jueves, 17 de septiembre de 2020

¿NOS PRODUCE ANTIPATÍA EL GRECO?



En el capítulo XVIII de Asklepios, titulado “Amor deferido” escribía Miguel Espinosa:

Quienes invirtieron el orden de las cosas naturales, y vencieron a la sangre y a la carne, sustituyendo la espontaneidad, la alegría y el dolor, por la regla y la premeditación, no son inocentes de existir. ¿Podríamos experimentar ternura por un tirano, un intrigante, un lama o un  personaje del Greco?

Creo que todos suscribiríamos lo dicho brillantemente por Espinosa en esta cita extraída de su delicioso Aklepios, pero hay algo que resulta chocante en la última línea: lo que parece ser su antipatía por el Greco o por el mundo de personajes que representa su obra. Es evidente que su valoración del Greco precisa de una contextualización que la justifique y que con la perspectiva del tiempo, para nosotros está bien clara: las jerarquías sociales del franquismo. A Espinosa, este desfile de monseñores, obispos, caballeros españoles y vírgenes en arrebatada ascensión le sonaría, iconográficamente, demasiado semejante al mundo franquista que él vivía.

Esto nos quiere decir que a través del tiempo, valoraciones de tipo general sobre diversos aspectos del pensamiento y de la vida pueden variar poco, pero en cuanto nos internemos en aspectos sociales, en cuestiones representativas de gusto, apariencias o tendencias, es precisamente el propio tiempo quien desplegará su abanico de opciones cuya elección y significación dependerán de las tesituras políticas, económicas y culturales. No creo que hoy a cualquier espectador a quien preguntáramos, le resultara especialmente rechazable la pintura del Greco. Casi diríamos todo lo contrario pues actualmente prevalece su relevancia estética ante probables conexiones con tendencias sociales. Espinosa fue muy sensible a la jerarquización que durante su tiempo, impuso el franquismo en la sociedad, en el trabajo, en universidades y diversas instituciones. De tal sensibilidad crítica nacieron obras como La fea burguesía o, sobre todo, Escuela de mandarines, suma enciclopédica de la escritura espinosiana.

lunes, 14 de septiembre de 2020

UNIVERSOS DISÍMILES, QUIZÁ, FINALMENTE CONVERGENTES



Tras una incursión sabatil, cayeron en mis ávidas redes dos libros de poesía bien distintos, dos antologías: una, de la poeta japonesa Kaneko Misuzu y otra del simpar Vicente Huidobro.

Nunca, en el ámbito de la literatura y del arte en general, me han hecho gracia las culturas exóticas de Oriente, de la zona asiática (y eso que nuestra flamante literatura latinoamericana puede ser interpretada, con seguridad, para un inglés, por ejemplo, como literatura más o menos exótica), pero creo haber hecho el esfuerzo, últimamente, de vencer esa inercia y me he acercado a la producción poética de alguno de los poetas más destacados de Japón. El esfuerzo debe ser sutil, porque no podemos, sin más, leer a los creadores del haikú del mismo modo que lo hacemos con nuestras, para ellos, barrocas y complicadas literaturas. La gracia, la esencialidad de la poesía japonesa no reside en su apariencia delicada, en su fragilidad o en su instantaneidad, sino en las causas que motivan tal depuración: es decir, en su proceso imaginativo, en la perspectiva espacio-temporal que ocasiona su posición filosófica y vital ante el mundo.

Lo que nosotros advertimos como más característico y admirable de la literatura japonesa es esa impresión de límpida harmonía que se desprende de sus textos. El haikú viene a ser, en este aspecto, la expresión más directa de la mentalidad mística oriental. Hay, además un añadido que intensifica este orden: el poema no sólo es ideado, sino que tiene que ser “escrito”: el aspecto caligráfico del poema, su peculiaridad alfabética, su escritura, en definitiva, supone una dimensión estética evidente del poema y del haikú.

Señalo estos aspectos, porque en Occidente la linealidad de la escritura imprime velocidad al pensamiento y tiende a intensificar la especulación, siendo menores las implicaciones rituales del escribir. El que la escritura del haikú sea todo un arte y una disciplina, nos está señalando los distintos modos de enfrentarse a lo imaginativo: el oriental, demuestra así, como cuando elabora cualquier otro objeto primoroso, una relación artesanal con el tiempo. La complejidad del occidental es otra: aparentemente su escritura es más directa, sólo le detiene solucionar la red de aspectos lógicos y simbólicos que la inspiración  sublimará o trascenderá. Lo que para el occidental es clave con respecto a accionar la escritura, para el oriental supone, en principio,  una prodigalidad verbal cegadora, un cúmulo de abstracciones discusivas.

