miércoles, 10 de febrero de 2021

HOJAS DE DIARIO



Sesión televisiva. He visto, por tercera o cuarta vez, El desencanto, de la familia Panero. Sensación curiosa. Quizá hayan sido los matices de mi propia atención, pero, cómo decirlo, he notado algo así como la actualización del “mensaje” de la película. En donde sea que se encuentren ahora, los Panero vuelven a discutir sobre las mismas cosas, haciendo arder delante de todos, la memoria personal y familiar. No sé hasta qué punto lo que ha determinado nuestro vivir, el pecado que hayamos cometido contra nosotros mismos y la vida, retorna en una suerte de proceso dialéctico. Tal proceso vendría a significar el periodo de nuestra redención. En este último visionamiento, he vuelto a constatar la crueldad de los hijos contra la madre. Las rememoraciones que hacía esta sobre tiempos felices, estaban preñados de una densa melancolía que el entorno desolado, las características de la casa y el blanco y negro de la fotografía, multiplicaban.

 

He visto un largo fragmento de un documental sobre hipis en la 2. Trataba sobre la actividad actual de algunos de los hipis veteranos que llegaron a Ibiza, treinta o casi cincuenta años atrás. Leve sensación de decadencia, al tiempo dispersada por las declaraciones de los hipis, que reivindicaban su filosofía de vida y las labores que realizan: dedicación a la pintura, a la fabricación de instrumentos musicales curiosos o exóticos, el cuidado de animales, etc... Los hipis me hacen pensar en la figura del buen salvaje rousoniano, en los movimientos sectarios o heréticos de otros tiempos que reivindicaban otros modos de vida ante la más general e instituida. Me ha impresionado la belleza que mostraba una hipi de origen alemán cuando llegó a Ibiza y cómo está ahora, tan envejecida, aunque sin prescindir de su vestimenta setentera. Ahí encontramos un dato. Los hipis no fueron meramente movimientos juveniles, pues muchos han persistido con el paso de las décadas y todavía se les suma gente relativamente joven, en comparación con estos veteranos: personas de cuarenta o cincuenta años. Pero tengo dudas. Aunque pase el tiempo, quien ha decido ser hipi ¿es siempre joven ideológicamente, intelectualmente, o los hipis mayores se han quedado prendidos por inercia de un movimiento que irrumpió como reacción, ahí sí, de los jóvenes?

Veo una película, una versión reciente de Ana Karenina. La película tiene un aire estetizante que hace brumoso el drama. Siento un prurito interior, cierto hastío. En realidad, me desespero y me angustio. El tiempo pasa y jamás viviré una historia de amor así, en paisajes tan encantados.

 


Leo un texto breve de Lezama Lima, pero asombrosamente denso, Estación de sentencias. La capacidad analógica del poeta cubano es tan suculenta y notable, que me entusiasmo y pienso que la esperanza es posible mientras haya mentes que se impliquen en la búsqueda de la belleza, que sepan captarla en el bosque de la cultura y de los textos. Algo parecido ocurre con el virus que hoy nos atenaza, la naturaleza y nosotros. Si no hubiera personas que se dedicaran al cuidado de los enfermos y estudiosos que buscaran un remedio a través de la vacuna, estaríamos a merced de la expansión sin remedio del virus. La naturaleza nos ha lanzado un reto. El hombre debe responder a tal reto con medidas sanitarias e investigación. La derrota del virus, el bienestar y el renacimiento a la vida que supondrá librarnos de esta pandemia, me hacen pensar que la felicidad hay que procurársela, que no puede ser un efecto del azar o de la suerte, que precisa de una labor y de reacciones específicas nuestras ante las circunstancias.

jueves, 4 de febrero de 2021

DIARIOS Y CRÓNICAS: DESCRIBIR LOS TRANSCURSOS DEL TIEMPO.



