20.6.18

ALICANTE - ORIHUELA. CORRESPONDENCIA ROMÁNTICA (1831)




 

Produce un efecto fascinador descubrir o acceder a un material informativo que nos contacte directamente con ese mundo que solo el cine o la literatura se han encargado de representar en sus cualidades máximas. Comprendo perfectamente la sensación mágica, la ilusión y la sorpresa de Elvira Sanjuán cuando entre las pesquisas en las que estaba envuelta, dio, azarosamente, con las cartas que en este volumen publicado por la Universidad de Alicante, transcribe y analiza. El estado de las cartas, la singularidad de los documentos encontrados, en suma,  el hallazgo en sí, todo resulta tan curioso, tan literario, que la investigadora llega a decir que las cartas le estaban esperando. Lo que Elvira Sanjuán encuentra en el archivo provincial de alicante es un conjunto de cartas, la correspondencia manuscrita que mantuvieron un funcionario de la ciudad de alicante, Pablo Manchón y una dama oriolana, María Antonia López Guardamuro, alrededor de 1831. Las cartas nos narran la breve pero intensa historia de amor fallido  a lo largo, aproximadamente, de un par de años, que se produjo entre ellos, y cuya exposición de vicisitudes, parece cumplir con casi todos los ingredientes formales de la novela epistolar amorosa romántica: la aventura de mantener un amor prohibido al estar ambos amantes casados y ser residentes en ciudades distantes entre sí, - la distancia, entonces, entre Orihuela y Alicante, comparada con la de ahora, y sin que ambas ciudades, evidentemente, hayan cambiado de ubicación, era casi infinita-; los laboriosos esfuerzos que debían llevar a cabo para mantener oculto ese amor a ojos de los familiares y amigos más cercanos, el entrometimiento casual de algún personaje entre ambos amantes, amagos de duelo contra uno de esos personajes, las dudas y angustias ante el futuro de un amor así, etcétera. Y unido a ello, a la suma de acontecimientos reales,  lo que desde el punto de vista de la investigación filológica resulta más suculento e interesante: la altura expresiva, el estilo de las cartas. Y en este punto siempre salta la consabida e inextricable cuestión: los amantes de aquel 1831 ¿utilizaban los modos estandarizados de lenguaje de su época,  intentaron ser más originales al querer ser más auténticos o se adaptaron felizmente a la retórica que entonces pudieron utilizar? Y con estos interrogantes básicos, la ristra consecuente de los demás: ¿qué tipo de sociedad reflejaba el lenguaje del momento, o al revés, qué capacidades sociales son las que su vigor lingüístico contemporáneo  ilustraba y potenciaba? ¿Cuáles fueron, en las primeras décadas del XIX los límites del lenguaje literario a la hora de comunicar las dimensiones más complejas y delicadas de la subjetividad?




La valoración de un documento histórico como lo son estas cartas, supone la consideración de su hecho lingüístico, es decir, la manifestación de una lengua en un momento histórico concreto a través de las singulares circunstanciales subjetivas de los dos comunicantes que nos la hacen llegar.

En el siglo XIX la práctica de los diarios íntimos o la conversión de novelas epistolares en género típico, nos hablan de una eclosión de la vida subjetiva, de los mundos del yo y de los sentimientos. En estas cartas independientemente del registro de modismos o giros en el habla, o de la curiosa y fugaz información de ámbito local que podamos encontrar, accedemos súbitamente a un espacio de la intimidad que nos hace recordar la ficción literaria. La cuestión que podría plantearse aquí es quién se parece a quién, quién copia a quién: la realidad a la ficción o al contrario, la ficción a la realidad.  




 

