de puño y letra de Germán de Argumosa... ¡Pero casi no llega a serlo!  Si no es por el notabilísimo trabajo de Pilar Ramiro de Pano que ha consistido en ordenar temáticamente los apuntes de Germán de Argumosa, añadir corchetes o paréntesis allí donde la fase requería una precisión de sentido, reunir una gran cantidad de notas explicativas y articular todo este conjunto de textos en un volumen al que coloca título,  acompañado, todo ello, de una interesantísima semblanza biográfica, el ansiado libro de Germán de Argumosa todavía estaría esperando convertirse en tal cosa, reposando en archivos dispersos.
Hay que agradecer, pues a Pilar Ramiro de Pano que el libro de Argumosa esté en la calle, aunque, todo hay que decirlo, la lectura se hace a veces un tanto confusa, precisamente, por esta labor de costura. Yo creo que el excesivo pundonor del profesor y su satisfacción intelectiva con respecto a la investigación de lo paranormal al dedicarse, en los últimos años de su vida, a dar conferencias y al estudio exclusivo, le distanció de la relativa urgencia de escribir un libro, aunque esta fuera la forma óptima de acercarse a su pensamiento y conocer en profundidad sus teorías e ideas. Germán de Argumosa estaba, a este respecto de urgencias y demás servidumbres modernas,  embargado por otros métodos y procedimientos, pertenecía a otra época, y desde esa época, nos hablaba sobre sus investigaciones y reflexiones y desde sus formas nos llega la imagen de su autenticidad y honradez. Actualmente que disponemos de tanta y tan sofisticada tecnología dirigida a la investigación de lo paranormal, lo que falta, precisamente, es una entrega seria a la teoría,  a la elaboración de la enunciación inteligente y superior de  hipótesis, que intenten, en la medida de lo posible, definir o acercarnos a una comprensión de la complejidad de estos fenómenos. Falta una comprensión y un abordaje filosófico de la parapsicología, asunto que fue el que Argumosa se encargó de cubrir. En este libro Argumosa intenta afrontarlo todo con precisión y la suficiente transparencia: desde lo inadecuado de algunos términos usados en la investigación paranormal, lo fallido de la cuestión nominalista en unos procedimientos que pretenden convertirse en ciencia, hasta la definición actualizada de los más diversos fenómenos inexplicados, pasando por la exposición de su propia teoría - la parapsicobiofísica -   sobre la causa y génesis de los fenómenos paranormales. 
No sé hasta qué punto en este mundo de banalidades supremas, locuras asesinas y crisis políticas y económicas el estudio y la definición de lo paranormal es algo prioritario, me temo que muy poco, pero algún día vendrá en que sí lo sea o en el que la aparición de algún genio, en Europa o en Asia, aúne ciencias y humanidades en la concepción de una realidad más que sorpresiva. Y quizá en ese momento todo cambie como cuando se produjo el Renacimiento o la emergencia de la Contemporaneidad junto con toda su multidisciplinariedad artística y científica.
 
Hay algo que siempre repetía Argumosa frente a los escépticos: "ante hechos, no hay teorías" (que nieguen tales hechos). Pero yo advertiría que, aceptando tal expresión, antes habría que estar seguros de que tales hechos lo fueran.    
 
 

20.4.17

INCIENSOS Y CRESATENES







Si como afirmara de modo capital Juan Ramón Jiménez, el pueblo es el origen de toda poesía, aunque para certificar determinados menesteres de ese pueblo se exija de la complicada localización sentimental del mismo, no hay duda de que la fiestas de Semana Santa en tanto que puesta en escena y representación, son florida y sensitiva expresión poética del pueblo.

Si no hubiera fiestas que secuenciaran el tiempo, la vivencia de este se haría insoportable. Toda fiesta es una alteración espacio-temporal del entorno social. Mientras que en las Navidades se festeja más la intimidad y el recogimiento y fluyen los regalos, durante la Semana Santa es el espacio exterior, la calle, lo que es tomado por la comunidad y el regalo general es ese ambiente de sosegado esparcimiento que bautiza la primavera. Y esta combinación es aprovechada doblemente. Los nardos y claveles que adornan algunos pasos de Semana Santa corroboran, más allá de la convergencia de la estación del año con la efeméride sagrada, el albor del mensaje: la vinculación de Cristo a la Primavera, es decir, a la emergencia de un Tiempo Nuevo. Qué grato resulta que todo este simbolismo disfrute de una puesta en escena tan  laboriosa como indefectible.

He visto estos días de fiesta a madres con sus hijos pequeños entusiasmarse ante el brillo sonoro de las bandas musicales, a un grupo de ecuatorianos santiguarse con estremecido decoro ante el paso de las imágenes, a la gente, en general, guardar silencio cuando se le pedía hacerlo.  No sé, pero que delicadas consideraciones de respeto y dignidad se den en plena calle, aunque se prevean dentro de unos ritos y sólo se produzcan periódicamente, creo que es algo que hay que valorar. Quiere esto decir que somos capaces de mejorar el ambiente convivencial y  provocar sutilezas comunicativas, que disponemos de la suficiente educación como para evaluar el discurrir público de los símbolos.

Y a propósito de símbolos: nada más alucinógeno y barroco que un paso de  Semana Santa.






