 Podríamos describir el tiempo como una suerte de cinta corrediza: los objetos colocados sobre ella que se deslizarían consecutivamente, serían los distintos hechos o sucesos que se produjeran. Esta visibilidad lineal de las cosas se correspondería, por ejemplo, con el redactor de crónicas:  sintéticamente, una lista de acontecimientos descritos según el orden sucesivo de su acontecer. Si profundizásemos en la visión e invirtiéramos la perspectiva, dirigiéndola no al exterior donde antes estaba, sino al interior anímico de la persona, los fenómenos registrados serían de orden subjetivo. No sólo describiríamos lo que sucede desde el interior del sujeto sino hacia ese interior.   La escritura que produjéramos sería la de un diario.

Aquí tenemos, representados en estos dos libros,  un caso de cada forma de enfocar los hechos.

Ediciones Ulises, nos ofrece una apretada selección de los artículos que entre los años 1865 y 1866, publicó  Galdós siendo corresponsal en Madrid. El efecto “cinta corrediza” se multiplica ordenadamente en estos artículos, tan diestramente redactados y preñados de información. El conjunto de variadas noticias describe un movimiento centrípeto y secuenciado del texto, articulando en estratos breves e inteligibles la materia informativa. Cada artículo es un conjunto de nexos y líneas sobre hechos y detalles, pero la suma de tales estratos semánticos propicia en la lectura cierta imagen esférica de lo relatado, causado por la síntesis y el ritmo creado. Efectivamente, los artículos de Galdós conforman la expresión del teatro de la vida cotidiana. Cada texto está henchido de acontecimientos y suelen corresponder a jornadas o a conjuntos breves de días. En las vívidas crónicas de Galdós, Madrid se convierte en un pequeño cosmos de personajes, fiestas, espectáculos y sucesos. Se cuentan con agudeza procesiones, carnavales, discursos políticos, crímenes, representaciones teatrales, óperas o ejecuciones públicas.

Es considerable reparar cómo la elocuencia que adquiere la escritura en semejante formato, cubre con efectividad la totalidad del acontecimiento que se pretende destacar, es decir, cómo la aparente integridad de unos hechos no escapa al poder de la palabra que percibe el detalle sustancial y los efectos de lo que se ha producido. En la crónica, el tiempo se desnuda súbitamente, se registra lo que supera un horizonte de sucesos de relevancia menor para comunicar lo que atañe a todos. Cada artículo es como una viñeta en la que el tiempo dejara estampada la leyenda irisada de lo ha ocurrido ese día.

 


Renacimiento publicó en los últimos tres años, una suculenta selección de los diarios de los Goncourt en dos volúmenes. El primero ya lo comenté aquí. El segundo volumen se reviste de un gran dramatismo por los hechos famosamente conocidos: el asedio prusiano a París y el sangriento desencadenamiento de la Comuna. En este punto, se ha creado en mí, un tenso paralelismo, pues mientras leo el libro de Goncourt, voy siguiendo con amargura los incidentes diarios de la pandemia. Tras la muerte de su hermano, el curioso tándem escritural desaparece, Edmond de Goncourt se queda solo, y al duelo de nuestro confidente se suma la invasión de París por los alemanes, lo que sume al escritor en el triste proceso de ir constatando locuras y miserias.

El texto de este diario, por lo extraordinario de las circunstancias, se convierte en un documento histórico. Con Goncourt disponemos de un testigo directo de los hechos, moviéndose en primera línea y cuya escritura es ejemplarmente franca y precisa. Nuestro diarista, llena con pesar sus anotaciones de observaciones curiosas y anecdóticas de un París desolado, metamorfoseado en escenario de guerra. Sus habitantes, se ven sumidos no ya en el espanto de los obuses sino en la miseria y el hambre, que cunden  pronto en cuanto la convulsión bélica atrinchera a los ciudadanos.

Nota surrealista de Goncourt si no fuera por el ambiente dramático: Qué singular transmutación de comercios y qué extraña transfiguración de tiendas. Un joyero de la calle Clichy exhibe, ahora, en joyeros, huevos envueltos en guata.

