viernes, diciembre 18, 2009


LECTURAS


En la hibridación de las lecturas se producen las sincronías y convergencias. Leo en Foucault los distintos tipos d evolucionismo que hasta el siglo XX se han utilizado, e incide en la historicidad de la organización cognoscitiva, cuyo proceso a partir del Renacimiento experimenta una desjerarquización y articulación multidireccional, que hasta cierto punto, refleja la dinamicidad propia de la naturaleza. Más tarde, Richet, al defender la realidad de los fenómenos inexplicados, me dice algo parecido, afirmando que, con respecto a la naturaleza, no podemos hablar incontestablemente de determinismo, sino de probabilidad, es decir, sólo clausuramos imágenes de la naturaleza, no podemos estar seguros absolutamente de la eficacia de nuestros cálculos sobre ella. Es cierto que gracias a la ciencia conocemos y controlamos la naturaleza, pero puede suceder que ésta modifique, esquive e incluso invierta nuestros pronósticos. Richet lo explica de un modo particularmente interesante, diciendo que, aunque dos átomos de hidrógeno aparentemente parezcan poseer una semejanza total, jamás serán iguales, porque , entre otras cosas, pueden comportarse de modo diferente. Del mismo modo, es lógico que esperemos desenvolvimientos insólitos en nuestra percepción y estudio de la naturaleza. Foucault habla de la temporalidad de nuestros conceptos, del carácter reciente de nuestra organización científica del conocimiento. Es decir, que nuestro bagaje cultural, siendo inmenso, no agota la realidad que es, según Josef Simon, aquello que se opone a la interpretación definitiva, ultima de los signos; por lo tanto, son esperables otras evoluciones del saber, dimensiones de la realidad no censadas por nuestro conocimiento actual.


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La suma de los textos se son ofrece como una aventura infinita tanto de desciframiento como de aventura y de placer. Leo sin prejuicio una parte de la abundante literatura que generó el movimiento espiritista a finales del siglo XIX en Europa: Leon Denis, Flammarion, Arthur Conan Doyle, etcétera. Me fascina tanto analizar las causas de porqué surgió ese movimiento, como la articulación de su filosofía, la cantidad deliciosa de anécdotas y de "casos" que se cuentan para ilustrar su ideario. Pero lo más sorprendente es comprobar cómo todo ese relato de sesiones, fenómenos y discusiones, son rastreables en actitudes y tendencias actuales, independientemente de la constatación de lo que se cuenta y supuestamente ha ocurrido. No hablo tanto de que la historia se repita como de paralelismos cuasi autónomos. Creemos que ciertas actitudes o movimientos conceptuales, son fenómenos típicos de la historia que no se repetirán, o que lo harán pero enmascarados, adaptados a las nuevas circunstancias. Bajo mi punto de vista esto no resuelve el asunto, sino que abre meramente una investigación global. La aparición del espiritismo y su consolidación pudo obedecer a causas concretas, cubriendo unas necesidades de orden psíquico desatendidas por la emergente sociedad del progreso, cada vez más alienada. Pero la sociología no puede explicar alguno de los fenómenos insólitos que se produjeron en el ámbito de las sesiones y experimentos espiritistas bajo la mirada de los investigadores más críticos (como se sabe, profesionales de la ciencia, generalmente, de primer orden, y premios nóbel, alguno de ellos).
La sociología no puede sino darnos una respuesta sociológica de los fenómenos. Es decir, que la realidad del fenómeno extraño permanece como la almendra indescifrable a la que le colocamos la cáscara narrativa de la época, interpretándolo como algo exclusivo de tal época, y propio de la mentalidad de entonces.
Lo desconocido va estar, por lo tanto, siempre desconocido, entorpecido por el pensamiento o la retórica del momento. Pero ¿cómo desligar lo que se produce de la forma de percibirlo o interpretarlo? Ahí está el espíritu del tiempo. El misterio es doble.

martes, diciembre 15, 2009


LOS MUSLOS DE LA DIOSA


Además del siglo XIX, del destino del pueblo gitano y de la música de Hindemith, estoy obsesionado con los muslos de Grace Jones. Echando un vistazo a sus últimas apariciones en público, a los conciertos que ha dado este año, podríamos decir que Grace es sus muslos (o sus piernas, vamos). De su estilizada y admirable anatomía, los muslos son la manifestación más evidente sobre su estado de salud y energía, sobre sus ganas de seguir actuando, sobre su plus de actividad. Me atrevo a colocar aquí una de las mejores imágenes entre las más recientes, original de Anfuny, de esta artista que está por cumplir los 62 años, si no me equivoco. Los 62 años de una diosa. Verla actuar es un baño de optimismo. Es toda cuerpo: plena y única. Ella es sólo ella, pletórica todavía, venciendo al tiempo.

