En el capítulo XVIII de Asklepios, titulado “Amor deferido” escribía Miguel Espinosa:
Quienes invirtieron el orden de las cosas naturales, y vencieron a la sangre y a la carne, sustituyendo la espontaneidad, la alegría y el dolor, por la regla y la premeditación, no son inocentes de existir. ¿Podríamos experimentar ternura por un tirano, un intrigante, un lama o un personaje del Greco?
Creo que todos suscribiríamos lo dicho brillantemente por Espinosa en esta cita extraída de su delicioso Aklepios, pero hay algo que resulta chocante en la última línea: lo que parece ser su antipatía por el Greco o por el mundo de personajes que representa su obra. Es evidente que su valoración del Greco precisa de una contextualización que la justifique y que con la perspectiva del tiempo, para nosotros está bien clara: las jerarquías sociales del franquismo. A Espinosa, este desfile de monseñores, obispos, caballeros españoles y vírgenes en arrebatada ascensión le sonaría, iconográficamente, demasiado semejante al mundo franquista que él vivía.
Esto nos quiere decir que a través del tiempo, valoraciones de tipo general sobre diversos aspectos del pensamiento y de la vida pueden variar poco, pero en cuanto nos internemos en aspectos sociales, en cuestiones representativas de gusto, apariencias o tendencias, es precisamente el propio tiempo quien desplegará su abanico de opciones cuya elección y significación dependerán de las tesituras políticas, económicas y culturales. No creo que hoy a cualquier espectador a quien preguntáramos, le resultara especialmente rechazable la pintura del Greco. Casi diríamos todo lo contrario pues actualmente prevalece su relevancia estética ante probables conexiones con tendencias sociales. Espinosa fue muy sensible a la jerarquización que durante su tiempo, impuso el franquismo en la sociedad, en el trabajo, en universidades y diversas instituciones. De tal sensibilidad crítica nacieron obras como La fea burguesía o, sobre todo, Escuela de mandarines, suma enciclopédica de la escritura espinosiana.
jueves, 17 de septiembre de 2020
¿NOS PRODUCE ANTIPATÍA EL GRECO?
lunes, 14 de septiembre de 2020
UNIVERSOS DISÍMILES, QUIZÁ, FINALMENTE CONVERGENTES
Tras una incursión
sabatil, cayeron en mis ávidas redes dos libros de poesía bien distintos, dos
antologías: una, de la poeta japonesa Kaneko
Misuzu y otra del simpar Vicente
Huidobro.
Nunca, en el ámbito de
la literatura y del arte en general, me han hecho gracia las culturas exóticas
de Oriente, de la zona asiática (y eso que nuestra flamante literatura
latinoamericana puede ser interpretada, con seguridad, para un inglés, por
ejemplo, como literatura más o menos exótica), pero creo haber hecho el
esfuerzo, últimamente, de vencer esa inercia y me he acercado a la producción
poética de alguno de los poetas más destacados de Japón. El esfuerzo debe ser
sutil, porque no podemos, sin más, leer a los creadores del haikú del mismo
modo que lo hacemos con nuestras, para ellos, barrocas y complicadas
literaturas. La gracia, la esencialidad de la poesía japonesa no reside en su
apariencia delicada, en su fragilidad o en su instantaneidad, sino en las causas
que motivan tal depuración: es decir, en su proceso imaginativo, en la
perspectiva espacio-temporal que ocasiona su posición filosófica y vital ante
el mundo.
Lo que nosotros
advertimos como más característico y admirable de la literatura japonesa es esa
impresión de límpida harmonía que se desprende de sus textos. El haikú viene a
ser, en este aspecto, la expresión más directa de la mentalidad mística
oriental. Hay, además un añadido que intensifica este orden: el poema no sólo
es ideado, sino que tiene que ser “escrito”: el aspecto caligráfico del poema,
su peculiaridad alfabética, su escritura, en definitiva, supone una dimensión
estética evidente del poema y del haikú.
Señalo estos aspectos,
porque en Occidente la linealidad de la escritura imprime velocidad al
pensamiento y tiende a intensificar la especulación, siendo menores las
implicaciones rituales del escribir. El que la escritura del haikú sea todo un
arte y una disciplina, nos está señalando los distintos modos de enfrentarse a
lo imaginativo: el oriental, demuestra así, como cuando elabora cualquier otro
objeto primoroso, una relación artesanal con el tiempo. La complejidad del
occidental es otra: aparentemente su escritura es más directa, sólo le detiene
solucionar la red de aspectos lógicos y simbólicos que la inspiración sublimará o trascenderá. Lo que para el
occidental es clave con respecto a accionar la escritura, para el oriental
supone, en principio, una prodigalidad
verbal cegadora, un cúmulo de abstracciones discusivas.