Goncourt describe en anotaciones, breves pero informativa e históricamente preciosas, rincones, calles y parques convertidos en umbrales oscuros,  desposeídos ahora de vida y brillo. Todo está envuelto en un silencio que da miedo.

En este aspecto, qué fácil resulta transponer en la imaginación estos espacios por los presentes que estamos viviendo, sometidos por la pandemia al cierre del comercio y el toque de queda.

Goncourt no se detiene en las anotaciones vergonzantes e incluso, humillantes al tener que hacerse eco de murmullos como el siguiente: ¡Sí, señores, los alemanes son una raza superior!, reflejo simplificador,  condicionado por la agresión prusiana de Bismark.

Ya no se oye vivir a París, sentencia melancólico Goncourt, añorando los flujos de personas, la vida social y pública de las calles antes de la invasión.

Convulso período el que París vivió entonces, entre 1870 1871, pues tras la retirada de los alemanes, la reacción que llevó a la declaración la Comuna, fue otro desastre que entristeció más al escritor francés, que creía extinta la nobleza en la clase política  del momento.

No leo textos de índole bélica ni de otras transiciones guerreras, pero la simpatía por nuestro confidente, el atribulado y lúcido Edmond de Goncourt, ha hecho que me interesara por su vibrante y verídico testimonio. En casos como este es cuando un texto deja de serlo meramente para convertirse en fogonazo confesional, en memoria.

lunes, 25 de enero de 2021

MIGUEL HERNÁNDEZ, “ESFORZADO CIUDADANO Y POETA MEDIOCRE”, SEGÚN JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ



Hojeando Los decorados del olvido de José María Álvarez, en las páginas en que critica la inexistencia de una literatura específicamente murciana, me encuentro con que tilda a  Miguel Hernández de “esforzado ciudadano y poeta mediocre”, es decir, intenta equilibrar la mala calidad literaria, según él, de Hernández,  considerando su compromiso político. Quizá hubiera sido más catastrófico decirlo al revés: entonces, al priorizar lo que le pareciera la obra del poeta, su juicio hubiera sido aplastante: Hernández, sin discusión, es un mal poeta pero un ciudadano comprometido. Seré más sutil que mi peripuesto tocayo. Por regla general, cuando, en el ámbito literario o artístico, alguien denomina a otro como mediocre, es con la intención de achicar su fama o de humillarlo ante el concepto pretendidamente superior que del arte o de la literatura tiene el que lanza la pulla. Esto lo he comprobado en bastantes casos y este ejemplifica lo que pienso. Álvarez pretende dejar allá abajo a Hernández con una mención casi de pasada en su libro autobiográfico. A mí lo que me parece curioso es que Álvarez, que tiene un concepto elitista del Arte, y que él mismo es poeta, presente un gran conocimiento de la poesía pero no de la experiencia  y del hecho poéticos. Su elitismo me parece en este punto, torpe y parcial. Y se supone que quien se cree muy exquisito tiene que ofrecer una comprensión especial de las circunstancias que rodean a la obra artística o literaria, en la defensa de la belleza. Miguel Hernández creó belleza y fue voz del pueblo. Álvarez es posible que cumpla con la primera cuestión, dudo bastante que haya conseguido lo segundo. Combativamente, yo podría decir: el culturalismo que practica Álvarez, si lo comparamos con la relevancia histórica de una figura como la de Hernández, es tornasolada cáscara que se lleva el viento. Me molesta enfrentar poéticas, creo que es estúpido a estas alturas de la película. A mí me gusta la obra de Álvarez pero me sorprende su desdén clasista y encima, con un personaje de la entereza moral y lírica de Hernández.   

