20.3.12

DIARIO




Laxitud primaveral. Una vibración dulce recorre todo mi cuerpo. Abandono. De pronto detesto escribir, ponerme a analizar cosas. Me limito a disfrutar de la escritura, de la obra de los otros.



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Cuanto más lejos esté algo en el tiempo, más se acerca al mito y se impregna de una sustancia que espiritualiza la materia (observo con fascinación retratos de juventud de unas tías abuelas, fechados en 1916. Alguna vez hemos merecido la eternidad.)  Del mismo modo que ciertos edificios, vistos de cerca no llaman la atención, pero de lejos resultan impresionantes. Hay una correspondencia espacio-temporal en este sentido. El tiempo opera como factor corrector. El pasado reciente es el tiempo más remoto. El retrato de una señora de época me produce una melancolía estética, pero el recuerdo, por ejemplo, de la década de los ochenta, me envenena el alma con una melancolía agresiva: lo que pude haber vivido y no viví, lo que experimenté con agrado y que no se volverá a repetir...


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 Parménides sostiene que el mundo es inengendrado y limitado. Aunque podamos afirmar que la teoría del Big Bang sea cierta, esto no desmentiría lo dicho por el filósofo.  Simplemente es inútil pensar qué había o qué no había antes del Big Bang. Para nosotros, el mundo siempre ha existido. Imaginar magnitudes fuera no sólo de nuestro espacio vital, sino del tiempo que nos es dado vivir, resulta quimérico. Podemos calcularlas abstractamente, pero no vivirlas. La experiencia de las mismas es puramente intelectual. ¿Alguien tiene conciencia real de lo que ocurría 10, 20 ó 30 años antes de nacer? Del mismo modo, fuera del Todo en que vivimos, es absurdo imaginar nada. Estamos inmersos en el ser del Ente. De ahí que la muerte sea impensable. Cierto es que imaginar un universo limitado casi parece algo más complejo que imaginarlo, simplemente, infinito. Pero creo que Parménides, al hablar de los límites del mundo, se refería a lo que, experiencialmente, nos compete. Establecer unos límites no implica la negación del progreso cognoscitivo, sino definir los transcursos concretos de la realidad que vivimos. 
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El estigma del aislamiento (uno de sus efectos más aniquilantes). Barthes me lo confirma: Como utopía, el sueño sólo puede finalmente estar ligado no al uno, sino al dos: No puede haber utopía solipsista.

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Juegos de ilusionismo: Si no hubiera gastado absolutamente nada de todo el dinero al que he tenido acceso a lo largo de toda mi vida, ahora, de pronto, sería millonario, pero antes me hubiera muerto de hambre, de sed, no hubiera disfrutado de la lectura de los libros ni de la música, ni hubiera salido casi nunca de casa. Por lo tanto el equilibrio reside en mantener un flujo económico constante, tener siempre la mima cantidad de dinero, que se gasta pero que es repuesta poco después. Y así sucesivamente. No tener más, ni menos, sino siempre lo mismo.

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Escucho por la radio que la pena a un tipo que ha violado a una chica de 16 años en Marruecos, es.... casarse con ella (¡¡¡¡¡). El disparate no pone al descubierto sino esos restos de pensamiento arcaico, preislámicos, diría yo - el código de Hamurabi - que se agarran como garrapatas y que sólo el cambio de mentalidad, que no la mera  visualización de ideas nuevas, puede acabar diluyendo. Pero tal cambio urge y ése el gran reto de todos estos países: la chica agredida ha acabado suicidándose.

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