La poesía de Kaneko Misuzu es chocante y fraternal. Se adivina un alma sensible y ocurrente tras sus breves poemas, lindantes con el haikú. Lo que más impresiona de esta poeta es su biografía. Hoy en día está considerada como una de las poetas japonesas más importantes, pero no podemos afirmar que conociese la gloria literaria. Un matrimonio previamente acordado y el desastre que supuso la convivencia con el marido, le llevó a retirarse de la escritura, a aislarse y a enfermar hasta que finalmente decidió suicidarse. Este último detalle es algo que no deja de impresionar: parece contradictorio, lúgubremente extraño que en personas, en artistas de la palabra y de la ideación, tan singulares como los japoneses, el suicidio aparezca en sus biografías como un recurso frecuente.
Por último, debo confesar que la elección de esta poeta para su pausada lectura lo ha determinado, en buena parte, porque no conocía a esta autora, la encantadora edición que ostenta esta colección, Satori, que no sólo nos ofrece los poemas en bilingue, sino que los acompaña de una transcripción fonética para que sepamos cómo suenan los poemas en su lengua original.
En contraste con el
delicado mundo de Misuzu, la antología de Huidobro esplende, ansiosa de
palabras, de palabras nuevas y vivas, huyendo de tradiciones y convenciones. Recuerdo
la época en que leí por primera vez a Vicente Huidobro, el tiempo adolescente de las
lecturas sorpresivas, casi alucinatorias, cuando cada semana descubría a un
autor nuevo y creía que el universo era una fiesta constante.
Confieso, de todos modos,
pese a mi gusto por este poeta, que temía, precisamente, el paso del tiempo,
que este hubiera rebajado pasiones poéticas o radicado, meramente, la producción del escritor chileno en el
período radiante de las vanguardias históricas. Después de tantos años sin
frecuentar sus poemas, la sorpresa por su descubrimiento ya no es la que era,
claro, pero el tesón y la inventiva verbal, se ha mantenido. A mis 57 años he descubierto
lo que podría llamarse pedantemente, el proceso hermenéutico de la lectura: que
el impacto al contactar con la obra de un autor, se queda como recuerdo
fundante de su atracción sobre nosotros, y que, después se produce un cierto distanciamiento;
a continuación, es decir, ahora, con la
edad más que madura, y atravesando segundas y terceras lecturas, la obra del
autor que nos ha gustado, adquiere, finalmente, una solidez mezcla de la consagración de su
obra en el tiempo y una película de frescura sobre ella, impronta imborrable de
las primeras impresiones que, de algún modo, resucitan.
En la poesía de
Huidobro, quizá, en parte, heredado de lecturas de Apollinaire, independientemente
de la creatividad verbal, hay un concepto mágico de las cosas que las convierte
en objetos manipulables por la imaginación del poeta: estrellas, pozos,
aviones, puertos, pájaros, arboles, calles o ventanas son elementos con los que
las palabras juegan, describiendo sus evoluciones y metamorfosis como si de un
cuento fantástico se tratara. En realidad, lo que Vicente Huidobro hacía era
algo más profundo: reflejar el dinamismo urbano de las ciudades modernas y sus
habitantes, expresar el estado revolucionario en que el ánima social naufragaba
y brillaba en el nuevo siglo, época de adelantos técnicos y científicos, de inicio
de la velocidad en todo, la locura del siglo XX.
Creo que se podría
realizar un examen detallado de lo que se llama modernidad como fenómeno
socio-cultural a principios del siglo, si lleváramos a cabo un examen de los
objetos o figuras que cita y trajina Huidobro en cada uno de sus poemas. Obtendríamos
algo así como un catálogo de elementos, de pequeñas representaciones de lo que significaron
las primeras décadas del convulso siglo XX.
De un modo valiente, y
distanciándose del mero y estricto creacionismo, invención suya, Huidobro escribió en uno de sus últimos poemas:
Ahora soy un fantasma de nieve, un
sembrador de escarcha. Pero volveré trayendo en la frente el sudor de las
nubes. Prosternaos vosotros, los que no habéis pisado jamás el horizonte. Ahora
soy el fantasma que huye vestido de grandeza y de dolor.
Aunque hoy sabemos que
buscar la originalidad o la extravagancia sistemáticamente puede resultar
banal, incluso vulgar, en su momento Huidobro cumplió a rajatabla, en su
oficio, con aquel consejo de su colega
Rimbaud: Hay que ser absolutamente moderno.