Cuando un investigador descubre un material histórico del calibre de estas cartas, tras las impresiones primeras y personales de tal descubrimiento, comienzan las otras fascinaciones, las fascinaciones intelectuales, la lucubración positiva: identificación de la autoría de lo hallado, ubicación geográfica, estilística y social de los documentos y personajes en ellos implicados, etc... En ese obligado proceso de reconstrucción y ubicación del material, se impone la tarea del “encajamiento”, en según qué casos, tediosa y sin magia, y, en según qué otros, tarea enriquecedora y desafiante: cómo encajar los personajes protagonistas del documento en las jerarquías sociales y psicológicas del momento, qué rol individual asignarles para estructurar así la lógica del estudio general, con qué hábitos o  lenguajes identificarlos para reconocer sus figuras como correspondientes a marcos previamente definidos, qué imaginarios reflejan a través de sus expresiones. En definitiva, cómo encajar a los sujetos existenciales en lo que para nosotros, podrían ser,  con variaciones más o menos significativas, estereotipos. Creo que, como digo, esta tarea elemental, a veces resulta casi inercial, y por ello, lo aconsejable para rastrear con acierto y emoción la historia, sería imaginar la realidad como un flujo convergente de vida de los sujetos y modos lingüísticos y de pensamiento. En el caso que nos ocupa, en la correspondencia entre Pablo Manchón y Antonia Guardamuro, se registran momentos que se asemejan a pasajes típicos de las contiendas amorosas epistolares del período romántico. Podríamos acordarnos de,  por ejemplo, las cartas remitidas entre Alfred de Musset y George Sand.

Un material histórico como unas cartas de amor, nos suministran tanto información objetiva, como otra de carácter subjetivo. La objetiva podría venir representada por alusiones de carácter político hasta modismos lingüísticos. Me ha chocado que “chacho”,  a lo que queda reducido  “muchacho”, aparezca en las cartas, cuando hoy no resulta usual en Orihuela ni en Alicante, mientras que otros como el curioso “advertida”, es decir, adormecida, la recuerdo de labios de mi madre y sobre todo de mi abuela, quien solía añadir el diminutivo final: “advertidica”.

Hay más cartas de Antonia “Tona” Guardamuro que de Pablo Manchón. La escritura – la “gravedad” de la escritura - de ambos amantes, guarda una línea de equilibrio, es decir, no hay saltos extraordinarios desde el punto de vista formal entre las cartas de ambos remitentes, pero sí advertimos una mayor delicadeza y variedad expresiva en las cartas de la enamorada.

Examinando las cartas de esta última, se nos confiesa lo que, vitalmente, supone su amor por Pablo: un desasosiego total que, paradójicamente, es lo que más estimula su vida de aislamiento. El amor es lo que irriga vida en las venas de una existencia con carencia de acontecimientos, relaciones sociales comedidas y en la que  la confección de dulces que Tona envía a su amado se convierte en una actividad reseñable. Tona se queja del ambiente provinciano y mediocre: el salir de mi pueblo que las acciones más indiferentes son miradas como un crimen.

No obstante Tona sale a pasear, visita Murcia,  va a las fiestas de Elche, toma aguas en Busot…

También uno se inclina a pensar, percibiendo las laxitudes temporales que van enhebrando los mensajes,  que los encuentros íntimos de los amantes, es decir, las relaciones sexuales entre ambos, no fueron precisamente abundantes. Esta correspondencia es estrictamente sentimental y trágica, no hay confesiones eróticas salvo las muy sublimadas languideces y turbaciones de Tona entre espera y espera del amado. Esas sublimaciones escritas son también lo que da temperatura y verdad a esta correspondencia.

Podríamos decir que lo extraordinario de este epistolario es tanto su sorpresiva compacidad escritural como el carácter unitario de su relato, pues asistimos al inicio, desarrollo y final de una relación amorosa. El hecho de la conservación íntegra de la correspondencia, es decir, la no existencia de otro epistolario de las mismas características, lo hacen doblemente extraordinario.  

Hay una historia, la presuntamente objetiva, la de las guerras, los convenios y las civilizaciones, pero hay otra más esquiva y secreta, la historia de la vida privada, de cuyos íntimos laberintos tantos capítulos quedan por descubrir y estudiar.

En este segundo apartado radico la percepción y articulación de unos documentos tan especiales como los que suponen estas cartas. Lo más notable que he experimentado leyéndolas es también una conclusión en el pensamiento sobre el ser de la realidad, tanto de estos tiempos como de los pasados: la vida es literatura, la vida se manifiesta con tranquila plenitud a través de la palabra y el arte. Ratifico el pensamiento de Hörderlin: “Es poéticamente como el hombre vive en la tierra”, al tiempo que, por otro lado,  deseamos que Elvira Sanjuán tiente de nuevo a su ángel y deambule “inadvertidamente” por esos vegetativos archivos municipales, a ver si esconden otra sorpresa semejante.    