La poesía de Kaneko Misuzu es chocante y fraternal. Se adivina un alma sensible y ocurrente tras sus breves poemas, lindantes con el haikú. Lo que más impresiona de esta poeta es su biografía. Hoy en día está considerada como una de las poetas japonesas más importantes,  pero no podemos afirmar que conociese la gloria literaria. Un matrimonio previamente acordado y el desastre  que supuso la convivencia con el marido, le llevó a retirarse de la escritura, a aislarse y a enfermar hasta que finalmente decidió suicidarse. Este último detalle es algo que no deja de impresionar: parece contradictorio, lúgubremente extraño que en personas, en artistas de la palabra y de la ideación, tan singulares como los japoneses, el suicidio aparezca en sus biografías como un recurso frecuente. 

Por último, debo confesar que la elección de esta poeta para su pausada lectura lo ha determinado, en buena parte, porque no conocía a esta autora, la encantadora edición que ostenta esta colección, Satori, que no sólo nos ofrece los poemas en bilingue, sino que los acompaña de una transcripción fonética para que sepamos cómo suenan los poemas en su lengua original. 


En contraste con el delicado mundo de Misuzu, la antología de Huidobro esplende, ansiosa de palabras, de palabras nuevas y vivas, huyendo de tradiciones y convenciones. Recuerdo la época en que leí por primera vez a  Vicente Huidobro, el tiempo adolescente de las lecturas sorpresivas, casi alucinatorias, cuando cada semana descubría a un autor nuevo y creía que el universo era una fiesta constante.

Confieso, de todos modos, pese a mi gusto por este poeta, que temía, precisamente, el paso del tiempo, que este hubiera rebajado pasiones poéticas o radicado, meramente,  la producción del escritor chileno en el período radiante de las vanguardias históricas. Después de tantos años sin frecuentar sus poemas, la sorpresa por su descubrimiento ya no es la que era, claro, pero el tesón y la inventiva verbal, se ha mantenido. A mis 57 años he descubierto lo que podría llamarse pedantemente, el proceso hermenéutico de la lectura: que el impacto al contactar con la obra de un autor, se queda como recuerdo fundante de su atracción sobre nosotros, y que, después se produce un cierto distanciamiento;  a continuación, es decir, ahora, con la edad más que madura, y atravesando segundas y terceras lecturas, la obra del autor que nos ha gustado, adquiere, finalmente,  una solidez mezcla de la consagración de su obra en el tiempo y una película de frescura sobre ella, impronta imborrable de las primeras impresiones que, de algún modo, resucitan.

En la poesía de Huidobro, quizá, en parte, heredado de lecturas de Apollinaire, independientemente de la creatividad verbal, hay un concepto mágico de las cosas que las convierte en objetos manipulables por la imaginación del poeta: estrellas, pozos, aviones, puertos, pájaros, arboles, calles o ventanas son elementos con los que las palabras juegan, describiendo sus evoluciones y metamorfosis como si de un cuento fantástico se tratara. En realidad, lo que Vicente Huidobro hacía era algo más profundo: reflejar el dinamismo urbano de las ciudades modernas y sus habitantes, expresar el estado revolucionario en que el ánima social naufragaba y brillaba en el nuevo siglo, época de adelantos técnicos y científicos, de inicio de la velocidad en todo, la locura del siglo XX.

Creo que se podría realizar un examen detallado de lo que se llama modernidad como fenómeno socio-cultural a principios del siglo, si lleváramos a cabo un examen de los objetos o figuras que cita y trajina  Huidobro en cada uno de sus poemas. Obtendríamos algo así como un catálogo de elementos, de pequeñas representaciones de lo que significaron las primeras décadas del convulso siglo XX.

De un modo valiente, y distanciándose del mero y estricto creacionismo, invención suya,  Huidobro escribió en uno de sus últimos poemas: Ahora soy un fantasma de nieve, un sembrador de escarcha. Pero volveré trayendo en la frente el sudor de las nubes. Prosternaos vosotros, los que no habéis pisado jamás el horizonte. Ahora soy el fantasma que huye vestido de grandeza y de dolor.   

Aunque hoy sabemos que buscar la originalidad o la extravagancia sistemáticamente puede resultar banal, incluso vulgar, en su momento Huidobro cumplió a rajatabla, en su oficio,  con aquel consejo de su colega Rimbaud: Hay que ser absolutamente moderno.