Me temo que Misuzu y
Huidobro no se conocieron, cosa que les honra, pues la obra de ambos, se sume
en un solo y brillante atractivo: el de
la poesía.
sábado, 12 de septiembre de 2020
CRÓNICA ILUSTRADA: INCURSIÓN MURCIANA
Primer punto de salida: estación de Orihuela
Mirando por la ventanilla. Entrada a Murcia.
A la entrada de Murcia, este barrio ha quedado dividido, casi escindido de la ciudad, debido a las obras que harán, presuntamente, posible la llegada del AVE. Los vecinos se han estado quejando y manifestando, con total razón, desde hace varios años. Se han convertido en murcianos de segunda.
Cubículo metálico que protege al rollo de papel higiénico, en los novísimos servicios de la estación murciana.
Enmascarillados.
Supongo que el plástico tendrá alguna función en caso de inundación, pero el aspecto que ofrece el río así, es irritante: lo natural interferido por una enorme superficie de negro impermeable.
Sombras urbanas. Entre ellas, la mía.
Mancha de luz. Interesante contradicción.
Efigie sagrada coronando el pórtico de la catedral de Murcia.
Extraños pero funcionales habitantes de los exteriores arquitectónicos de las iglesias: gárgolas.
Maniquíes murcianos. Se diferencian de, por ejemplo, los maniquíes alicantinos, en que estos visten menos ropas beiges que azules.
La delicia del atardecer. Cuando regreso para tomar el tren de las nueve, me sorprende, gratamente ahora, la caída de la tarde. Me arroban estas vistas del Puente de los Peligros, la extensión refrescante del agua y las luces que han empezado a encenderse reflejándose sobre el río. Imaginación puramente romántica, pero difícil de eludir: ¿por qué el distanciamiento, desde determinada perspectiva, produce esta fascinación melancólica?
miércoles, 9 de septiembre de 2020
HERMENÉUTICA SÚBITA Y CASERA: UCRONÍAS TONTAS: ¿Y SI LOS VIKINGOS HUBIESEN DESCUBIERTO AMÉRICA?
La ucronía no se
enuncia sin el conocido condicional: ¿Y si….? ¿Y si Hitler hubiera ganado la
guerra? ¿Y si Napoleón no hubiera sido derrotado? Y si, y si…
Se suele decir
que no fue Colón quien descubrió América sino los vikingos, que llegaron no sé cuánto
tiempo antes. Independientemente de que los vikingos no descubrieron nada,
puesto que descubrir implica bautizar y colonizar un territorio, no meramente alcanzar
físicamente su extensión, hay que celebrar que los vikingos no descubrieran
América, que no se internaran más y se encontraran, por fatal casualidad, con ningún individuo del nuevo continente. Los
motivos son culturales y… ¿temperamentales? Los vikingos no tenían una idea de “imperio”,
de civilización, como sí lo tenían los romanos y, tiempo después, por herencia
secular, los españoles. Si los vikingos hubieran entrado en América, la fiesta
estaría armada, pues habrían hecho, con toda seguridad, lo que solían hacer con
extrema facilidad y contundencia: arrasar, destruir y robar, como hicieron
cuando entraron en el año 800 en París, incendiando la ciudad y saqueando las
iglesias en busca del oro y la plata.
A pesar de la tediosa y, hoy, tendenciosa y falsaria leyenda negra, los españoles, que naturalmente, se enfrentaron con los nativos, hicieron otras cosas, al parecer poco reseñables y banales, según algunos, como edificar ciudades, fundar universidades, trasladar la cultura europea a América, etcétera. O sea, crear civilización, ni más ni menos. Preferible, creo yo, al aterrizaje bárbaro de los nórdicos.
lunes, 7 de septiembre de 2020
UN GRITO CUASI POLIFÓNICO
Si, presa de un
repentino arrobo místico, entrara en una iglesia y me plantara allí en medio de
la celebración de la misa, entrando en descarado éxtasis ante los presentes,
con toda seguridad habría problemas. Mi estatismo, mi gesticulación, mis
exclamaciones a la inteligencia divina, no sólo llamarían la atención de los
presentes sino que provocaría serias interrupciones en el oficio sagrado,
llegando incluso a forzar la frustración del mismo si no me echaran de allí.
Estos
pensamientos de carácter paradójico- si entras en éxtasis en el interior de una
iglesia tienes que ser, irremediablemente, discreto- me han venido a la cabeza
tras fijarme, esta tarde, en un detalle del extraordinario pórtico plateresco
de la catedral de Murcia. En cuanto lo he divisado, le he hecho una fotografía.
