12.7.18

Alejandra Pizarnik. Poesía Completa.






Esta edición
 
El gran atractivo de esta edición de la poesía completa de Pizarnik llevada a cabo por Ana Becciú es que rectifica y mejora intentos anteriores de la misma empresa. Incluye poemas hallados en carpetas y cuadernos que hasta ahora habían escapado a ediciones póstumas, incluyendo correcciones de ediciones anteriores, reajustes de fechas, etc.

Pero aun así, la editora nos advierte que esta publicación no pretende ser la definitiva: las citas de obras de otros autores o las anotaciones de frases escuchadas al azar o extraídas de conversaciones que Pizarnik seleccionaba y guardaba meticulosamente como material inspiratorio conforman un archivo, en poder, actualmente, de la universidad de Princeton, que espera su edición correspondiente, del mismo modo que, por ejemplo, la ha tenido el archivo personal de Lezama Lima.

De todos modos, el placer exclusivo de esta edición es que nos permite un seguimiento puntual de lo que escribió y publicó Pizarnik a lo largo de su vida en el ámbito de la poesía, y es de este modo como reproducimos con la lectura, los episodios precisos de una escritura única. El último texto que encontramos en esta edición que sigue un estricto orden cronológico es el poema que Pizarnik dejó escrito en su pizarrón de trabajo, prácticamente, instantes antes de morir.

Simplemente añadiría con respecto a esta edición  que la fidelidad en el orden cronológico de los textos publicados suple cierta falta de aparato crítico que toda edición completa debiera llevar sobre el poeta en cuestión: recurrencias temáticas, tipologías simbólicas, incidencias varias de la escritura, intenciones formales de la autora, preferencias, alusiones o influencias, etc… 

 

PRIMERAS OBRAS

Con el paso del tiempo, Pizarnik se distanció de sus primeros libros. En realidad se trata sólo de un gesto que no confirma lo que expresa. Nos encontramos esta constante en muchos autores importantes de la literatura, en Borges, por ejemplo, para no ir, geográficamente con respecto a la poeta argentina, más lejos. Y como en el caso, también, del citado Borges, este alejamiento, cuando no, secreta abominación de lo primeramente publicado, suele resultar no muy acertado. Precisamente, en los primeros libros de poesía publicados por Pizarnik, La tierra más ajena o La última inocencia es en donde encontramos ya alguna de las grandes intuiciones de su poesía expresadas de modo diáfano.  

En estos primeros libros alienta una poética muy libre que se satisface con el formato más bien breve de imágenes sorpresivas, característica formal típica de la obra poética de Pizarnik.

Pero lo más temible es la precocidad con que el devenir de un destino trágico, el de su propia vida, se vaticina en tanto que la musa es a penas liberada. La presencia de la muerte, involucrando tenaz y complejamente al sujeto poético que enuncia los versos, o sea, a la mismísima Alejandra, aparece, desaparece y reaparece en fogonazos, y se puede ya detectar, por ejemplo, en poemas como Azul, de 1955. Pocos poetas encontramos en la historia de la literatura en quienes la muerte como motivo poético y  existencial se haya convertido en un asedio personal tan contumaz e indesligable de las andanzas propias.      

Habría que hacer una discriminación valorativa en la escritura de Pizarnik, a propósito de presencias y densidades envolventes. Cuando Pizarnik desciende al ruedo de la poesía asume un destino, un exilio interno y un desasosiego de desenvolvimientos probables varios; cuando empuña la pluma de la prosa creativa encarna un espíritu diferente, explota el humor delirante y casi diríamos, toma contundente venganza de ese secuestro del alma experimentado en la inspiración poética, a través de la conversión del lenguaje en una máquina de semejanzas disparatadas, de confusiones y mixturas fónicas. Escribiendo prosa, sus textos de humor, como ella los designaba, explota la materia sonora del lenguaje volatilizando el sentido o ubicándolo en enclaves desternillantes; cuando escribe poesía el humor se deja de lado, y las palabras adquieren una misión frontal: hablar de su exilio, de su sueños incumplidos, de la orfandad de su alma, de la aspiración a un paraíso definido por la recuperación de la infancia rota. Si la poesía es el lugar de lo posible, como ella misma declara, esa posibilidad renuncia al mero desbaratamiento patafísico y se atiene a la formulación preciosa y temblorosa del prisma en que quede nítidamente expresada su esperanza más herida y su ansia ante lo que ya secretamente se ha cumplido.

