9.7.20





OBRA PIANÍSTICA DE ERIK SATIE.
LA LENTITUD PROPICIA DE REINBERT DE LEEUW

Reinbert de Leeuw toca lento, a veces desesperadamente lento. Sin embargo, ante la obra pianística de Satie, esta lentitud no supone un desastre, sino todo lo contrario: el pianista holandés exhibe su lentitud como toda una demostración maestra de profesionalidad. Con la obra de un Prokofiev, un Hindemith o un Bartok es absurdo proponerse interpretar lento: desfiguraríamos la pieza, estaríamos tocando la obra de un autor desconocido. También, es cierto, con algunas obras de piano de Satie, la lentitud afecta a la identidad de dichas obra. Por ejemplo, las zarabandas, según las toquemos lento o rápido, estaremos creando obras distintas de una misma partitura. Lo bueno de Satie, de todos modos, es que la lentitud añade magia a la mayoría de sus piezas, siendo menor el porcentaje que exige, de modo ineludible, que se ejecute dinámicamente. Me refiero a sus miniaturas pianísticas, no a sus obras orquestales. Vuelvo sobre las zarabandas: la frase alargada, buscando casi convertir la música en eco de sí misma, produce en la audición de estas piezas un efecto de hipnosis, de arrobo semejante al éxtasis místico, al abandono de sí en la meditación.
En las Gnosianas y en Ojivas, el tempo de De Leeuw es admisible y emotivo. Sólo en las famosas Gymnopedias, tal tempo atrasa el efecto- y el afecto – que se desprende de ellas, notándose demasiado la impronta del pianista.
Cuando más magistral sea la interpretación de una obra musical menos hablaremos del intérprete. En este caso, solo puntualmente, debido a la larga duración que implica la recepción de los dos discos, se le podría poner peros.
Con respecto a Satie, decir que a pesar de su popularidad, del estereotipo de excentricidad que nos hemos hecho sobre su figura, de lo conocidas que son algunas de sus composiciones, su música aún espera una glosa igual de suculenta. Cosa que no es fácil, pues la música, como los sueños, no puede traducirse a otro lenguaje.    


7.7.20

FRECUENTANDO A SIJÉ






ADMONICIONES DE LA ESCRITURA

Cada época posee sus repertorios literarios y simbólicos. El escritor que tenga imaginación y una elemental maestría literaria, puede sellar instantes para la memoria, sean estos de la naturaleza que sean: históricos, discusivos, emotivos... El catálogo de Sijé es lo suficientemente preciso y evidente, a pesar de su precocidad,  para volverse entrañable en la evocación de un mundo que, en parte, ya es irrepetible.

En el Diario de Alicante, Sijé publica un artículo que es un elogio al libro y a lo que la lectura de libros supone de benéfico para la persona. Obviando que hay libros malos o meros productos olvidables del mercado, Sijé solo ve lo sublime que un libro puede contener o revelar y escribe sin afectación, imitando cierto famoso pasaje del Evangelio: Bienaventurados los que aman los libros porque sabrán la verdad. Nótese que no dice bienaventurados los que leen, que, quizá, ahí sí que hubiera sido  ingenuo al pensar eso. Especificar “los que aman”  supone un detalle cualitativo más especial: se valora el idealismo por un lado y por otro el gusto por el conocimiento. El que ama los libros, lleva implícita la tarea de leerlos. Mientras que el que sólo los lee, puede ser un lector ocasional y no participar del culto a los libros o de un amor especial por sus contenidos. El que ama los libros se eleva a cierto rango de universalidad, se inviste de buenas y fructíferas intenciones. El que ama los libros no es precisamente un bibliómano, sino un alma que inaugura por sí misma la mejor elite lectora: la que se entrega a la aventura conceptual y sentimental que es el libro.  