Me temo que Misuzu y Huidobro no se conocieron, cosa que les honra, pues la obra de ambos, se sume en un solo  y brillante atractivo: el de la poesía.    

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

CRÓNICA ILUSTRADA: INCURSIÓN MURCIANA

 

Primer punto de salida: estación de Orihuela




Mirando por la ventanilla. Entrada a Murcia.


A la entrada de Murcia, este barrio ha quedado dividido, casi escindido de la ciudad, debido a las obras que harán, presuntamente, posible la llegada del AVE. Los vecinos se han estado quejando y manifestando, con total razón, desde hace varios años. Se han convertido en murcianos de segunda. 



Cubículo metálico que protege al rollo de papel higiénico, en los novísimos servicios de la estación murciana. 





       Enmascarillados.



Supongo que el plástico tendrá alguna función en caso de inundación, pero el aspecto que ofrece el río así, es irritante: lo natural interferido por una enorme superficie de negro impermeable. 



Sombras urbanas. Entre ellas, la mía. 




Mancha de luz. Interesante contradicción.



Efigie sagrada coronando el pórtico de la catedral de Murcia.



Extraños pero funcionales habitantes de los exteriores arquitectónicos de las iglesias: gárgolas.




Maniquíes murcianos. Se diferencian de, por ejemplo, los maniquíes alicantinos, en que estos visten menos ropas beiges  que azules. 






La delicia del atardecer. Cuando regreso para tomar el tren de las nueve, me sorprende, gratamente ahora, la caída de la tarde. Me arroban estas vistas del Puente de los Peligros, la extensión refrescante del agua y las luces que han empezado a encenderse reflejándose sobre el río. Imaginación puramente romántica, pero difícil de eludir: ¿por qué el distanciamiento, desde determinada perspectiva, produce esta fascinación melancólica?  

miércoles, 9 de septiembre de 2020

HERMENÉUTICA SÚBITA Y CASERA: UCRONÍAS TONTAS: ¿Y SI LOS VIKINGOS HUBIESEN DESCUBIERTO AMÉRICA?



La ucronía no se enuncia sin el conocido condicional: ¿Y si….? ¿Y si Hitler hubiera ganado la guerra? ¿Y si Napoleón no hubiera sido derrotado? Y si, y si…

Se suele decir que no fue Colón quien descubrió América sino los vikingos, que llegaron no sé cuánto tiempo antes. Independientemente de que los vikingos no descubrieron nada, puesto que descubrir implica bautizar y colonizar un territorio, no meramente alcanzar físicamente su extensión, hay que celebrar que los vikingos no descubrieran América, que no se internaran más y se encontraran, por fatal casualidad,  con ningún individuo del nuevo continente. Los motivos son culturales y… ¿temperamentales? Los vikingos no tenían una idea de “imperio”, de civilización, como sí lo tenían los romanos y, tiempo después, por herencia secular, los españoles. Si los vikingos hubieran entrado en América, la fiesta estaría armada, pues habrían hecho, con toda seguridad, lo que solían hacer con extrema facilidad y contundencia: arrasar, destruir y robar, como hicieron cuando entraron en el año 800 en París, incendiando la ciudad y saqueando las iglesias en busca del oro y la plata.

A pesar de la tediosa y, hoy, tendenciosa y falsaria leyenda negra, los españoles, que naturalmente, se enfrentaron con los nativos, hicieron otras cosas, al parecer poco reseñables y banales, según algunos,  como edificar ciudades, fundar universidades, trasladar la cultura europea a América, etcétera. O sea, crear civilización, ni más ni menos. Preferible, creo yo, al aterrizaje bárbaro de los nórdicos.    

lunes, 7 de septiembre de 2020

UN GRITO CUASI POLIFÓNICO


Si, presa de un repentino arrobo místico, entrara en una iglesia y me plantara allí en medio de la celebración de la misa, entrando en descarado éxtasis ante los presentes, con toda seguridad habría problemas. Mi estatismo, mi gesticulación, mis exclamaciones a la inteligencia divina, no sólo llamarían la atención de los presentes sino que provocaría serias interrupciones en el oficio sagrado, llegando incluso a forzar la frustración del mismo si no me echaran de allí.