En sus primeros libros hay poemas que suenan únicos, aunque no dejen de remitirnos a esa asunción reverberante de lo fatal, como por ejemplo, El despertar, que es una auténtica oración dirigida a lo ignoto o a la divinidad,  a quien,  pide clemencia por su mal que parece incurable. El poema está significativamente dedicado a su primer psicoanalista, Leon Ostrov, como si, podríamos pensar, su paciente quisiera mostrarle las capacidades curativas de la palabra de otro modo que tendida en el diván.

 

 
 


VOZ ÚNICA
 
El prólogo de Octavio Paz al libro Árbol de Diana es la réplica a un estilo (y a una voz) que emerge como interesante novedad en el panorama poético de la década. La precisión, la delicada belleza, la discreción formal unida a la audacia en ese formato del poema breve y del poema en prosa, son las características que resaltan en esta voz nueva que es Alejandra Pizarnik. Se podría decir, sin  correr riesgos de reboso crítico, que Alejandra es minimal y abismática al mismo tiempo, que sin desparramarse en poemas largos hace efecto de contención expresiva en poemas que convierte en brillantes punzones de lucidez. El poema que dedica a Antonio Porchia y que se encuentra en Los trabajos y los días, es una brillante síntesis del pensamiento y del hacer literario del poeta italo-argentino, y casi merece un análisis específico aparte por la sutil complejidad de lo que dice con tan pocas y aparentemente, sencillas palabras. No puedo evitar citarlo por completo aquí.

Las grandes palabras

aún no es ahora

ahora es nunca

 
aún no es ahora

ahora y siempre

es nunca

 

Entiendo el poema de la siguiente manera: ahora, en el momento y mundo donde nos encontramos, no se produce la plenitud, la felicidad, teniendo en cuenta que tal estado siempre se ha prometido a través de desesperantes futuribles y enclaves edénicos imposibles, es decir, será en el mañana, o bien fue en un mítico pasado donde fuimos y seremos libres y felices. Pero ocurre que todavía –aún no es ahora – no ha llegado el momento de la felicidad general prometida, porque ese, el instante en que se producirá, - ahora -, no ha llegado. El segundo verso confirma con angustia la imposibilidad de ser feliz tras caer toda esperanza, al ser conscientes de que tal esperanza es una ilusión. Por ello, lo que este segundo verso afirma tremendamente, es  que la esperanza no se producirá nunca ya que el tiempo que habitamos, ahora, no confirma en absoluto nuestros deseos. Los versos finales de la segunda estrofa desalojan a todo tiempo conocido de una verdadera liberación del alma, y lo que indican con esta vertiginosa sencillez es que no conoceremos en esta vida, - este ahora en el que somos – esa libertad o felicidad deseadas. El machadiano Hoy es siempre todavía, reflejo sutil del dicho la esperanza es lo último que se pierde,  deja un rescoldo de esperanza, ofrece una posibilidad  de vida en el hoy, concepto temporal más amplio y  menos urgente que el del  ahora de Pizarnik. La poeta argentina ha quemado las naves de la paciencia, sabe que nunca llegará la felicidad en el tiempo que se vive; el poeta español define un vívido margen de lucha, al proyectar la posibilidad del renacimiento personal en el tiempo material del que aún se dispone.

 

TEXTURAS DE UNA SOLA INTENSIDAD
 
Cristina Piña afirma que cada vez que se aproxima a la poesía de Alejandra descubre algo nuevo. Este volumen de la poesía completa de nuestra autora, lo adquirí a principios de febrero y lo he terminado de leer, sin prisa y con todo el placer del mundo, a mediados de este mes de mayo último. En ese transcurso de lectura y de andadura relajada por los textos de Pizarnik,  también he creído percibir, dentro de su linealidad dolorida y sentimental, reverberaciones tonales, modalidades formales. Ante la mayor narratividad de los poemas en prosa o ante la definición de una iconografía – lilas, niñas, jardín – hay otros poemas que asaltan la sensibilidad o incluso, se hacen estremecedores.

Un poema como Privilegio, me hace recordar a Celan, por esa pureza compleja de lo que invoca y cómo lo invoca; o bien, en pasajes de poemas de Extracción de la piedra de  locura, hallamos confesiones y ruegos que arden entre otros desenvolvimientos convulsivos, incluso entre versos que podríamos conceptuar como brillantes aforismos: Alguna vez se olvidarán las culpas, se emparentarán los vivos y los muertos.

La imagen, que no imaginería, en Pizarnik es tan declaradamente hermosa como sorpresiva: El ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de luz dentro de la luz.