No pretendo que a Álvarez le guste la obra de Hernández. Seamos más lógicos, pues. Cómo puede un poeta “mediocre” como Hernández, levantar admiración en un poeta como René Char  No creo que  el  poeta francés, que estuvo en la lista de los nobel, le parezca a Álvarez un sujeto poco inteligente. Hace algunos años recibimos una misiva de Char en la redacción de la revista literaria que sacábamos, Empireuma. En la breve carta, René Char, nos hablaba de la admiración que sentía por la obra de Hernández y por su coherencia y compromiso. Me parece que Álvarez tiene un concepto demasiado formal de la poesía o que sólo es admisible para él, la alta cultura, cuando en el universo expresivo no hay, finalmente,  jerarquías, o al menos no las hay que produzcan exclusión automática entre sus protagonistas, es decir, entre los autores, sus vidas y sus obras.

viernes, 22 de enero de 2021

FLORILEGIO




Todas las máquinas están solteras

Jean Baudrillard



Los Sistemas no tienen destinatario

María Zambrano



El estilo del deseo es la eternidad

Jorge Luis Borges



Quien sueña está solo.

Pascal Quignard



La filosofía surge al ocaso de la civilización griega. La poesía es auroral como la alondra.

Ignacio Gómez de Liaño



El derecho a afirmarse prodigioso

René Char



Es el erotismo lo que constituye la Civilización

José María Álvarez



El primer paso de la sabiduría es quejarse de todo.

El último: conformarse con todo.

Lichtenberg



En el esplendor de los Textos, el que designa las encarnaciones del Verbo y los símbolos comentarios de las postrimerías, tenía que ser el que aclarase el anillo que une lo visible con lo invisible.

José Lezama Lima



El acto de pensar es un acto de seducción

Macrobio Magister



El orden del mundo es como un orden sintagmático

Macrobio Magister


miércoles, 20 de enero de 2021

INCIDENCIAS FUGITIVAS



No es que la memoria fabule o mienta sino que da forma y unicidad a los recuerdos.


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Cómo han muerto personajes ilustres de las artes y el pensamiento. ¿Se puede hacer una lectura de las mismas, poseen algún tipo de significación especial? El poeta Jhon Keats muere tuberculoso sin haber llegado a los treinta. Percy Shelley, muere ahogado, también muy joven. La muerte por  accidente en los grandes poetas jóvenes ¿indica cierta impaciencia en la divinidad por traerlos a su seno? Irremediablemente, Mariano José de Larra, se pega un tiro. No puede haber una muerte más sumida en el aura de lo fascinador que el suicidio romántico. El fino semiólogo Roland Barthes, entregado toda su vida al análisis exquisito de los signos, es atropellado por una camioneta de ropa sucia. Una muerte cargada de contenido prosaico y vulgar. Qué paradoja. ¿Y el monje trapense y brillante escritor Thomas Merton, maestro espiritual de Ernesto Cardenal? Va a tomar un baño y un ventilador cercano, cae al agua, electrocutándolo. Es como si Dios lo arrebatase de la tierra y se lo llevara consigo.



Tengo puesta la radio y están emitiendo fragmentos de óperas. Dan unos minutos de una obra que no conocía de Puccini. La música es sorprendentemente dramática y agitada, en contraste con lo que conocía del compositor italiano. La ópera que llega y concluye a principios del siglo XX, es lo último que el arte europeo ha producido de verdaderamente sublime. Después, todo se tornará definitivamente violento y el arte se especializará en una estética de la fealdad y de lo grotesco. Qué cerca, qué próximos y, al mismo tiempo, qué distantes, las grandes bellezas de las últimas operas clásicas y la eclosión de las vanguardias, con su experimentalismo infinito y explosivo. ¿Qué ha pasado ahí, en esa brecha sutil entre un hacer del arte y otro?

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Llevando las mascarillas ya sé qué sienten las mujeres musulmanas tras sus velos: cierta seguridad y protección asediados por el ahogo.