Parece tratarse de un motivo barroco como cualquier otro, un rostro que podría
pertenecer a cualquier divinidad,
personaje profano, o representación de las estaciones o constelaciones,
con la boca abierta y gritando a todo pulmón.
A este
personaje, a ojos vista poco sobrio, no
sólo lo aceptan como integrante arquitectónico del templo sagrado, sino que le
permiten delirar, tranquilamente, entre guirnaldas. Yo diría que además de
gritar o de cantar algún tipo de monodia salvaje e interminable, no habría que
descartar locura en sus rasgos.
Claro está que
su ubicación en el templo es netamente estratégica. Su localización en algún
punto visible del altar sería extravagante, pero su colocación en la periferia,
en los mismísimos exteriores del templo, lo que del templo, permanece más en
contacto con los caprichos del tiempo y el flujo urbano de los días, nos está
confesando que admiten su presencia como
elemento del conjunto formal de motivos que escoltan otras figuras esenciales,
como santos o ángeles. Quizá debe su existencia al hueco que había que rellenar
bajo la ventana, para que sus alrededores inmediatos no quedaran demasiado
desnudos.
De todos modos,
el flujo barroco de lo sagrado admite como dinámico acompañante de su gloria lo
que puede no ser tan sagrado, elementos heterogéneos de una estética afín a lo
alto, a lo sublime: mascarones, estrellas, cenefas, guirnaldas, plumas de
escribir, drapeados varios, motivos geométricos…
Pero, aunque la
estética barroca justificara la presencia de aquella cabeza enloquecida, yo no
paraba de considerar el contraste, el ordenado contraste entre dentro-fuera del
templo, la diferencia de su aspecto grotesco con la exquisitez de gesto y
movimiento de otras figuras del pórtico, como la de santa Teresa, o San Pedro,
y crecía mi envidia de tal permisividad, pues al contemplar todo esto, era en
mí en quien crecían las ganas de dejar escapar una exclamación de placer
contemplativo.
Un sol templado
rociaba con su luz la tranquila explosión de todas aquellas formas y yo me
tenía que autocensurar un pequeño gesto de libertad expresiva ante la boca
interminablemente abierta y silenciosamente vociferante-otra contradicción- de la
pétrea cabeza melenuda.
jueves, 3 de septiembre de 2020
¿POR QUÉ NO HA DESAPARECIDO TODO AÚN? LA VIGILIA DEL NIHILISTA FORZADO.
Jean Baudrillard, a
pesar del desfile de artillería de sus invenciones teóricas y el despliegue
rumboso de su escritura, fue un apocalíptico tranquilo. Existe una no similitud
entre su carácter y la convulsa obra teírica que produjo. El ensayo que publica
Enclave tiene un título que no puede
ser más catastrófico, en la línea de un pensamiento que viene a afirmar el fin
de la civilización occidental y la confusión de todo intento de renovación o
esperanza. ¿Por qué no ha desaparecido todo aún?, ni más ni menos. Es un
interrogante pero también una denuncia impregnada con la ácida sorna de la
impaciencia nihilista.
En
fin, este era el estilo de Baudrillard, hiperlúcido, pero precisamente por
ello, susceptible de numerosas objeciones aunque siempre sugestivo. Yo creo que
la función que desempeñó Baudrillard fue positiva y contundente. Su pensamiento
más que presentar soluciones se explaya brillantemente en la descripción del
desastre cultural y social. Nada más provocador y desafiante que los
pronósticos sobre la sociedad actual con que Baudrillard nos bombardeaba desde
sus libros.
Baudrillard
denuncia en este ensayo a la humanidad actual como la única especie capaz de
diseñar su propia autoextinción, su desaparición física y cultural. Existe un mecanismo perverso a través del cual
toda cosa que porte mínimamente un mensaje de esperanza, distinto, incluso
opuesto a la oferta que el sistema distribuye masivamente, es objeto de
destrucción y de dispersión.
Baudrillard
hace una observación que resulta mortal para temperamentos románticos y
talantes poéticos: el mundo moderno que
vislumbraba Marx, impulsado por el trabajo de lo negativo, por el motor de la contradicción,
se convirtió, por el exceso mismo de su cumplimiento, en otro mundo, donde para
existir las cosas ni siquiera necesitan de su contrario, donde la luz ya no
necesita de la sombra, donde lo femenino ya no necesita de lo masculino (o al
contrario).