Resulta curioso comprobar cómo para nuestros abuelos, ciertos autores procedentes del período romántico, todavía poseían un prestigio que los convertía en referente más o menos secreto de cierta concepción pasional de la literatura. Podríamos decir que existía una complicidad en el elogio de ciertos nombres a los que se hacía poseedores de valores espirituales y estéticos. Uno de estos nombres famoso, todavía, en época de Sijé fue el de Alfred de Musset, figura de culto para las almas románticas. En un artículo publicado en El Diario de Alicante, Sijé le dedica unas reflexiones al escritor y poeta francés en el que tras evocar ligeramente al personaje, actualiza el debate entre romanticismo y clasicismo. La distinción crítica, la significación profunda de los caminos de un estilo al otro, de una tendencia a la otra, fue materia de su famoso ensayo La muerte de la flauta y el reino de los fantasmas. En realidad, en el artículo, Sijé utiliza el nombre de Musset como pretexto parta hablar sobre el romanticismo y sus derivaciones  históricas. Sijé define muy bien las revoluciones políticas como producto típico del romanticismo, recalcando el carácter anticlásico y humano de estos grandes movimientos sociales. Advierte que esto es lo que debe la humanidad al romanticismo, la apertura de un mundo nuevo y la lucha contra las viejas estructuras a favor de lo vislumbrado o requerido con pasión. Octavio Paz matizaba que debíamos al romanticismo, sobre todo, una nueva sensibilidad y Bertrand Russell clasificaba al nazismo como revolución romántica. Pareciera que la legitimidad de toda reivindicación hallara su contrario al extremo de tal reclamo.
Sijé concluye su artículo volviendo con más propiedad sobre la figura de los poetas románticos a los que no duda en definir como ángeles a propósito de una aguda cita de Cocteau quien tilda a los sufridos poetas como ángeles conminativos. Esa conminación tiene hoy un débil recorrido en un mundo saturado de política y periodistas, en el que al literato se le reserva un sosegado margen de diluido protagonismo social.  Difícilmente pueden hoy ser los poetas la voz del pueblo si no hay pueblo inteligible y las voces singulares están secuestradas por las modalidades del discurso de lo políticamente correcto.   


3.7.20





LANG LANG.
VIRTUOSISMO CHOPINESCO A TRAVÉS DE MANOS ORIENTALES.

Pero Lang Lang no toca orientalmente, a no ser que por ello entendamos una ejecución limpia, efectiva, rápida y casi intachable. Las piezas de Chopin suenan extraordinariamente bien en las manos de este virtuoso del lejano oriente. A veces, quizá, un pelín rápido, pero no de tal manera que se produzca apelotonamiento sonoro, ininteligibilidad. Es más, algunas de las piezas más exigentes del gran compositor polaco, uno diría que no pueden sino ser interpretadas  de tal modo, rápida y deslumbrantemente.
El arte es misterioso. Decía Yuri Lotman que las grandes obras literarias, con el paso del tiempo, producen significaciones nuevas. Algo parecido me ha ocurrido a mí con la música de Chopin. Al principio, me parecía demasiado azucarado y sentimentaloide. Algo después, me sorprendieron algunas de sus piezas más extrañas y que suenan muy modernas, porque hasta el momento no las conocía. Y después, en la tercera fase de recepción chopinesca, descubrí o redescubrí el grueso de su obra pianística que me parece una de las mayores delicias sonoras para alimentar el alma. Disco recomendable, en suma, tanto por la brillantez del intérprete como por la música soberbia que escapa de este disco a penas lo ponemos a girar.  

30.6.20

FRECUENTANDO A SIJÉ



Encuentro en Bucarest de traductores, escritores y directores de revistas literarias. En la foto, pueden verse a Joaquín Garrigós, con el micrófono; Elelena-Liliana Popescu, Fernando Iwasaki, yo mismo con camisa roja, Najmías y  y José Luis Zerón. 2006. 

