4.6.08

EL LIBRO COMO OBJETO MÁGICO


Barthes define al objeto como el "mayor mensajero de lo sobrenatural". Un anillo, una espada, una bola de cristal son típicos objetos mágicos. Un libro también puede ser objeto mágico, pero con la condición de que "no desaparezca" en la lectura, es decir, en tanto se mantenga como estricta manufactura. Un libro será un objeto mágico en tanto su texto no trascienda, en principio, su estatus virtual, es decir, en tanto no se imponga a la presencia material del libro como mero objeto, pues el texto es el mundo que el objeto-libro externo contiene. El texto es un objeto teórico, en todo caso. Si leo el texto, el libro como objeto desaparece. De este modo, un libro es un objeto mágico, en principio, si se limita a ser sólo envase, continente material, eje o navío de mundos posibles.

Cierto es que con un libro de fórmulas mágicas, por ejemplo, la labor de desciframiento se limitaría a calcular la eficacia y operatividad real de esas fórmulas, pero tales fórmulas están ahí para ser leídas o recitadas, no cuentan una historia que nos haga olvidar el libro: reposan sobre las paginas del libro prohibido como sobre el fondo tapizado de un estuche.

Recordemos lo que dice Barthes: en el objeto encontramos "perfección y ausencia de origen, conclusión y brillantez, transformación de la vida en materia, y para decirlo de una vez, en el objeto se encuentra un silencio que pertenece al orden de lo maravilloso". Es decir, que lo maravilloso del objeto es que no tiene artífice. El libro cerrado, de atractivas o deterioradas tapas, es un objeto altamente sugestivo mientras esté en ese silencio que apunta Barthes, mientras no se abra, mientras no sea desplazado por la lectura de su contenido, mientras nos esté hipnotizando con los universos posibles que puede mantener en el número incontable de sus páginas ignotas.

Las características con que Barthes especifica la naturaleza mágica del objeto son justamente las que se corresponden con el tipo de objeto-libro que he soñado en varias ocasiones. En una de esas ocasiones, el sueño que tuve fue tan vívido que me puse a tantear con la mano, medio dormido, en la mesilla de noche, buscando el volumen imaginario, un volumen medieval con las tapas como de plástico acanalado y que habían encontrado en un lugar secreto de la iglesia de San Gregorio, aquí, en Orihuela.


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Si comparo un libro tradicional con uno digital, es decir, con un disco o CD rom, la distancia entre el objeto-libro y el texto se multiplica. En el libro hay mayor inmediatez. En un instante, puedo abrir por cualquier página, y descubrir, como a la luz del relámpago, la revelación de alguna frase. Esto se lastra con el libro digital. Si el texto se encuentra en el lecho flexible que forman las páginas de un libro, en el libro digital el texto se remite a un allá, a una suerte de trasfondo espectral. Literalmente, el texto, en un libro digital, está atomizado, inexistente, lanzado a una especie de elipsis sólo canalizable a través de otra energía mágica: la luz. Necesito de la mediación de un ordenador para poder acceder a ese texto fantasma que supuestamente el disco contiene.



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Un objeto no se descifra, a no ser que se convierta en símbolo de algo. Entonces es parte articulante, punto informativo de un complejo mayor: el texto.


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Un libro de maldiciones o de fórmulas mágicas funciona como objeto mágico al convertirse en una máquina de conjuraciones, en un dispositivo emisor de efluvios automáticos.


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El libro debería ser , en tanto que mero objeto, el objeto mágico por excelencia, pero mientras que la magia de cualquier otro objeto reside en el poder que tal objeto tiene sobre algo y que lo vincula a mundos y operaciones concretas, el libro remite, a través de la virtualidad poderosa del texto, al indelimitable poder del verbo, a la etérea atmósfera de los significados.


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