La
inteligencia artificial, la clonación, el final sin acontecimiento del
pensamiento, confirman esa desaparición de lo humano en la escena de vanguardia
de lo social. En esta tesitura, la función del arte es apenas terapéutica: nos
ayuda a atomizarnos, a claudicar de este mundo en el que los únicos
protagonistas son los procesos tecnológicos que nos han expulsado de nuestro
puesto.
Los
valores, las instituciones, las artes, la tradicional oposición entre el bien y
el mal, se precipitan por una pendiente en la que pierden sus significaciones.
Todo tiende a autoparodiarse: fijémonos en los líderes políticos, en la
claudicación del arte profundo, en el multiculturalismo, incluso en la
evolución de lo religioso. Hay un exceso
de realidad que la técnica potencia, en la que lo cualitativo de las cosas
prioritarias e importantes se hace indiscernible. Todo se reduce a un juego de
apariencias en un mundo secuestrado por los medios.
Baudrillard juzga de singularmente significativa la deriva de la imagen en los dos últimos siglos, a la hora de analizar los límites del poder de la representación. Se centra en el análisis de la imagen fotográfica y aunque los resultados de su pesquisa son interesantes, la reacción escandalosa ante la fotografía digital, se nos antoja poco verídica y excesiva. La fotografía analógica nos vinculaba a un momento concreto y emocionante, al momento de disparar la cámara. Con la digital, nuestro trato tensivo con la realidad desaparece: la imagen digital es absolutamente manipulable y puede alterarse hasta lo infinito sin que ello aparente significar nada. Todo parece indicar que el gesto de fotografiar, desaparece. Baudrillard duda de que la imagen digital sea una imagen. Pero la fotografía digital no supone ninguna cancelación de nuestra relación anímica con la realidad: simplemente abre otras que están en devenir, aunque tengamos que aceptar que la inflación de imágenes erosiona el sentido de la realidad y llegue a hacerla superflua.
martes, 1 de septiembre de 2020
CRISTINA PERI ROSSI EN EL SANDUNGUERO NAVÍO DEL TIEMPO
Siempre
resulta grato leer a Cristina Peri Rossi: el humor y la
inteligencia con que afronta sus temarios hace que cada poema suyo fluya placenteramente
en la lectura, satisfaciendo siempre las expectativas del lector que se ha
acercado a su obra conociendo sus claras reivindicaciones ideológicas. Es curioso.
Sin reparar en escalafones literarios ni en sublimidades de estilo, la poesía
de Peri Rossi, que ha merecido sucesivos premios, ganados en años pasados, es
de las pocas que responden, generalmente, al nivel creativo que sus seguidores
esperan. Yo, que he leído con gusto su prosa, no he podido encontrar selección
más óptima de su obra poética que esta sabrosa antología. Y siendo ajeno al tipo de reivindicación que la mayoría
de sus poemas manifiestan, no he podido disfrutar más de un mundo poético tan
sustancialmente moderno: ambientes urbanos y bohemios, soledades amorosas, deambuleos
por ciudades y hoteles, cosmopolitismo, orfandad espiritual de quien se siente
extranjero en todo lugar, condicionamiento íntimo de la felicidad por las
demandas del deseo erótico no satisfecho, generosa recepción de la cultura en
sus manifestaciones varias como contrapeso a las melancolías del paseante
solitario que es todo poeta, etcétera. La
suma de estos aspectos conforman la constelación de motivos del sentimiento
moderno poético, y Cristina nos los muestra en una apretada y lúcida vivencia
personal y escritural. Imagino a nuestra vate, venturosamente saturada,
divinamente inflamada de literatura.
Aquella
vibrátil agudeza que un Julio Cortázar supo trasladar de su prosa a la poesía,
ese tipo de escritura efectiva, siempre brillante, es la que capto aquí,
adaptada a los distintos contextos. Y, recordando de nuevo, desde qué lado o “parte”
escribe Peri Rossi, tal condicionalidad se
hace convergente y su propuesta, aceptable. Por ejemplo, independientemente del
hombre, del propio Adán, o bien, junto con ellos, Peri Rossi, reclama para las primitivas madres de la creación la auténtica colocación del nombre primero a
las cosas:
las madres… que
bautizaron los ríos, los árboles y las plantas….
Por último,
y creo que podría haber comenzado mi reseña por este punto, por este matiz, confirmar
una singularidad: desde la poesía, Peri Rossi, lo que reclama, percibe o ve, lo
manifiesta hasta saturar y agotar las
propiedades de esa presencia. Racionalidad y sentimiento a partes iguales,
dosificados por la imaginación, producen esta ristra de brillantes poemas en
los que nada falta ni sobra. Es la Literatura en persona, quien presta a Peri
Rossi toda esa sagacidad.
UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS
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