 

3.4.17

RAMÓN CASAS Y LA EL ARCO DE LA ESTACIÓN DE MURCIA





Qué tiene que ver la estación de Murcia con el famoso cuadro de Ramón Casas titulado Al aire libre (Plein Air)? Bueno, podríamos hablar del género tan definido como denso a un mismo tiempo de los “ambientes”.  La estación murciana (un pedazo de ella) y el cuadro de Casas comparten lo que podríamos denominar una estética de la pobreza. Me explicaré brevemente.
Cada vez que he ido a Murcia y he entrado en la estación, la visión del viejo conjunto de las vías laterales y los oxidados tanques de agua,  los conjuntos de aparentes desperdicios y cascotes, los tiznes de negro de los muros semiderruidos, las garitas en ruinas a cuya sombra se eleva un súbito manojo de aboles ácidos, me ha hecho pensar que entraba en un fragmento descoyuntado de espacio y tiempo que podría ubicar en el siglo XIX,  - aquel mundo en blanco y negro del hierro y de los hombres de luto del que hablara Baudelaire - y claro está que sumido en tal sugestión, cuando diviso, en el margen izquierdo el arco de entrada a unas viejas dependencias en desuso de la estación no puedo evitar acordarme del arco que figura en el cuadro de Casas y que parece figurar la entrada/salida de la terraza en la que se encuentran los dos únicos personajes de la obra.    







 Una estación es un lugar tremendamente poético, sitio fijo de despedidas y regresos, punto quieto que actúa como bisagra de estos dos movimientos o direcciones antitéticos: irse, llegar. Recuerdo un poema paradigmático al respecto de Francis Ponge, dedicado a las estaciones, donde el poeta habla de pistas de respiraciones y chillidos, de trayectos y masas de humo, chillidos y estertores de las máquinas, espacio farragoso de impregnaciones, grasas y hollines. Las estaciones modernas tienden cada vez más a reducir todo este catálogo, eliminando suciedades y sumando eficacia. La estación de Murcia todavía no ha perdido su encanto de estación tradicional o antigua, aunque con las obras que en este momento se están llevando a cabo y con las que parece que van a reduplicar su tamaño, pronto lo va a perder.  

Que la asociación que hago entre la estación murciana y el cuadro de Casas dependa de la semejanza en la imagen no quiere decir que la conexión se quede ahí: también la igualdad semántica, a fin de cuentas, se produce porque no puede independizarse absolutamente de esta semejanza apariencial. Pero en este caso, tendría que desarrollar una estética de los lugares desangelados y melancólicos a partir de las significaciones de la zona antigua de una estación y el aire de un cuadro o una zona, asimismo, de ese cuadro.

De los pintores del modernismo, Ramón Casas siempre ha sido uno de mis favoritos. Sus óleos poseen una sutil mezcla de voluptuosidad, fineza formal y precisión psicológica. Los retratos de mujeres, especialmente, son delicias plásticas y representan el misterio epocal de aquel tipo de mujer estilada entre fines del XIX y principios del XX y de la que existe bibliografía específica.  Las imágenes de Casas encajan en el espacio de un modo lánguido y firme a un tiempo, son como gravitaciones inmateriales.

Y, precisamente, la obra de Casas que desde crío, recuerdo de forma más vívida es también una de sus pinturas más conocidas y complejas: Plein air, o Al aire libre.

La crítica ha señalado la originalidad compositiva de la obra articulada a través de tres planos consecutivos: el primerísimo primer plano de la mesa y de la silla desocupadas, el segundo en que se encuentra la mujer, imagen que supone el centro convergente de toda la pintura y de una autonomía plástica total, (por sí sola sería un cuadro) y un tercer plano, el más alejado, en el que localizamos la figura masculina. Precisamente esta figura es la que resulta tan curiosa tanto por la peculiar ambigüedad de su gesto – parece que salga del aseo y esté reparando en algún detalle de la puerta,  - como por su carácter estéticamente poco canónico.
El genio de Casas ha sabido captar un dato fugaz de la realidad, ha transformado esa información visual repentina en el elemento más dinámico del cuadro, si no sumamos a ello la dirección de la mirada de la mujer que espera con impaciencia a que el caballero regrese a la mesa y se siente con ella. Por la posición de la mujer, pero sobre todo por la circunstancia del hombre, el cuadro representa un momento de asueto en la galería exterior de un café. Momento que a través de la representación pictórica se inserta en un ámbito muy definido. Asunto complejo sería analizar ese ámbito que apenas una descripción inicie su desarrollo se convertirá en atmósfera, en ambiente, es decir, en expresión de unas coordenadas espacio-temporales pertenecientes a una época determinada, a un estilo concreto, sumido todo ello en significaciones y sugerencias cuya exégesis podrían darnos los datos identificadores del espíritu del tiempo.   







Es precisamente la singularidad más anecdótica del cuadro, el hombre vuelto parcialmente hacia atrás, lo que hace que me fije en los descoyuntados márgenes del espacio circundante y en el arco modernista-murciano. Si hay algo que independientemente de toda asociación ambiental podemos detectar en la gran mayoría de las producciones tanto plásticas como literarias de la época modernista –simbolista y que las acaricia como una ligera gasa es la deriva melancólica. El cuadro de Casas es melancólico – ese hombre y esa mujer solos, esa terraza algo desamparada, la brumosa periferia que rodea a la terraza – pero sin que esa sensación llegue a secuestrar la obra. El arco luminoso parece el único lujo tecnológico que encontramos, lujo que en la estación de Murcia se convierte en resto de unos tiempos pasados, en ruina herrumbrosa, en objeto arqueológico. Y más anacrónico parecerá ese arco en la estación mientras que las obras actuales lo destaquen frente al inmediato cambio del entorno que se avecina.