9.1.13




 
CONSTRUIR AL ENEMIGO
                                                                       Umberto Eco

Es un lujo de la modernidad presentar el multifenómeno de la cultura a través de variopintos batiburrillos de temas y motivos tan diversos y heterogéneos como libremente relacionables entre sí. No sabríamos decir si, finalmente, la multiplicidad temática se resuelve en la unidad macrocósmica, unidad que interpretaríamos como signo de pertenencia de lo multiforme a una cultura que se regocija en la multidireccionalidad de sus andaduras y competencias.
Umberto Eco tiene la virtud de ser claro y transparente con asuntos de densidad considerable. Su docta dosificación de los motivos que trata, suele facilitar la lectura y la comprensión de los mismos. Esa familiaridad con lo diverso y lo complejo alimenta su obra literaria y se refleja amenamente en sus ensayos.
El presente volumen reúne una serie de conferencias, formato que no es óbice para que la variedad de lecturas de Eco surta el efecto de presentarnos el tema lo suficientemente ilustrado y aludido.

En la conferencia que abre el libro y le da título, Construir al enemigo, Umberto Eco refiere, a través de citas históricas y literarias, que toda civilización precisa, finalmente, de un enemigo para definir su propia identidad. Más exactamente, el enemigo – el extranjero, el inmigrante, el bárbaro - es el componente que cierra, por contraste, el concepto que la sociedad en cuestión pretende tener de sí misma.

En Lo absoluto y lo relativo, yo destacaría el rebate que hace Eco del famoso ¿apotegma, aforismo, advertencia? de Nietzsche:: "no hay hechos morales sino interpretaciones morales de los hechos." La aceptación lógica de lo que tal pensamiento supone nos llevaría, finalmente al absurdo y a la negación del pensamiento y de la persona del mismísimo Nietzsche. Siempre he pensado que el sacrificio del sacerdote polaco Kolbe, quien se entregó para morir en las cámaras de gas, en lugar de otra persona que se salvó de este modo, supone un hecho moral como una casa.

Eco vuelve a sus lecturas juveniles y sorprende (gratamente) su reivindicación de Hugo. El atractivo de este autor radica precisamente en los defectos que su obra acusa, denostados por la crítica durante décadas y décadas: retoricismo, exceso verbal, ampulosidad. Esto recuerda por qué nos gusta el cine de serie B: precisamente porque es así de malo y previsible. A Eco le gusta el efecto Hugo, inmarcesible e inagotable, quizá porque lo disfrutó en la adolescencia y de ese modo, ya se ha vuelto eterno. Pero el gusto o el interés por Victor Hugo no radica en el mero placer de la repetición de su descubrimiento. Eco, como hábil semiólogo, piensa que el estilo visionario de Hugo estaba diseñado para el probable lector del futuro.

En su conferencia sobre el fuego, dice brillantemente: “El fuego nos recuerda la primera inhibición universal (no hay que tocarlo), convirtiéndose de este modo en epifanía de la ley."

En Astronomías Imaginarias, Eco combate ciertos estereotipos: la Edad Media tuvo una astronomía propia y supo, que la tierra era redonda. Además, fue en la Antigüedad donde se gestó la idea revolucionaria de los mundos infinitos.

Wikilealks ha supuesto la reversibilidad de la monitorización que el poder ha mantenido siempre sobre la ciudadanía. Ahora es a través de los mismos medios con que somos vigilados como el poder puede ser hostigado. Circularidad del control. 

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