EL  HURTADO PLACER DE LA CONVERSACIÓN

Continúo hallando puntos de conexión entre el presente nacional o local, y lo denunciado o comentado por Sijé en sus artículos periodísticos.
Se quejaba Sijé, en un artículo publicado en El Sol, en el año 1931, de que la política teñía de tal modo cualquier tertulia, que el placer de la conversación, algo tan particular y estimado en la vida social del país, había casi desaparecido, secuestrado por este prurito insaciable. Lo político, la obsesión política cubría el horizonte de tal manera, que toda otra alternativa de discurso o de observación, quedaba opacada o expulsada de la tendencia común. Por ello, dice Sijé, que descuidamos nuestro mundo interior, que este se ha reducido a una sutileza casi imperceptible ante el imponderable político. Si tenemos en cuenta el contexto social y en qué iba a desembocar – la contienda civil – ello casi justificaría aquel enfrascamiento general de la población.
Del mismo modo, con, quizás, más indignación que nuestro sabio articulista, se manifestaba el hispanista francés Jean-Claude Rabaté, este año pasado,  cuando al presentar una biografía sobre Unamuno, en un programa de entrevistas emitido por el canal público 24 horas, dijo, visiblemente exasperado: ¡España está enferma de política!  
Cuando el hispanista decía esto, el debate sobre la independencia catalana paralizaba todas las cadenas de televisión y las ediciones de los periódicos.
Sijé más que denunciar la decadencia de las tertulias, exponía un hecho concreto: la sustitución de la libertad temática de los tertulianos por el “monografismo” político, como rezaba la definición de Eugenio D´Ors.
Cuando ahora nos quejamos no de la decadencia sino de la inexistencia de las tertulias, tanto televisadas como practicadas por nosotros mismos, no hacemos sino sumar otra ausencia más, otra desposesión más a la melancólica lista que nos califica como posmodernos, posindustriales y, ya puestos, pos cualquier cosa que antes se ejerciera con soberanía y naturalidad. Lo dijo una vez el agudo escritor francés Jean Baudrillard, invitado a un programa que dirigía Sánchez-Dragó: el hombre actual está asistiendo a una suerte de nuevo Auschtwitz, en el cada tras cada sesión, se le va despojando paulatinamente de cualidades y hasta de derechos.
Actualmente se habla, cómo no, de la pandemia, pero creo que tenía razón Sijé: nos importa poco, a pesar de cómo sean o no las circunstancias que se vivan,  el mayor tesoro que poseemos y que es nuestro más preciado y especioso laberinto de contenidos y posibilidades: nuestra propia alma. Se ha impuesto un discurso de intereses civiles, sí, pero cuasi parece que hablar de metafísica, de arte, de espíritu, de la historia de las ideas, esté tácitamente prohibido.
Si como afirma, dolido, Ángel Gabilondo: Cada vez hacemos menos cosas, juntos, el arte de la tertulia, desde luego, es una de esas cosas que antes, con más entusiasmo y tiempo que ahora, sí hacíamos juntos con soberano gusto.   