 


5.6.18



 

VIAJE A ITALIA
René de Chateaubriand


El viaje que Chateaubriand hace a Italia responde con contundencia y suntuosidad al tipo de itinerario que tempranamente el espíritu romántico había ideado entorno al embrujo de las ruinas y los restos de grandes civilizaciones, arrasadas por el tiempo.

Chateaubriand se pasea por las ruinas romanas de Nápoles, Pompeya, Litema o de la propia ciudad de Roma como testigo solitario de lo que ha dejado tras de sí el poder fascinador del tiempo y que se traduce en procesos alternativos de apogeo cultural y decadencia, es decir, de sometimiento de la naturaleza y de regreso de lo salvaje y primigenio.

Las ruinas son un frondoso bosque de signos por el que nuestro autor pasea y deambulea, creando un mapa temporal imaginario de enclaves y motivos,  constatando que la arquitectura ha cambiado de papel y función en su nuevo estatus de ruina o resto: antes era el mensaje supremo de la civilización, ahora sirve de pintoresco cauce para las aguas de lluvia o punto en el que las aves hacen sus nidos. Es decir, la cultura  al desaparecer, persiste solo como forma remota, se va engastando en la maleza inextricable para convertirse en casual soporte, en delicado destrozo cada vez más sumido en la hierba.

Chateaubriand ya percibe lo que años más tarde Simmel diría con algo más de precisión: las ruinas son el reboso final del regreso de la cultura a la naturaleza. También encontraríamos una significación de la ruina en las reflexiones de Benjamin que la interpreta como monumento del tiempo alrededor del cual el flaneûr merodea y quien buscaría una identificación consoladora de su desamparo personal: el conjunto de ruinas como significación de lo excluido por el tiempo, como signo de lo que ya no tiene función ni existencia.

Italia y sus ciudades son como un gran museo y Chateaubriand disfruta en sus paseos de los fastos del pasado, atravesando villas y ciudades, describiendo la selva que ha crecido entre los restos de un templo como si visitara literalmente una de las antigüedades romanas de Piranesi, aspirando el perfume de la tarde entre unas ruinas frente al mar, paseando por el Coliseo con la única y suficiente luz de la luna.

Chateaubriand nos cuenta con precisión su periplo por estos soberbios cementerios de frontispicios, torres y grutas practicadas en los lienzos de las paredes de los grandes edificios y aunque la melancolía de su evocación nos esté diciendo que el universo es más infinito que la historia, las formas antiguas perseveran entre las marañas de ramas alertando sobre lo que fue el Imperio.         

 
 

31.5.18





 

LIBROS Y OBRAS MÁS O MENOS RECÓNDITOS


Paseando un día por Murcia, en los cajones que la librería La candela, a un costado de la catedral de la ciudad,  expone en la puerta  llenos de añejas ediciones y sutil morralla, me encontré con este volumen y con este poeta, es decir, descubrí, en ese momento, al poeta romántico José Martínez Monroy (1837-1861), nacido en Cartagena y desde luego, muy poco o nada nombrado actualmente y  no sé si institucionalmente algo más recordado. Al leerlo, francamente, me pareció un excelente poeta. Subrayo lo de “francamente” porque el descubrimiento de este autor, teniendo en cuenta su olvido o su cuasi destierro en el ámbito de las letras y las citas literarias, suscita en mí, al menos, cierto debate. O bien, las palabras, al ser sometidas a una adecuada dosificación y altura rítmica alcanzan cierta homogeneidad brillante y, sobre todo, en el espacio de la poesía hacen algo indistinguibles su autoría, o bien, personalmente he llegado a una saturación de lecturas tal que me parecen igual de malas o igual de interesantes ciertas producciones literarias en según qué épocas sin tener que detenerme en los nombres de los autores. A estas alturas de la película de la vida ya no me importa tanto si Monroy, por ejemplo, tiene tantos hallazgos geniales en su escritura como Rimbaud, que el lograr a través de la escritura de “alguien” la consecución íntima de una experiencia grata sin perder de vista las circunstancias de donde procede esa escritura.