En las primeras líneas de su Historia de la eternidad, Borges ya deja claro la incompatibilidad que existe entre la eternidad y el tiempo, es decir, el error de emplear la primera para explicar el segundo. El tiempo es una urgencia real, la regularidad que implica la sucesión de los días; la eternidad es un concepto elaborado por los hombres. No sirve, en principio, para explicar el misterio del tiempo. Aunque me temo que son, precisamente, las respuestas imaginarias y simbólicas, las únicas probables que puedan  responder a los grandes interrogantes.

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En su Historia..., Borges dice, significativamente, que el tiempo precede a la eternidad, ya que esta última es, como se ha dicho, invento o sueño del hombre. Pero entonces el tiempo casi devendría un problema menor, es decir, meramente físico, y le correspondería a la física teórica calcular su origen, mientras que la eternidad se vincularía a la metafísica, a la filosofía compleja al tratar sobre el  destino trascendente del hombre, poniéndose, sorpresivamente,  por encima del tiempo que presuntamente le precedía. 

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Sobrevolando el marasmo teórico sobre el tema, supongo que la eternidad debe suponer  más un modo de vivir y ser que un lugar, aunque, en definitiva, sea complicado dividir ambas cosas, espacio y tiempo.



martes, 19 de enero de 2021

ORIHUELA, ORIOLA, AURARIOLA.



Suele decirse que no valoramos lo propio, que, incluso, tendemos a despreciarlo. Viciosas asunciones de estereotipos, reacciones inerciales  nos llevan a ser poco originales a la hora de valorar nuestros entornos inmediatos y su historia. Miguel Ruiz, ha vencido toda pereza y prejuicio, y gracias a las debidas consultas documentales  e incursiones bibliográficas, nos ofrece en este libro, Orihuela: literatura y patrimonio, una animada imagen de la ciudad como lugar de paso u objetivo de interés expreso de estudiosos, excursionistas, escritores o científicos.

Es una banalidad afirmar que, bien examinado, todo rincón geográfico se puede convertir en fugaz encrucijada de nombres y personajes más o menos relevantes. Pero no podemos negar que es motivo de entusiasmo comprobar cómo la historia nos revela que la ciudad en la que vivimos ha ofrecido grados de notable implicación cultural ya sea como lugar de nacimiento de autores importantes o como punto de peregrinaje de otros personajes, estos,  internacionales.

Miguel Ruiz en una nutrida serie de artículos, publicados previamente en prensa, nos muestra el balance de viajeros que pasaron y visitaron la ciudad, en los últimos siete siglos. La lista de nombres resulta curiosa, sorprendente, en algún caso, y nos hace recordar, a propósito de tal concurrencia de nombres,  que por algo Orihuela fue la capital de Levante.

Azorín, Washington Irving, Ciro Bayo, Gabriel Miró, Christian Andersen, Don Juan Manuel, Lasage, José Cornide o John Talbot, son algunos de los nombres de personas ilustres que de alguna manera, o bien por casualidad, o bien, intencionadamente, se dejaron ver en la ciudad,  habitaron en ella o la visitaron, publicando luego testimonios escritos de ello.

Desconocía a Lasage, escritor francés que vivió entre los siglos diecisiete y dieciocho, y que adoptó la temática y la estilística de las obras picarescas españolas en sus textos. En uno de ellos, El bachiller de Salamanca, hace mención de un personaje, nativo de Orihuela. Suculenta fue la estadía oriolana  para el escrito noruego Andersen, y tanto, ya que en su viaje por nuestro país, la primera vez en que disfruta del menú de una auténtica posada española, fue en Orihuela. Curioso se me hace imaginar a Azorín apostado en uno de los puentes de la ciudad, un buen día de 1903, tras haber realizado un retrato escrito del lugar. También desconocía la noticia de que Washington Irving se paseó por las, entonces, floridas inmediaciones de Orihuela, quedando admirado de su aspecto pintoresco y oriental.

El libro de Miguel Ruiz no supone, sólo una lista de autores que pasaron por aquí, sino un escrutinio histórico de personajes u obras relacionadas de algún modo con la ciudad. Es el caso de Lasage o de Ramón de Campoamor, o bien, y de un modo tan notable como único, el de Miró.