25.6.20

FRECUENTANDO A SIJÉ





ESPECTÁCULO Y OCIO EN ORIHUELA

Hace unos años me hablaba mi madre de la vida social y cultural que registraba el casino de Orihuela, de los espectáculos, obras de teatro, variedades y cine, que se producían en el Teatro Circo, del ambiente que había en el bar Llanes y en el Hotel Palas; de la vaquilla que le brindaron en una ocasión en la plaza de toros, de las visitas secretas de Sara Montiel al barrio donde vivió (su casa estaba y sigue estando, a enfrente de la que fue nuestra, y en la que vivimos parte de los sesenta hasta el año 1974, en la calle Bado)…. Recuerdo que conforme hablaba, mi madre se iba entusiasmando más por unos tiempos idos para siempre, mientras que yo me quedaba algo pasmado de la actividad de entonces. Con razón en aquellos días de juventud,  mi madre fue feliz y la necesidad de salir de la ciudad para expansionarse no era tan apremiante como lo fue décadas después.
Del mismo modo, la crónica de ocio que Sijé cubrió para la publicación Destellos, me ha procurado alguna que otra sorpresa. Una de esas sorpresas ha sido el visionamiento que se hacía entonces en el Teatro Circo de películas rusas. Durante la dictadura franquista, claro está, el visionamiento público de películas “soviéticas” era imposible por la ruptura de relaciones entre la U.R.S.S. y España. Hasta bien entrada la década de los setenta, del mejor cine de vanguardia ruso, apenas se conocían un par de nombres, los ya clásicos. Recuerdo que hasta mediados de los ochenta, el cine ruso era un misterio, una rareza: quizá en televisión, y sobre todo en los cineclubs que organizaban las cajas, era posible ver cine tanto de las primeras épocas como del momento, relativamente reciente.  En la época de Sijé, lo que podía verse con regularidad en el Teatro Circo era cine norteamericano, cine alemán, algo de cine francés y cine ruso. Sijé cita a Stenka Razin, por ejemplo, una de las primeras producciones rusas, que poco después se volvería inhallable. También resulta chocante que Sijé cite una película que hoy es de culto: Nosferatu, la famosa cinta de Murnau, a quien acusa, sorpresivamente, de haberse vendido al mercado norteamericano cuando abandonó Alemania.  
También “suenan” muy actuales algunas observaciones que Sijé recoge de los espectadores acerca de la calidad de recepción de las películas en la sala. Las copio tal cual porque reflejan con una curiosa semejanza las quejas que he escuchado de amigos y parientes cuando han ido a ver alguna película y las condiciones no eran las óptimas:
Un espectador- ¿A qué se debe esta oscilación fastidiosa, que hace imposible leer los rótulos y aun darse cuenta de la misma película?
Otro- ¿Y por qué no desaparece ese ruido-música que nos embota la sensibilidad auditiva?
También resulta muy actual otra cívica observación que hace, al parecer, una señora: ¿Cuándo se va a cumplir ese cartelito “Se prohíbe fumar en la sala” tan visiblemente colocado en todas partes?
Dentro de las valoraciones de las películas en cuestión, Sijé no evita comentar las actuaciones concretas de los artistas. Por ejemplo,  del famoso galán español de cine mudo, Ramón Novarro, Sijé dice que ha estado bien en su papel, y en otras ocasiones lo llega a tildar de “ridículo”.

24.6.20

LEYENDO A RAMÓN SIJÉ.





LA JUVENTUD ETERNA DE SIJÉ

La escritura de Ramón Sijé tiene una virtud: la capacidad de comunicarte, de inmediato, su vivacidad, el entusiasmo intelectual. Apenas se acerca uno al párrafo de alguno de sus artículos, el don de la síntesis o el arrebato barroquizante que ensarta frases complejas surcadas de algún que otro sorpresivo neologismo, saltan la vista e irrigan la percepción. Es sobre todo en la exposición crítica, en los meandros discusivos donde la fruición teórica de Sijé brilla, aletea y se permite todos los juegos malabares verbales posibles. La exaltación escritural de Sijé nos revela una naturaleza tocada por el ritmo y el concepto, por el amor a la capacidad cognoscitiva de la prosa como herramienta preciosa del pensamiento. Y el fulgor del pensamiento se convierte en palabras, en conceptos. Y aquí es donde la juventud de Sijé se convierte en eterna, porque este brío verbal es el don de la precocidad de un escritor que apenas sobrepasó en tiempo de vida tal precocidad, al morir con apenas  22 años.







EL MARASMO APÁTICO DE ORIHUELA.

