2.3.10


UN POETA QUE NO GANA UN MALDITO PREMIO, CONVERTIDO EN JURADO DE UN IMPORTANTE PREMIO LITERARIO


Durante años, he intentado, infructuosamente, ganar un premio de poesía, y de repente, ante la solicitación de un amigo, me encuentro formando parte del jurado de un premio internacional. ¿Esto qué es, una broma del azar, implica algún tipo de moraleja, o es que el destino quiere equilibrar mi situación de huérfano absoluto de premios con una suerte de compensación desmitificadora? El que debiera encontrarse entre los aspirantes, está, súbitamente, entre los que decidirán, parcialmente, qué obra sea la propiciatoria del premio. La cosa me gusta un poco, me da cierto.. poder, pero al mismo tiempo me angustia, confunde cuál es mi verdadero papel con respecto a esto de escribir.

Tener montañas, torres de poemarios que me llegaban a la cintura, por un lado me entusiasmaba, y por otro, como siempre ocurre con las imágenes de lo masivo, resultaba un tanto aniquilante y triste.

Cuando empecé la tarea, leer con atención cada uno de los libros, sentí una especie de... piedad, me atrevería a decir. ¿Quién soy yo para decidir, para quitarme de en medio este o aquel poemario? El candor, la gravedad, la agudeza, la delicadeza, el arrojo de unas voces sin rostro desfilaban delante de mí. El problema ya no es tanto ser justos con un discurso, sino con una realidad, una realidad social y mental, porque, por ejemplo, ¿qué hacer con los poemarios venidos de Latinoamérica, tan enrabietados y protestatarios como lúcidamente cargados de razón, pero que desde aquí no nos dejan de sonar panfletarios e incluso, anacrónicos? Descartar un poemario y otro, era como enviar a la sima el testimonio de alguien anónimo, pero real.

El "poder" transitorio que de pronto se me había concedido, me permitía acceder al conjunto de lo que llega a un concurso, y esto era como si me hubiera metido en la intimidad creadora del prójimo para así comparar sus escritos con lo que suelo enviar a otras convocatorias y poder preguntarme qué es lo que demonios hay que escribir para ganar un concurso de una puñetera vez, con qué trucos, solturas, complicidades, atrevimientos, hay que contar para seducir al jurado. Pero los premios de poesía, a fin de cuentas, son un absurdo: a todos los poetas habría que darles un premio por el hecho de serlo.

Lo más gratificante que he experimentado leyendo los 153 poemarios que me tocaron en suerte leer, ha sido constatar, que pese a todos los tópicos sociales que nos rodean, pese a la simplificación estupidizante que los medios de comunicación alimentan y producen, pese a la banalización de las cosas y la transformación del mundo en un espectáculo degradante y absurdo, la palabra poética está ahí, resistiendo, como un diamante fulgiendo a ras de tierra, afirmando su verdad y combatiendo con su decir soberano lo que ese gran Hermano de rostro invisible, lo que ese robotito que nos sustituye, nos ordena hacer o sentir.

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