24.9.09


LIBRERÍA DE VIEJO:
VIAJES EN GLOBO, DE CAMILLE FLAMMARION

A pesar de que las nieblas epocales nos lo intenten escamotear, Flammarion se nos presenta como un científico ejemplar al no perder nunca el horizonte humanista de su profesión y el entusiasmo con el que la emprendió en sus más diversas facetas. La no escisión entre metodología - objeto de estudio y finalidad social de lo estudiado, responden a esa visión unitaria del mundo, propia del romanticismo, que exigía tanto la responsabilidad moral del científico en el trabajo que desarrollara como la comunión con la naturaleza y los misterios que de esta se pretendían dilucidar. Esta actitud ante su labor y las circunstancias, fue lo que impulsó a Flammarion a estudiar con la misma decisión las órbitas siderales que los fenómenos extraños. Su libro Las casas encantadas, un extenso dossier de casos de apariciones fantasmales y de lugares hechizados, puede leerse con delectación, ya lo interpretemos como literatura o como documento histórico de investigación. Aunque pueda parecernos chocante, tal implicación en Flammarion, como en tantos otros de los colegas de su tiempo, era absolutamente lógica. Suponía la consecuencia de un desprejuiciamiento a la hora de investigar todo lo que se creía que era competencia de la ciencia, ya que Flammarion, del mismo modo que nuestro Estanislao Sánchez Calvo, juzgaba que los fenómenos que hoy denominamos paranormales, pertenecían al orden de lo natural, como lo son el magnetismo o la electricidad, pero con la particularidad de que la articulación y las causas de tales fenómenos, nos eran desconocidas todavía. Por ello, era la obligación de los científicos descubrir su misterio aparente, su génesis oculta.Flammarion es, pues, un astrónomo poeta, enamorado de su trabajo que emplea como una actividad específica para sondear los misterios sensibles y manifiestos, aunque no del todo conocidos, de la naturaleza.
Olañeta publicaba en 1983 una reproducción facsímil de los Viajes en globo, de Flammarion. El libro recoge los viajes que Flammarion realizó en globo a través de Francia, Bélgica y Alemania, desde 1867 hasta 1880. Tanto el invento del globo como los viajes en el mismo, constituían, entonces, un acontecimiento. Sobrevolar los campos y la ciudades se producía por primera vez. Los dibujos de los mapas dejaban de ser trayectos gráficos para materializarse en desfiladeros y cúspides bajo la barquilla de los aerostatos aventureros. El libro de Flammarion es, sobre todo, un bloc de impresiones. Efectivamente. El interés del texto radica más en este carácter originario de las sensaciones y asociaciones que realiza Flammarion al desplazarse en un medio nuevo, que en la estricta relevancia científica de comprobaciones físicas o teóricas. No podía ser de otra manera. Si importante era comprobar la eficacia de todos los componentes del artilugio esférico que entonces se ponía en marcha, más aún lo era la forma en que el mundo se percibía desde las calturas y lo que ello significaba como dimensión naciente en la aventura del saber que se inauguraba: la conquista de los aires. Las medidas de peso, altura, temperatura son apuntes secundarios que acompañan a lo que verdaderamente maravilla al científico: la visión del espacio. Un visión que al efectuarse desde arriba se convierte en omnivisión, símil de la omnisciencia divina. Y Flammarion, en sus anotaciones es más que sensible a este destello místico que produce la la visión harmónica de la diversidad viviente percibida desde las alturas purificadoras. La perspectiva aérea supone una percepción nueva, dilatada, gratamente fluctuante y unitaria, a la vez, de las cosas. La tierra al divisarse desde arriba, a veces borrosa y otras, precisa como un plano, se convierte en fuente de imágenes y de sonidos que, aunque comunes, se revisten de misterio al desplegarse a través de una dinámica distinta, dispersándose en la inmensidad: el murmullo de ríos que de pronto desaparecen en la umbría, silbidos y gritos, el súbito sonido de bandas militares, humaredas lejanas, los pitidos de trenes invisibles, gentes petrificadas en medio de las calles observando el extraño objeto volante, la visión del Arco del Triunfo sumido en las llamas quedas del sol poniente....
Es curioso constatar el papel que el "escuchar" adquiere para poder guiarse durante la noche. Flammarion realiza un trabajo de clasificación semiótico al ir anotando los tipo de sonidos captados como índices de algo: el croar de las ranas señala zonas pantanosas o grandes estanques; el ladrido de perros localiza poblaciones; el silencio continuado, la presencia de valles o de montañas. Para poder escribir de noche, llega a utilizar una esfera de cristal llena de luciérnagas.
Hay anotaciones sutiles. El silencio absoluto de la noche comienza levemente a diluirse hacia las tres y veinte minutos de la madrugada con las titubeantes notas lejanas del canto de los pájaros. Flammarion a través de una comparación, nos brinda una reflexión poética de la harmonía natural: "Su voz es pura en el orden del sonido, como la aurora en el orden de la luz". Es decir, el canto de los pájaros es la anécdota que anuncia la expansión del universo del sonido, como la aurora es el preludio a la eclosión de la Luz.
La evocación del párrafo final del libro hace converger ciencia y hombre, conocimiento y experiencia. El hombre es un "aerostato viviente" y los periplos en globo metaforizan el transcurrir de la vida misma. En suma: el encanto del libro reside en el carácter pionero de su investigación, y adquirí el volumen pensando literariamente en ello, en el ambiente de "la primera vez". Quizá nuestra capacidad de asombro esté cada vez más erosionada por la cantidad de estímulos que recibimos, quizá ese aura que Walter Benjamin definió se haga en cada ocasión más inaccesible por la lluvia de imágenes mostrencas que nos rodean, pero de pronto, la lectura ingenua de una obra como esta de Flammarion, sin ser, desde luego, ningún gran texto, nos puede comunicar algo de la magia de la primera vez, de la primera vez que se percibía y estudiaba el mundo de una determinada manera y de lo que ello implicaba en el concepto y en el progreso real del conocimiento.

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