Hablábamos el otro día Vicente Pina, dueño de la librería Códex, y yo, de la legendaria indiferencia, de la imbatible dejadez de la ciudad Orihuela a la hora de emprender grandes renovaciones sociales y culturales. Comentábamos que de Orihuela persiste su melancólica entronización como objetivo turístico por sus monumentos históricos, y el recuerdo, insustituible y emotivo de un par de nombres: Miró y Miguel Hernández. Una ciudad que tiene varias sucursales y cátedras universitarias pero que apenas tiene ambiente universitario o que no lo acusa como elemento de identidad propia. Los mitos populares siempre tienen dos caras: son una construcción social, sí, pero que señalan una realidad. Cuando en la conversación salió la revista Empireuma, la sola evocación de los más de treinta números de una revista como esta, valdría para rebatir con contundencia o poner en un serio aprieto al “mito” del derrotismo oriolano.
Después, hojeando artículos periodísticos de Sijé, el tercer nombre que debiera aparecer en nuestra memoria a la hora de evocar personalidades ilustres oriolanas, me encontré con claras  menciones a la abulia cultural de la ciudad. Las referencias negativas a esta actitud, son varias y bastante directas en los trabajos de Sijé, lo que nos hace pensar que la decadencia de Orihuela no era sólo ya una obsesión política y social sino un estereotipo en las mentalidades contemporáneas del escritor y que se arrastraría desde la expulsión de los jesuitas y la pérdida como entidad universitaria de lo que hoy es el Colegio de Santo Domingo.
Ante los titubeos de las instituciones de Orihuela para llevar a cabo una serie de homenajes a Benavente, Sijé escribe: Orihuela no puede menos de salir del marasmo apático en que yace y dar la cara… El artículo de Sijé no tienes pelos en la lengua, lo que demuestra que la lucha contra cierto inmovilismo o falta de dinamicidad cultural era ya una obsesión en aquellos años –alrededor de 1930 - .
Ahora bien, precisamente, que en la memoria común afloren las referencias a Hernández, a Miró, a Sijé, e incluso a Banca Andreu y Empireuma, ¿no atenúa en algún porcentaje, el mito negativo de tal apatía, o es que como tal mito es irremovible?      

17.6.20

LÍNEAS




Durante esta pandemia, he reflexionado bastante sobre lo que es, sobre lo que ha significado para la historia y la cultura, Estados Unidos. La causa está clara: el 98 por ciento de todo lo que se emite por televisión, es de inspiración o de factura directamente  norteamericana. Y especialmente, por la noche y por la madrugada, cuando uno viaja de canal en canal no ve sino  exactamente lo mismo: basura americana. Una basura que consiste, sobre todo, en la obsesión sexual y en la violencia como término medio o común de la vehiculación de todo contenido. He llegado a detestar las series de abogados y las policíacas, no tanto por la reproducción intachable de un modelo que arranca de los sesenta- televisivamente hablando – sino por el machacamiento en el tratamiento de personajes y situaciones. Y no hablemos de esas series necrófilas de análisis forenses que no existían hasta hace poco y que son la vuelta de tuerca de lo gratuitamente morboso. Los norteamericanos son geniales: llegan a imponernos hasta su mal gusto. Y en ese mal gusto van impresas sus obsesiones inconscientes. Vamos, que si no fuera por un milagro o un azar, estaríamos a punto de convertirnos al protestantismo. Félix de Azúa lleva razón cuando se lamenta de que de  la antigüedad no nos hayamos fijado sino en las momias egipcias para hacer deleznables peliculitas de horror en vez de habernos fijado en la admirable lección griega. Una vez más hemos copiado a los norteamericanos en su vertiente más infantiloide y siniestra: el espíritu nórdico, obsesionado con lo  monstruoso y espectral, tan ajeno a la luz y al pensamiento mediterráneos.




