28.9.17

MADRID OTRO

Fragmentos de agua

Harmonías del pasado

Carlos III convulsivo

Doña urraca

Fantasma



GOYESCAS






Verde del Retiro

La cripta de la Esfinge



El reposo incoloro

Postal


El caballero visionario
 
 
Acontecimiento
 
Las excusas del pudor
Furor de la noche
El tatarabuelo de Picasso
La construcción de los siglos
Danzante del crepúsculo
El sueño violeta

El perfil de la virtud
 

22.9.17

PERIPLOS




Paolo Fabri, hablando de la semiótica pasional como el nuevo tipo de semiótica que debiera sustituir a la clásica y que el trabajo general de los investigadores futuros debe terminar de definir y ubicar, dice que en los dominios de la pasión siempre nos encontramos con una mención del cuerpo o, al menos, con una parte de él. Si la música es la expresión semiótica por antonomasia de lo pasional, qué parte o qué implicación del cuerpo nos podemos encontrar en la gran música romántica del XIX, por ejemplo. Pienso en genios como Chopin o Lizst. ¿Qué protagonismo, más o menos velado, qué implicación del cuerpo existe en sus soberbias composiciones? Tanto en uno como en otro nos encontramos con una estremecida sensorialidad - más palpable en el polaco -  sublimada y metamorfoseada en efluvio trascendente del alma, en el húngaro. El alma en el romanticismo es sensibilidad pura, presupuesto de la excelsitud a que aspiran las más grandes obras artísticas. En tanto que la inspiración es un hecho psicofísico, la materialidad del mundo queda, de este fugaz modo, conjurada.
El alma del romántico es materia entregada a la hiperestesia y a la iluminación, el cuerpo se trasciende en ingravidez y etereidad, y lo físico es evolución energética, percepción que llegará al paroxismo con el simbolismo visionario y el impresionismo musical de Scriabin y de Debussy.
En el XIX el cuerpo apenas se nombra, se habla de ebriedades contemplativas, pero como realidad en sí, como objetivo poético directo, no existe. Por ello hasta la llegada del realismo y del naturalismo, el cuerpo no es afirmado o tratado desde su estricta fisicidad. El aire pacato del XIX en torno al cuerpo y sus tabúes, producto de los convencionalismos burgueses, tiene como contrapartida ese fenomenal juego de sublimación que artistas, poetas y músicos llevaron a cabo, consiguiendo que, precisamente, la categoría artística de lo sublime hallara, históricamente, algunas de sus últimas expresiones, en la ópera, en las grandes composiciones sinfónicas…   
 
 
 
 
 
Ínsulas extrañas, dice San Juan de la Cruz, refiriéndose con ello a los parajes desconocidos y quizá hostiles que tiene el alma que atravesar en su viaje de purificación mística. La imagen es fascinadora, netamente  barroca- me hace recordar determinados paisajes prerrománticos de la pintura de ese período, siglos XVI y XVII -, y estremece e inquieta  que la diga un santo: tampoco los santos lo saben todo. La imagen entraña no desesperanza, pero sí temor y estupefacción: no conocemos el tipo de pruebas, sufrimiento o esfuerzo intelectual y sentimental que nos esperan.
 
 
 
 
 
 
Estando en Madrid me cuesta llevar a cabo una reflexión contrastadora de las cosas. Estoy demasiado cerca del movimiento, del acontecimiento, de lo pululante. Necesito un distanciamiento. Al estar tan próximo al acontecimiento, te haces menos crítico, te dejas llevar por la novedad y lo multitudinario. La crítica comienza cuando al encontrarte lejos de lo que pretendías criticar,  percibes con cierta sorpresa la cuasi voluptuosidad con que te abandonabas y te mezclabas con lo que ahora pretendes convertir en objeto de tu análisis.   
 

 
 
 
Acabo de enterarme de la muerte de una persona conocida de quien me gustaba el humor y el modo con que criticaba la idiosincrasia de sus vecinos y de nuevo, como siempre, me ha atrapado esa sensación de fascinación melancólica mezclada con impotencia ante el súbito arrebatamiento físico que es imposible tanto prever como solventar. La desaparición de la persona fallecida es tan irremediable como interminable: la persona desaparece para siempre y eso resulta inimaginable. También aflora la desesperación ante esta estupefacta constatación. Desesperación porque a pesar de testimonios de filósofos, artistas, filántropos o santos no hay maldita manera de hacerse una idea de qué tipo de evolución se inicia al otro lado, si es que se inicia alguna. No hay relato de la muerte. Tan solo podemos manifestar, constatar que se produce y poco más. Wittgenstein es bien preciso con respecto a este punto. De la muerte no podemos decir, específicamente, nada. Quizá lo único que podamos hacer es imaginar la clave de la muerte en el desarrollo de la vida que ha tenido lugar, es decir, las razones de una probable evolución posterior podrían hallarse en lo anteriormente realizado, ansiado, amado -.   