Estos pensamientos de carácter paradójico- si entras en éxtasis en el interior de una iglesia tienes que ser, irremediablemente, discreto- me han venido a la cabeza tras fijarme, esta tarde, en un detalle del extraordinario pórtico plateresco de la catedral de Murcia. En cuanto lo he divisado, le he hecho una fotografía. Parece tratarse de un motivo barroco como cualquier otro, un rostro que podría pertenecer a cualquier divinidad,  personaje profano, o representación de las estaciones o constelaciones, con la boca abierta y gritando a todo pulmón.

A este personaje, a ojos vista  poco sobrio, no sólo lo aceptan como integrante arquitectónico del templo sagrado, sino que le permiten delirar, tranquilamente, entre guirnaldas. Yo diría que además de gritar o de cantar algún tipo de monodia salvaje e interminable, no habría que descartar locura en sus rasgos.

Claro está que su ubicación en el templo es netamente estratégica. Su localización en algún punto visible del altar sería extravagante, pero su colocación en la periferia, en los mismísimos exteriores del templo, lo que del templo, permanece más en contacto con los caprichos del tiempo y el flujo urbano de los días, nos está confesando que admiten su presencia  como elemento del conjunto formal de motivos que escoltan otras figuras esenciales, como santos o ángeles. Quizá debe su existencia al hueco que había que rellenar bajo la ventana, para que sus alrededores inmediatos no quedaran demasiado desnudos.

De todos modos, el flujo barroco de lo sagrado admite como dinámico acompañante de su gloria lo que puede no ser tan sagrado, elementos heterogéneos de una estética afín a lo alto, a lo sublime: mascarones, estrellas, cenefas, guirnaldas, plumas de escribir, drapeados varios, motivos geométricos…

Pero, aunque la estética barroca justificara la presencia de aquella cabeza enloquecida, yo no paraba de considerar el contraste, el ordenado contraste entre dentro-fuera del templo, la diferencia de su aspecto grotesco con la exquisitez de gesto y movimiento de otras figuras del pórtico, como la de santa Teresa, o San Pedro, y crecía mi envidia de tal permisividad, pues al contemplar todo esto, era en mí en quien crecían las ganas de dejar escapar una exclamación de placer contemplativo.

Un sol templado rociaba con su luz la tranquila explosión de todas aquellas formas y yo me tenía que autocensurar un pequeño gesto de libertad expresiva ante la boca interminablemente abierta y silenciosamente vociferante-otra contradicción- de la pétrea cabeza melenuda.         

       


jueves, 3 de septiembre de 2020

¿POR QUÉ NO HA DESAPARECIDO TODO AÚN? LA VIGILIA DEL NIHILISTA FORZADO.

Jean Baudrillard, a pesar del desfile de artillería de sus invenciones teóricas y el despliegue rumboso de su escritura, fue un apocalíptico tranquilo. Existe una no similitud entre su carácter y la convulsa obra teírica que produjo. El ensayo que publica Enclave tiene un título que no puede ser más catastrófico, en la línea de un pensamiento que viene a afirmar el fin de la civilización occidental y la confusión de todo intento de renovación o esperanza. ¿Por qué no ha desaparecido todo aún?, ni más ni menos. Es un interrogante pero también una denuncia impregnada con la ácida sorna de la impaciencia nihilista.

En fin, este era el estilo de Baudrillard, hiperlúcido, pero precisamente por ello, susceptible de numerosas objeciones aunque siempre sugestivo. Yo creo que la función que desempeñó Baudrillard fue positiva y contundente. Su pensamiento más que presentar soluciones se explaya brillantemente en la descripción del desastre cultural y social. Nada más provocador y desafiante que los pronósticos sobre la sociedad actual con que Baudrillard nos bombardeaba desde sus libros.

Baudrillard denuncia en este ensayo a la humanidad actual como la única especie capaz de diseñar su propia autoextinción, su desaparición física y cultural.  Existe un mecanismo perverso a través del cual toda cosa que porte mínimamente un mensaje de esperanza, distinto, incluso opuesto a la oferta que el sistema distribuye masivamente, es objeto de destrucción y  de dispersión.

Baudrillard hace una observación que resulta mortal para temperamentos románticos y talantes poéticos: el mundo moderno que vislumbraba Marx, impulsado por el trabajo de lo negativo, por el motor de la contradicción, se convirtió, por el exceso mismo de su cumplimiento, en otro mundo, donde para existir las cosas ni siquiera necesitan de su contrario, donde la luz ya no necesita de la sombra, donde lo femenino ya no necesita de lo masculino (o al contrario).

