miércoles, 20 de mayo de 2026

INCIDENCIAS SIN INCIDENTES



Memoria y melancolía

Echando un vistazo a los libros que en los últimos años me he ido agenciando, pero también, acordándome de los libros y literaturas que me han hecho disfrutar y pertenecen ya a mi memoria personal, siento el ataque blando de una suerte de impotencia bañada en melancolía: no poder abarcar de nuevo todos esos libros que he leído y que me han aportado novedad, placer y conocimiento.  Percibo algo así como que lo que he atravesado en lecturas deliciosas, lo que forma secretamente mi red de referentes poético-imaginativos, comienza a dispersarse, tendiendo a la disolución y al paulatino olvido. Descubro subrayados de mis lecturas de los que no me acordaba para nada, elocuentes notas al margen de una página que me sorprenden al leerlas y que casi parecen haber sido escritas por otro. ¿El inaugural comienzo de la vejez, o expresiones del mero cansancio y el estrés?



Se ha hecho común a través de las dos últimas décadas un uso en la fotografía fílmica de ese empachante beige mezclado con un azul turquesa. Como si mezclaran vainilla con un toque sazonado de caribe suave.



Se dice que la época fría del año propicia un mundo de interiores, y que la cálida es exteriorización total de la experiencia, del modo de sentir y moverse. El invierno nos hace refugiarnos en el interior de las casas y el calor nos impulsa hacia afuera, hacia el libre contacto con todo lo que se encuentra en el exterior. A mí, me sucede lo contrario: el fuego del verano hace que el exterior se vuelva intransitable y por ello, desaparezca, paradójicamente, de mi trato normal. El calor es para mí una condición tan extrema, que hace que el espacio exterior, curiosamente, se retraiga y sólo se vuelva tratable con el fresco de la noche. Y el frío, como por estos mediterráneos lares, es tan templado, estimula la salidas y los paseos crepusculares. 



Yo, sólo soy ahora. Y siempre es ahora. 



Visiono con atención unos filmes que Edison rodó hacia 1907. Me fijo, fascinado, en la indumentaria, en los gestos, incluso en las caras y en los argumentos de los filmes. Y aunque me esfuerce por encontrar una especificidad sustancial en todo lo aparencial, es la humanidad que todos tenemos en común lo que atraviesa la singularidad epocal de lo filmado. Es decir, que los sujetos sociales sí pertenecen a su época por su vinculación ineludible al conjunto de costumbres e ideas, pero las personas evolucionando desde el espacio lúdico a la comunicación de sus reacciones naturales, escapa a la prisión dulce de la forma cultural. 


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