La poesía es el espacio de lo polisémico y, aunque las incursiones críticas sean legítimas, la exégesis que se pretenden definitivas siempre resultan empresas ingenuas y pedantes. Ante la poesía, y sobre todo ante una poesía como la de Pizarnik solo cabe el asombro y el estremecimiento. Como, ciertamente, estremecedor resulta el poema En esta noche, en este mundo, poema que la poeta escribe al borde de sus fuerzas, en el mismo límite y que también es un ruego, una solicitud de ayuda. La enfática precisión espacio-temporal y el tono desesperado lo hacen inolvidable.

Algunos de los poemas inéditos que recoge esta edición, la mayoría breve y sin título, son la continuación semántico-expresiva de un mismo verso, insinuado en poemas anteriores, la prolongación de un solo eco. Entre estos poemas inéditos hasta el momento nos encontramos con el que resulta más extenso, escrito en Buenos Aires, durante una de sus últimas estancias en el hospital, titulado sin ambages, Sala de psicopatología,  que viene a ser una suerte de manifiesto autobiográfico y que me ha hecho recordar ciertos textos de Artaud. A la mayor desesperación se une la falta de miedo a desnudar su alma y su vida en unas líneas delirantes que no admiten comentarios. En realidad, una poesía como la de Pizarnik no necesita de comentarios sino solo de escuchas estremecidas.

Si Pizarnik desapareció en el agujero negro del suicidio, no hay un modo, aparentemente, más sencillo de seguir escuchándola que a través de sus poemas. Resulta estremecedor comprobar cómo en multitud de poemas, en versos concretos  insólitamente expresivos, Alejandra nos habla como si lo hiciera ahora, a más de cuarenta años de haberse despedido del mundo que nosotros habitamos.  Su poesía es, efectivamente, no solo el lugar de lo posible, como ella decía, sino el punto en que, trémulamente resurrecta, se encuentra congelada, presa su voz. Hiperconsciente de su mal y de su destino, Pizarnik vuelve el rostro y nos dice desde la lejanía que habita lo que le sucederá y lo que le sucedió, y, ciertamente, lo que le está sucediendo. Alejandra, habitante de confines convulsos de luz y sombra.






FASCINACIONES ÚLTIMAS Y FUNCIÓN DEL AMOR

 

Cada artista posee su encanto especial. Como diría el poeta, hay en Pizarnik “un no sé qué”,  que constituye su atractivo y que es lo que provocó que, personalmente, profundizara en ella a través de unas primeras lecturas de sus poemas y posteriormente a través de su diario para acabar con la lectura de su obra poética íntegra en este volumen que presento y reseño.

Confieso que me acerqué a la figura y a la obra poética de Pizarnik con el temor de que estuviera demasiado anclada en las culturas reivindicativas de los sesenta y principios de los setenta: revolución social y sexual, preocupaciones filosóficas a cerca del lenguaje, influencia, todavía demasiado evidente, del psicoanálisis, mucha cultura francesa, etc... Pero como la misma Pizarnik declaró, su obra se ha hecho desoyendo tendencias de moda o escuelas, y finalmente, he comprobado que la belleza de sus versos no dependen de  ninguna lectura epocal determinada sino que inauguran un espacio propio signado por la melancolía, la ausencia y el poder evocativo de un verbo que no teme sobrevolar simas y abismos e internarse en ellos. Su suicidio rubricó esta entrega de su verbo a las nominaciones últimas y desesperadas. Sus delicadas incursiones en mundos posibles y tremendos se cerraron trágica y brillantemente con su sacrificio personal, señalándolos a todos qué exige del poeta la verdadera poesía, en qué términos quiere lo poético que los poetas dancen al borde del abismo.

Desde esa entrega definitiva, Alejandra vuelve a nosotros como un eco, en los distintos términos de su poesía, es desde esta que como un lúcido espectro cuenta lo que le sucede y lo que iba a suceder y es todo este dolor entregado a nosotros su máximo testimonio. ¿Podremos verla de nuevo si nos encadenamos etéreamente a estos versos, si dejamos por un instante que arda en nosotros la verdad a la que se refieren? Las personas que tuvieron la suerte de conocerla, ¿la reconocerán  en esta edición de su poesía completa, emergiendo de abismos cristalinos, como expresión de una alianza de amor irrompible que todavía estuviera ahí, en el universo virtual de esta poesía?

Extrañeza, belleza, drama, efervescente melancolía, son alguno de los ingredientes de una poesía extrema, de una andadura lirica única, de una dicción personalísima. Que todo ello nos estimule y nos decidamos a hacer el extraño viaje,  ingresando en un alma compleja y ardiente. Su rescate depende en buena medida de nosotros, lectores que además nos  convertiremos en amantes, pues amándola es como hallaremos la mejor y más verdadera imagen de Pizarnik: el que me ama aleja a mis dobles.   

 




 

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