9.8.19






CORAZONES AFINES Y SIMILITUDES TOPOGRÁFICAS: 
JULIO CORTÁZAR Y GEORGES PEREC

El azar convoca series de bifurcaciones a converger, súbitamente, en un punto significativo. Algo así ocurre con todo tipo de cosas y quizás de un modo menos sorpresivo en literaturas y lecturas afines. Es de esta manera que me encuentre leyendo a la vez, en una suerte de carrera de obstáculos simultánea, Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar y Lo infraordinario de Georges Perec.
No se puede decir que sean dos escritores iguales pero sí, en cuanto a mucha de la materia prima sobre la que aplican sus escrituras,  concurrentes: el no rechazo de la experimentación, los mundos de lo urbano, la concepción de la narrativa como puzle manipulable, el recurso natural al humor,  las orfandades camufladas bajo las pululaciones de lo moderno, el fenómeno del mundo como objeto profano y prismático de la escritura….    
En cuanto a las diferencias, yo siempre he visto a Cortázar más denso, más propiamente literario que a Perec. Al escritor polaco-francés lo contemplo como seguidor de inventivas o sistemas literarios, reflector demasiado literal, a veces, de esa profusión de apariencias que es la realidad cotidiana. Perec es un escritor topógrafo, rastreador de espacios, o más exactamente, de articulaciones espaciales que puebla con los personajes anónimos que constituyen la vecindad. El mundo supone un mecano de cubículos combinables con una poética común. Una buena muestra de ello es este libro, Lo infraordinario, en el que se  reivindica un cambio en la ubicación de nuestro visor de intereses. Más que las noticias de secuestros, accidentes o devaluaciones económicas, lo que debiera resultar prioritario para la mayoría de nosotros sería ese sustrato de la inmediatez que él llama lo infraordinario, es decir, esa superficie de la realidad, ajena al espectáculo periodístico, en  la que transcurre nuestra vida y donde sí deviene el acontecimiento.


En tal confín de visible invisibilidad es sobre el que Perec aplica su imaginación exploratoria y el resultado es la eclosión ilusionista de lo real, una suerte de rompecabezas que reconocemos como materia de experiencia no tanto por su tendencia minimalista como por su originariedad. Por ejemplo, la descripción objetiva del aspecto que ofrece una calle tras una visita de observación cada cinco años, es un experimento nada banal: la calle se convierte en un flujo transmutatorio de fachadas sin fin, en un anillo de Moebius de tapias, ventanas, rótulos y establecimientos al que pone fin la paciencia y el pronóstico del escritor tras haber conseguido el efecto que perseguía. Otro ejemplo. El texto que describe los alrededores del centro Beaubourg obedece a similar estrategia urbana. Las plazas y calles que rodean al nuevo visitante, al Beaubourg, son una pululante encrucijada de citas históricas. Aquí, más que en ninguna otra ocasión, el espacio urbano se convierte en texto. La “rue” es un copioso enclave de memorias, un punto casi asfixiante de acontecimientos pretéritos.  
Los desasosiegos descriptivos producen acumulamientos de sustantivos, listas de  espacios y objetos. La obra de Perec ofrece una sensación semejante, salvo que ese catálogo de ubicaciones estáticas se convierte en algo vivo y real, en la experiencia que lúdicamente nos identifica.



No me atrevo a llamar a Salvo el crepúsculo, así de simplemente, poemario, pues, aunque, en rigor se trate de una recopilación cronológica, tiendo a inscribir este volumen en un proyecto general literario y a denominarlo, todo lo más, libro de poemas, como si fuera uno más de los experimentos cortazianos, aunque también, de los más selectos. Cortázar, ocasionalmente poeta, y  buen sabedor de su disciplina, utilizó los calmosos y densos registros de la poesía cuando deseó expresar conjuntos complejos de sentimientos y sensaciones. Ante su profesionalidad, la poesía supone, pues, otro recurso que se suma, de todos modos, a su maestría general como escritor, y que utiliza tan precisa como terapéuticamente. Por ello, no importa, que los poemas de Cortázar sean una extensión específica de su escritura: funcionan en un flujo en el que el manejo brillante de la imagen y el dato anhelante nos vuelven a dar a conocer al entrañable Cortázar de siempre, el que identificamos a través de esa sincronizada convergencia de ternura, inteligencia y humor.
Cortázar reúne aquí todos los poemas escritos a lo largo de viajes y experiencias y que no habían sido publicados en otros libros suyos. Los poemas no están ordenados, exactamente, de modo temático, salvo los de tipo amoroso: sus conjuntos, que van desde los años cincuenta hasta los días finales del autor, se van secuenciando según motivaciones varias como viajes o caprichos de la escritura y la musa. Esta señora musa no quiso convertir a Cortázar en poeta, exclusivamente, pero lo tocó con su varita mágica del modo suficientemente eficaz para que cuando llegara el momento, en complicidad con su prima la prosa, desplegara gracias y atmósferas con soberanía. El verso libre de Cortázar se abre como un penacho, respira y se agita con sagaz moderación;  lo que atrapa de ese exterior masivo de estímulos que es la realidad viene a oxigenarse  para que discurra con libertad por las terminaciones irrigatorias del poema; sin otras predeterminaciones formales que lo influyan a la hora de escribir salvo la escritura misma, el poema que Cortázar nos brinda es un hecho fenoménico, un conjunto de impresiones con un toque de ironía, humor, fastidio y anhelo melancólico. Cortázar quisiera confirmar la realidad de la belleza pero sin desentenderse de lo que es mera e ineludiblemente  real y que insiste en rodear nuestras peregrinaciones y existencias. Por ello sus poemas son escritura abierta, constatación brillante de lo aleatorio a través, siempre, de la imagen precisa.
Dos misiones que son una, tiene la poesía: detectar y denunciar el desencanto o trascenderlo, convertirlo. El viaje somero que Cortázar hace a la analogía profunda y errante de las cosas, los amores, los países, los tesoros del arte, produce un testimonio híbrido y estimulante,  una memoria contemporánea llena de sinceridad y tranquila agudeza. La conclusión a que se llega leyendo, hojeando incluso este libro es que la poesía no era para Cortázar, un mero pasatiempo brillantemente ejecutado para restablecer psiquismos extraviados: guardaba, además, esa especificidad semántica que los románticos visionarios reivindicaban. Lo podemos comprobar explícitamente, en uno de los textos que sirven de introducción a los distintos conjuntos de poemas y que resume admirablemente su ideario como poeta, como escritor, como hombre: busco una ecología poética, atisbarme y a veces reconocerme desde mundos diferentes desde cosas que sólo los poemas no habían olvidado y me guardaban como viejas fotografías fieles. No aceptar otro orden que el de las afinidades, otra cronología que la del corazón, otro horario que el de los encuentros a deshora, los verdaderos.
Para un escritor como Cortázar, como también para uno como Perec, el mundo es un abigarrado puzle cuya interpretación conviene emprender lúdica pero también  apasionadamente. Desde la semiótica, decir que un poema o un texto literario son como una fotografía de lo real resulta redundante. Perec desde la razón imaginativa aplicada y Cortázar desde ángulos más introspectivos y propiamente líricos, exploran mundos semejantes porque lo que ambas perspectivas descubren pertenecen al mismo profuso y ambiguo devenir de la modernidad.          

1 comentario:

Blanca Andreu dijo...

Muy interesante. Gracias, Piñeiro.