15.9.17

DEFINITIVO ADIÓS A RADIO LUZ



Vinculamos nuestros recuerdos, naturalmente, a personas, pero también a lugares, a espacios específicos, a las casas en las que hemos vivido, a los locales donde hemos trabajado, etcétera. Cuando tales sitios, cuando tales lugares dejan de existir físicamente, porque nuestra antigua casa o donde trabajábamos, han sido derruidos, el recuerdo se agarra al recuerdo de tales lugares. Es decir, el recuerdo experimenta un doble repliegue: al no existir el edificio físico que invoque el recuerdo de nuestras experiencias vividas allí, tiene ahora que realizar la operación de sumirse en la pura potencia de la memoria sin ya conexión  identificable con realidades exteriores. Estas reflexiones han atravesado mi cabeza esta tarde, veteadas de cierta amargura que he tenido que controlar porque amenazaba con herirme mucho más de lo necesario, al contemplar el vacío, sembrado de esquirlas y ruinosos restos, a que ha quedado reducido el edificio donde se ubicaba el veterano negocio paterno y las casas de un par de tías abuelas.

Radio Luz echó a caminar entre finales de los años veinte y principios de los treinta. Al principio consistió en un comercio que vendía vajillas, lámparas y demás objetos de interiorismo, antes de convertirse, definitivamente, una década y pico después, en tienda de electrodomésticos. Radio Luz fue, en lo suyo, un negocio pionero e histórico en Orihuela. Entre los años sesenta y setenta fue la vanguardia del mundo eléctrico en la ciudad. Vendía tanto discos como bombillas, lavadoras y frigoríficos como radios, altavoces o focos. Las instalaciones eléctricas modernas de Santa Justa, la catedral, el seminario o el casino las colocó esta empresa, así como también la iluminación del polideportivo, a fines de los setenta.

Arriba, en el primer piso vivía Doña Pilar, gran amiga, zaragozana e irónica, en el segundo nuestra indescriptible tía abuela Isabelita, y en el tercero, la tía Conchita, la alegre prima de la anterior.

En fin, ¿dónde queda todo esto ahora? Si reparamos en Platón, ¿puede uno esperanzarse pensando que sus arquetipos ideales residen ahora en algún recoveco de la memoria universal, o hay que resignarse a que sólo tendrán vida en los recuerdos personales? Ayer, al pasar ante las ruinas, pensé en Heráclito: la vida es un flujo de mutaciones. Nada persiste, todo cambia. Este pensamiento antes me fascinaba, ahora, al verlo aplicado a una realidad personal me hacía menos gracia, me parecía cruel y aniquilante.

Esta tarde, al llegar a casa y echar un vistazo a fotos en las que aparecen las personas que vivieron en el edificio y las que trabajaron en el negocio de mi padre, esta vez sin acordarme de Heráclito, he pensado: ¿qué tipo de realidad es la que manifiestan estas imágenes antiguas, una realidad destinada, ineludiblemente, a desaparecer, o, de algún recóndito modo, esa realidad que todos ellos vivieron no se ha extinguido y vive de una forma que no podría sino llamar misteriosa en un lugar que nos es imposible señalar geográficamente?



Vista frontal, donde se radicaba Radio Luz.




Casa de Doña Pilar. Cómo persisten esos azulejos que tienen ochenta años.
 
 

Pobre calle San Juan


 

Discreto decorado vagamente modernista en casa de mi tía Isabelita





Ubicación de las cocinas



Vista trasera, donde estaba la entrada a las viviendas y a la trastienda y despachos de Radio Luz.


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Después de hacer las fotos anteriores, me he encontrado, en una calle vecina, con este gatico en apuros, que por un lado me ha consolado ligeramente de mis pensamientos anteriores y me ha hecho recordar que la vida ofrece, junto a las circunstancias de uno, espacios anexos e interminables, llenos de peripecias.