Quiero decir, que si bien las asignaciones que un Rimbaud  asigna a las vocales, me sorprenden y despiertan en mí la compleja y estimulante imagen de una relación esotérica entre las cosas, el poema por ejemplo, que Monroy dedica al Mediterráneo, o cuando escribe: ..los ángeles aquel día/dejaron formado el cielo,/y lo extendieron en pos/por los ámbitos profundos/para dosel de los mundos, produce en mí semejante estado de satisfacción y deleite internos, reconociendo el mayor formalismo del español. Creo que para ambas lecturas hay que tener una imaginación receptiva y que ambas pertenecen a distintas regiones de lo literario.  Las lecturas de las poesías de Monroy, simplemente, me han procurado instantes de delicia sensitiva y verbal. Con eso basta.  No ha hecho falta que fuera un genio de la literatura y hubiese revolucionado no sé cuántas  tradiciones. Creo que este poeta cumplió con su sino e hizo muy bien su trabajo. Reivindico a través de su nombre la creación literaria o artística de todo aquel que en cualquier época o lugar lucha contra su entorno y se las tiene que ver con los misterios de la belleza, donándonos lo mejor de sus resultados finales.   

 

29.5.18

AFORISMOLANDIA



 
 

Nicolás Gómez Dávila. BREVIARIO DE ESCOLIOS

 
Uno se pregunta si el arte aforístico es un género literario más o si supone un tipo de escritura parafilosófica que, preocupándose, supuestamente, por la verdad, acote de este modo territorios de crítica o de veneración intelectual; es decir, si el aforismo lo que pretende es divertir de un modo inteligente o si se propone producir pequeñas revelaciones a tener en cuenta. Imaginando que lo ideal sería que ambas cosas convergieran, digo lo dicho para ubicar preferencias y justificar aproximaciones lectoras. Por ejemplo. Se entiende que la obra aforística de Dávila llamara la atención de Jünger. El escritor colombiano, más que meramente dejar entrever, manifiesta sin pudor y a través de pensamientos agudos su rechazo de la democracia moderna y de las culturas que ha producido. Ese aire reaccionario que sabe muy bien justificar su posición ante los desmañamientos de la libertad social y su baño de relatividades sin fin, no hace sino asegurar su verbo vinculándolo a un estatus que se define por su contrario: el mundo sin forma y vulgar de ahí fuera, el universo, intelectualmente, pobre y mayoritario de la masa. Dávila es un exquisito rodeado de libros y a veces, las puyas aforísticas lanzadas al mundo de la cultura popular son algo previsibles, aunque siempre audaces. Los aforismos de esta clase, los que resueltamente, critican los modos y consecuencias democráticas en la sociedad y, sobre todo, los que desprecian la industria cultural moderna son los más claramente ideológicos y se “degustan” formalmente. El resto de los distintos escolios son un acerado cribamiento de posturas morales y devenires varios de la realidad, con rachas de una atrevida perspicacia que pueden suscitar reacciones en el lector, de signo contrario al descrito.  


Ni pensar prepara a vivir, ni vivir prepara a pensar.

La clave sexual sólo descifra enigmas subalternos

Lo que no es complicado es falso

Las palabras no comunican, recuerdan

 
 
 

 
 

VOCES. Antonio Porchia.

Las lecturas de Alejandra Pizarnik me han llevado a este autor que conocía confusamente y cuya biografía era yo,  hasta ahora, incapaz de ubicar. De origen italiano y radicado definitivamente en Argentina (1885-1968), los aforismos cuya totalidad el autor recogió bajo el epígrafe de Voces en varias ediciones, son, quizás, la producción en este género y en lengua española, de los más singulares que conozco. La escritura de Porchia sorprende por su equívoca transparencia, por su desnudadora intimidad, por la sutileza de su formulación. Porchia escribe desde una proximidad, desde una franqueza de espíritu que resulta difícil manipular o engañar. La pureza de su iniciativa es de una autoría inconfundible, es decir, no resulta fácil confundirlo con un aforista cualquiera. La sutileza se encuentra en lo que de un modo transparente se expresa,  ese “ahí mismo” que desdeña toda otra estrategia de comunicación que no sea la de la límpida cercanía. Porchia evita las retóricas, precisamente, para colocar a la palabra en su sitio, aquel que les corresponde para no interrumpir la comunicación. Muchos de sus aforismos son para recordar o memorizar, conforman verdaderas revelaciones por la forma en que Porchia deslinda su pensamiento y  sin levantar la voz ni crispación, nos muestran lo que pretendía permanecer secreto ante el mundo, ante nosotros mismos.  

No me llevaré tu alma. Me bastará saber que la tienes.

No me hables. Quiero estar contigo.

Cuando haya dejado de existir, no habré existido nunca.

Quiero por lo que quise, y lo que quise, no volvería a quererlo.