Aquí nos muestra esa esplendidez a través de unos muslos soberbios y firmes, preparados para ser tasados con un par de voluptuosos azotes, muslos poderosos que requieren ser besados con erótica devoción. Parece ser que sus nalgas son menos hermosas que sus muslos, pero la esbeltez de Grace consigue que nalgas y piernas conformen un juego unitario en el que sobresale la actuación de estas últimas, larguísimas e infinitas.

A mí me gusta más como está ahora que el aspecto irritante que ofrecía a finales de los setenta y mediados de los ochenta: una larguirucha mujer-hombre de mirada salvaje. Ahora es una maciza diosa etíope que se pone colorete y que exhibe su cuerpo, palmeándose las caderas al bailar, tan sofisticada y espectacular como entonces, a pesar del transcurrir maldito de los años.

jueves, diciembre 10, 2009



LA MUERTE EN VIDA

André Breton decía conocer la deseperación "a grandes rasgos". Desesperarse: gesto noble del poeta. Yo conozco en finos y pululantes rasgos la neurosis, la acción erosionante y aniquilante de la depresión. La depresión es envejecer un año en una tarde, asistir vivo a tu propia putrefacción. El infierno no es la soledad, que puede ser placentera, voluntariamente buscada, y creativamente fructífera, sino el aislamiento. En la soledad puedo encontrarme bien y trabajar; en el aislamiento, como dice Gadamer, ya no disfruto de la soledad sino que la padezco. Ya no es la casa del verbo o retiro, sino agonía, destierro de la vida.
Escribo esto porque después de unos días de fiesta en los que creo no haber existido mucho, se acercan las temidas Navidades, la cámara de tortura de los solitarios forzosos y los errabundos, y ya se respira ese ambientecillo tan encantador como irritante para quienes tienen que pasar tales fiestas en soledad estricta.
Decía Wittgenstein en uno de los aforismos de su Tractatus que el mundo de los felices y el de los infelices, son dos mundos diferentes. Esto, que podemos verlo como una grosera obviedad, es mucho más denso de lo que parece y quien conozca el pensamiento de Wittgenstein lo comprenderá. Yo lo he experimentado montones de veces cuando la depresión, después de haberme asesinado lentamente y en silencio, se ha ido desvaneciendo gracias a alguna reacción químico-milagrosa del cerebro que ha acudido en mi ayuda para que pudiera sobrevivir. Y hasta tal punto se percibe la diferencia que cuando he buscado el sol, la presencia animada de gente, o me ha motivado alguna actividad, me he visto renacer y aterrizar, literalmente en otro mundo. No se trata de una cuestión de percibir las cosas de modo distinto, sino de que cuando estás mal, esas cosas se tiñen de tu estado de ánimo, estás en otro universo, en un universo degradado. Y ahí tu vulnerabilidad puede ser tan absoluta que uno llegue a desear la desaparición, la muerte. La enfermedad, la depresión es la muerte en vida.
Decía Deleuze que no se escribe con la neurosis, que ésta no es sino un retraso en el proceso de la escritura. Esto parece contradecir ese tópico según el cual es típico de escritores o de artistas poseer un aire de excintricidad o de locura como glamuroso distintivo de su persona. Pero una cosa es ser un excéntrico y otra caer en las lodosas simas de la depresión, circunstancia que, precisamente, borra la gracia de la excintricidad, expresión de una dinamicidad singular. Cuando la locura es productiva, no hay enfermedad sino desatamiento de las fuerzas eróticas, liberación de límites, plenitud. La neurosis, per se, no estimula las energías creativas, todo lo contrario, las ralentiza, las momifica o en su grado más morboso, las impide. La neurosis no actúa sino metafóricamente, como reflejo de una visión crítica d un mundo roto y alienado. Sobra decir que el ejemplo literario más notable de esto es el de Kafka. ¿Era Kafka un neurótico, lo era el mundo en el que él vivió, o ambas cosas, ineludiblemente, a la vez?