Visité el otro día la sala de exposiciones del Almudí. Marchaba tan ávido de imágenes nuevas que no me fijé apenas en el encabezado de la entrada.
Minuciosidad simulada con pinceladas inteligentes. Una pieza de poesía urbana. Sugerente y seria.
El efecto matérico de la pintura.
El mundo reducido a casi grafías, a signos puros.
A veces, la línea es tan sólo recuerdo, insinuación de espacios coexistiendo en la memoria enunciatoria. La intensidad del amarillo.
Población de formas. Por aquí es grato moverse.
Nada más y nada menos que un Tápies. No deja de sorprenderme, y lo digo sin malicia ni ironía, la unanimidad que existe sobre la genialidad de su concienzudo miserabilismo, o sea, que haya tanta gente que admita la presencia de algo superior deslizándose entre lo informe de los grafitis y manchas. Esta unanimidad ¿es una pose o es el resultado de una comprensión exquisita?
La fascinación onírica ante las formas geométricas tridimensionales en libre evolución.
Un centinela humanoide nos invita a ver la exposición.
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