La inteligencia artificial, la clonación, el final sin acontecimiento del pensamiento, confirman esa desaparición de lo humano en la escena de vanguardia de lo social. En esta tesitura, la función del arte es apenas terapéutica: nos ayuda a atomizarnos, a claudicar de este mundo en el que los únicos protagonistas son los procesos tecnológicos que nos han expulsado de nuestro puesto.

Los valores, las instituciones, las artes, la tradicional oposición entre el bien y el mal, se precipitan por una pendiente en la que pierden sus significaciones. Todo tiende a autoparodiarse: fijémonos en los líderes políticos, en la claudicación del arte profundo, en el multiculturalismo, incluso en la evolución de lo religioso.  Hay un exceso de realidad que la técnica potencia, en la que lo cualitativo de las cosas prioritarias e importantes se hace indiscernible. Todo se reduce a un juego de apariencias en un mundo secuestrado por los medios.    

Baudrillard juzga de singularmente significativa la deriva de la imagen en los dos últimos siglos, a la hora de analizar los límites del poder de la representación. Se centra en el análisis de la imagen fotográfica y aunque los resultados de su pesquisa son interesantes, la reacción escandalosa ante la fotografía digital, se nos antoja poco verídica y excesiva. La fotografía analógica nos vinculaba a un momento concreto y emocionante, al momento de disparar la cámara. Con la digital, nuestro trato tensivo con la realidad desaparece: la imagen digital es absolutamente manipulable y puede alterarse hasta lo infinito sin que ello aparente significar nada. Todo parece indicar que el gesto de fotografiar, desaparece.  Baudrillard duda de que la imagen digital sea una imagen. Pero la fotografía digital no supone ninguna cancelación de nuestra relación anímica con la realidad: simplemente abre otras que están en devenir, aunque tengamos que aceptar que la inflación de imágenes erosiona el sentido de la realidad  y llegue a hacerla superflua. 


martes, 1 de septiembre de 2020

CRISTINA PERI ROSSI EN EL SANDUNGUERO NAVÍO DEL TIEMPO

 


Siempre resulta grato leer a  Cristina Peri Rossi: el humor y la inteligencia con que afronta sus temarios hace que cada poema suyo fluya placenteramente en la lectura, satisfaciendo siempre las expectativas del lector que se ha acercado a su obra conociendo sus claras reivindicaciones ideológicas. Es curioso. Sin reparar en escalafones literarios ni en sublimidades de estilo, la poesía de Peri Rossi, que ha merecido sucesivos premios, ganados en años pasados, es de las pocas que responden, generalmente, al nivel creativo que sus seguidores esperan. Yo, que he leído con gusto su prosa, no he podido encontrar selección más óptima de su obra poética que esta sabrosa antología.  Y siendo ajeno al tipo de reivindicación que la mayoría de sus poemas manifiestan, no he podido disfrutar más de un mundo poético tan sustancialmente moderno: ambientes urbanos y bohemios, soledades amorosas, deambuleos por ciudades y hoteles, cosmopolitismo, orfandad espiritual de quien se siente extranjero en todo lugar, condicionamiento íntimo de la felicidad por las demandas del deseo erótico no satisfecho, generosa recepción de la cultura en sus manifestaciones varias como contrapeso a las melancolías del paseante solitario que es todo poeta, etcétera.  La suma de estos aspectos conforman la constelación de motivos del sentimiento moderno poético, y Cristina nos los muestra en una apretada y lúcida vivencia personal y escritural. Imagino a nuestra vate, venturosamente saturada, divinamente inflamada de literatura.

Aquella vibrátil agudeza que un Julio Cortázar supo trasladar de su prosa a la poesía, ese tipo de escritura efectiva, siempre brillante, es la que capto aquí, adaptada a los distintos contextos. Y, recordando de nuevo, desde qué lado o “parte” escribe Peri Rossi, tal condicionalidad se hace convergente y su propuesta,  aceptable. Por ejemplo, independientemente del hombre, del propio Adán, o bien,  junto con ellos, Peri Rossi, reclama para las primitivas madres de la creación  la auténtica colocación del nombre primero a las cosas:

las madres… que bautizaron los ríos, los árboles y las plantas….

Por último, y creo que podría haber comenzado mi reseña por este punto, por este matiz, confirmar una singularidad: desde la poesía, Peri Rossi, lo que reclama, percibe o ve, lo manifiesta hasta  saturar y agotar las propiedades de esa presencia. Racionalidad y sentimiento a partes iguales, dosificados por la imaginación, producen esta ristra de brillantes poemas en los que nada falta ni sobra. Es la Literatura en persona, quien presta a Peri Rossi toda esa sagacidad.

 

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....