La otra noche, emitieron una película de los hermanos Marx: Un día en las carreras. Creía, mientras le echaba un vistazo por encima, pues estaba preparando la cena, que me iban a cansar los numeritos de siempre, los gags, las intervenciones de los cómicos, los finales apocalípticos y musicales; creía que no me iba a hacer ninguna gracia la película por lo estereotipado que tengo ya a estos personajes y sus obras fílmicas, pero, aunque no llegué a la carcajada, como ocurría antes,  sí que no pude sino confirmar la genialidad de algún momento de la película y sentir un brote de entusiasmo cuando todo estallaba en los pasajes musicales más espectaculares. Por ejemplo, cuando Harpo Marx se introduce con su flauta, cual Hamelin encantador, en los barrios de población negra y se suceden interpretaciones muy vívidas. La relación de estos personajes es evidente: Harpo, parecido al niño por su carácter travieso y su mudez empatiza, naturalmente, con la gente de color, marginada por la sociedad mayoritaria y blanca. Este momento del film parecía adquirir desde el pasado, una sorpresiva intencionalidad con respecto al presente, con los hechos de estos días: el asesinato de George Floyd, el ciudadano negro, a manos de la policía….  Al final de la película pensé: una película así, como esta, no se hace sino para ser más felices, y la felicidad debe tener alguna semejanza con una película como esta, con una película de los hermanos Marx. El final, especialmente, de la película,  me puso melancólico – la marcha triunfal de la felicidad -  y creo, más allá de hermenéuticas probables, que algún momento del paraíso debe asemejarse a ese tipo de finales. No lo digo desde un punto de vista puramente emocional: creo que sería posible, en este  mundo huérfano de filosofías y teologías, considerar estos productos de ficción,  películas como esta de los hermanos Marx, como un motivo muy serio para la reflexión transcendente.
  



  He estado viendo fotos de Bob Dylan inéditas de los sesenta y setenta. He revivido un sueño adolescente que tuve por esas fechas, precisamente, relacionado con la figura del cantante. A finales de los setenta, creía que tenía que hacer como Dylan, convertirme en una suerte de juglar urbano y recorrer caminos y ciudades cantando mis poemas. Como mi vocación era la escritura pero también la música y además, veía un parecido físico vaticinador entre Dylan y yo, recuerdo que pasaba tardes pensando qué recorridos emprendería y cómo fascinaría a las multitudes con mi arte. Esto fue en Torrevieja. Al regresar a Orihuela, me puse a estudiar solfeo en el Oratorio Festivo durante unos meses, pero la diferencia de edad con respecto al resto de los alumnos, hizo que finalmente dejara de asistir. Viendo estas fotos por las redes he sentido melancolía de estas historias de juventud pero también tristeza al no haber encarnado un personaje que podría haber sido yo.  



No podemos imaginar la eternidad, porque no logramos entender qué hacen las almas de nuestros parientes y amigos, qué tipo de actividad realizan. Sin el concurso del espacio y del tiempo no ubicamos las cosas, no conseguimos efectuar una descripción eficaz de lo que sucede. Y la eternidad no depende de estas categorías. 



Dos frases de Jean Cocteau que suscribo con entusiasmo, la primera,  y sin comentarios, ambas:
Los poetas deben vivir por encima de sus posibilidades siempre.
Los poetas agonizan incluso después de muertos.
¿Quién actualmente, en Europa, señala a los poetas con esta distinción aristocrática, sin olvidar el martirio que como tales poetas les espera hasta incluso en la posteridad, lo cual ennoblece más aún a los más exquisitos cultivadores de la palabra?



Se me amontonan los libros a medio leer, pero no importa porque en estos momentos, literalmente, son mi única compañía. ¿Qué voy buscando investigando a autores tan disímiles como Hofmansthal, Anne Sexton, Antonio Colinas, Ramos Sucre, Luis Cernuda? Busco afinidades, convergencias, semejanzas simbólicas, lo que a pesar de las geografías, lenguas o tiempos que les separan, identifique un destino, un desasosiego común.  

OBRA PIANÍSTICA DE ERIK SATIE. LA LENTITUD PROPICIA DE REINBERT DE LEEUW Reinbert de Leeuw toca lento, a veces desesperadame...