Lo mágico de la literatura es comprobar que el mundo del que habla es, fundamentalmente, verdad, incluso real… Pienso en las novelas de Ballesteros, las Oriolanas, en Miró, en Sijé, en Miguel Hernández. Orihuela más que una ciudad es un motivo literario, un símbolo, una pequeña constelación de monumentos, enclaves naturales, poesía. El libro de Miguel Ruiz tiende, tratando de todo ello, a confirmarlo, a través de hechos y documentos. Lo que resulta entrañable con respecto al lugar en el que hemos nacido o vivido es la relación que hayamos tenido con lo que constituye la memoria de la ciudad. Esa relación es una experiencia personal y común. Quizá, el concepto de patrimonio tenga algo de estático, pero  contribuye a hacernos ver que el lugar que habitamos es, además de un depósito de tradiciones y hechos reseñables, eso, precisamente: una vivencia.

 

jueves, 14 de enero de 2021



APOLLINAIRE. LO FESTIVO Y LO ELEGÍACO

 

Apollinaire siempre me ha parecido un poeta raro, como también pensaba Octavio Paz, no tanto por la infrecuencia estilística de su obra como por la singularidad de su ubicación histórica y el papel que, consciente o inconscientemente, jugó. La especificidad de Apollinaire radicó en ser testigo inopinado de las transiciones que se estaban operando en la escritura poética, detectando la importancia que las creaciones de los jóvenes artistas plásticos suponían con sus ansias de renovar una mirada sobre el mundo.

Una nueva era de la imagen, vale decir, de las imágenes, alboreaba, y Apollinaire adivinó su devenir sobre el horizonte del nuevo siglo. Todo ello, no significaba sino que nuevas sensibilidades se despertaban y para este ambiente de renovación y eclosiones súbitas, ideó un término que alcanzaría fama mundial, etiqueta y marchamo del nuevo siglo, y que  definiría, en efecto, el totum revolulutm que se avecinaba: surrealismo.

Luego, el  vocablo experimentaría cambios direccionales según el uso que se le dio,  viniendo  a definir todo tipo de convulsión  artístico-social:  doctrina estética, asignación sectaria, movilización política, locura generalizada, panfleto místico, poética, en suma,  de los tiempos presentes.

Nada de todo ello vería Apollinaire, quien no trascendió de la visión conceptual pura de su intuición. Y desde tal límite, articuló su obra poética, singular y contradictoria, moderna y nimbada, al mismo tiempo, de cierto toque delirante de Belle Epoque. Apollinaire es melancólico, elegíaco y prosaico, romántico todavía y enemigo de las retóricas apelmazadas establecidas. Escribe con delicadeza y humor sobre un amor distante, para después hablarnos del aspecto de su vieja mesa de escritorio, acabando su mensaje con la sorprendente evocación de imágenes oníricas.

En la obra de Apollinaire, existe, pues, una convergencia espontánea de aspectos y temáticas que funciona para la interpretación histórica como el vaticinio de las mixturas literario artísticas del porvenir, y que para el lector simple de poesía, constituyen el marco fugaz de una creatividad fascinadora por su cromática rareza y libertad, envuelta en cierta etereidad que a veces, nos la vuelve como remota. Este sería un aspecto a desarrollar, hermenéuticamente, de su escritura. Apollinaire no es simbolista, no practica la suntuosidad formal de la palabra. Su independencia le lleva a describir objetos cotidianos, buscar asociaciones insólitas de imágenes o a confeccionar relatos eróticos. Pero todo ello, a veces, se vela de cierto deje melancólico que marca una distancia con respecto a sensibilidades más estrictamente nuestras.

La portada que reproduzco aquí es la del ejemplar que un buen día de 1981 compré en la librería oriolana Trilce, en la época de la adolescencia, cuando leer poesía era una urgencia y descubrir autores nuevos, una fiesta para el entusiasmo. 

 

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....