14.1.21



APOLLINAIRE. LO FESTIVO Y LO ELEGÍACO

 

Apollinaire siempre me ha parecido un poeta raro, como también pensaba Octavio Paz, no tanto por la infrecuencia estilística de su obra como por la singularidad de su ubicación histórica y el papel que, consciente o inconscientemente, jugó. La especificidad de Apollinaire radicó en ser testigo inopinado de las transiciones que se estaban operando en la escritura poética, detectando la importancia que las creaciones de los jóvenes artistas plásticos suponían con sus ansias de renovar una mirada sobre el mundo.

Una nueva era de la imagen, vale decir, de las imágenes, alboreaba, y Apollinaire adivinó su devenir sobre el horizonte del nuevo siglo. Todo ello, no significaba sino que nuevas sensibilidades se despertaban y para este ambiente de renovación y eclosiones súbitas, ideó un término que alcanzaría fama mundial, etiqueta y marchamo del nuevo siglo, y que  definiría, en efecto, el totum revolulutm que se avecinaba: surrealismo.

Luego, el  vocablo experimentaría cambios direccionales según el uso que se le dio,  viniendo  a definir todo tipo de convulsión  artístico-social:  doctrina estética, asignación sectaria, movilización política, locura generalizada, panfleto místico, poética, en suma,  de los tiempos presentes.

Nada de todo ello vería Apollinaire, quien no trascendió de la visión conceptual pura de su intuición. Y desde tal límite, articuló su obra poética, singular y contradictoria, moderna y nimbada, al mismo tiempo, de cierto toque delirante de Belle Epoque. Apollinaire es melancólico, elegíaco y prosaico, romántico todavía y enemigo de las retóricas apelmazadas establecidas. Escribe con delicadeza y humor sobre un amor distante, para después hablarnos del aspecto de su vieja mesa de escritorio, acabando su mensaje con la sorprendente evocación de imágenes oníricas.

En la obra de Apollinaire, existe, pues, una convergencia espontánea de aspectos y temáticas que funciona para la interpretación histórica como el vaticinio de las mixturas literario artísticas del porvenir, y que para el lector simple de poesía, constituyen el marco fugaz de una creatividad fascinadora por su cromática rareza y libertad, envuelta en cierta etereidad que a veces, nos la vuelve como remota. Este sería un aspecto a desarrollar, hermenéuticamente, de su escritura. Apollinaire no es simbolista, no practica la suntuosidad formal de la palabra. Su independencia le lleva a describir objetos cotidianos, buscar asociaciones insólitas de imágenes o a confeccionar relatos eróticos. Pero todo ello, a veces, se vela de cierto deje melancólico que marca una distancia con respecto a sensibilidades más estrictamente nuestras.

La portada que reproduzco aquí es la del ejemplar que un buen día de 1981 compré en la librería oriolana Trilce, en la época de la adolescencia, cuando leer poesía era una urgencia y descubrir autores nuevos, una fiesta para el entusiasmo. 

 

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