14.3.12

EL MONOLITO, LOS SIGNOS Y LA LUZ




Yrsos deambulaba atónito de cantidades enigmáticas y reflejos milenarios. Habiendo dejado atrás los lisos templos, subía y bajaba, ahora, por líneas repentinas y moles blandas de moléculas. Una escarapela de leves murmullos levitaba sobre su cráneo ardido por el sol fijo del desierto, coronando su pensamiento estupefacto. El golpe de la visión del monolito preñado de signos en medio de las dunas deslizantes, le había puesto sobre aviso del tipo de tierra en la que se adentraba y de sus propias y próximas transformaciones interiores.
De nuevo, al dar otro paso y sumergir su pie en densos montones de oro atomizado, se percató de aquella singularidad aturdidora: la luz era, de pronto, oscura.
Un exceso de luz mata como un exceso de celo inmoviliza el organismo. Pero aquí, además, no sólo era eso. La luz absoluta quebraba la continuidad de su rayo, revelaba pliegues e implosiones, márgenes umbríos dentro del mismo fulgor. O, al menos, eso le parecía a Yrsos, en su naciente delirio. No era posible fluir, estar lúcido con tanta luz. Y el que aquel monolito repleto de signos dorados se le presentara a sus ojos, era todo un reto y una confirmación del abismo: tener que descifrar el misterio en la incomodidad suma.   Creyó comprender por qué los nórdicos llamaban al mediodía "la hora de los espectros". El mediodía está desierto, pensó, convirtiendo el tiempo en espacio, imaginando lo que Jensen había sentido cuando al escribir su famosa Gradiva, se desplazó, asimismo, imaginariamente, al entorno de unas ruinas romanas desoladas por la luz del mediodía. El imperio absoluto de la luz es el desasosiego absoluto, hace engendrar su opuesto, la sombra, como una propiedad antagónica equilibradora. Si lo físico es encarnación concreta de lo anímico, no es posible darse cobijo ante tanta luz. Hay que buscar la sombra fresca de la tarde con luna rosa, el amparo de algún roquedal, un lecho entre las cavidades.
Estableciendo una distancia gradual entre los focos aniquilantes de las estrellas y la imagen de su propia luz, podía, asimismo, ubicar los contrastes necesarios entre lo que ineludiblemente percibía, y lo que intentaba definir. Veía en el monolito una condensación vertical, el reto preciso y denso de un pensamiento tan remoto que hacía inútil calcular los siglos, fantasear con los eones que bastaron para producir en la escala biológica un espíritu. Estar allí, en el desierto, descomponía la linealidad de todas las cronologías; pero la realidad material, escultórica del monolito, implicaba una historia de forcejeos, conquistas, dilucidaciones y acuerdos lingüísticos, un enhebramiento de sentidos y mensajes, el trabajo artístico e intelectual de toda una comunidad de hombres. Así pues, lo que aquella escenografía natural provocaba era el hundimiento voluptuoso en el enigma del tiempo, en lo que los hombres habían concebido a través de las épocas, en lo que generaciones habían labrado a través de un pensamiento y un lenguaje extintos.
El monolito indicaba algo que fue, y que tan pronto como pudiera ser leído, fluiría en su extrañeza para la percepción actual. Yrsos, de pronto, creyó verlo todo. El tiempo es tan ilusorio como real. Las culturas se suceden y mueren al tiempo que algo de sus contenidos, quizá lo más valioso, late en nuestros frisos contemporáneos. Simiente de simientes. Estratos de revelaciones y de sentencias, fluctuando en la espiral quieta de monumentos, manuscritos, gestos, costumbres y símbolos. Y, quizá alucinación de alucinaciones, resultaba más fascinadora la situación de encontrarse bajo la luz inmisericorde que definir un significado que nos remitiría a un más allá siempre renovable y cada vez más lejano; estar allí, cenitalmente, sabiendo sin conocer exactamente, sintiéndose un átomo concreto preso de las eras inabarcables, cuasi pulverizado en el trance de vislumbrar más que identificar.
De todos modos, el significado de aquellos jeroglíficos, era algo húmedo, oscuro, lejano, ante la ardiente materialidad de los signos inscritos, es decir, que la presencia del monolito garabateado de ojos, halcones y líneas onduladas, suponía un hito del tiempo y del mito, compendiaba y cerraba todo un mundo, a partir del cual, otra era de pensamiento y espacios, totalmente distinta, era posible.
Y cuando, finalmente, se dio cuenta de que jamás podría descifrar lo que decía aquella estela descomunal de una tumba igualmente de gigantesca e invisible, se sintió aliviado, casi feliz. Por un lado, el misterio estaba "asegurado", pendiente de la labor de posteriores criptógrafos; por otro, se contentaría con la dimensión estética de aquel conjunto de signos. La impotencia podría resarcirse si lograra entender que el contenido de los mensajes trazados estaban destinados a otras almas, almas de otras épocas, de otros universos, ya que el Tiempo, dios órfico de la creación, distribuye mundos y formas de vida en períodos específicos, a veces, incomunicables entre sí.
Yrsos contemplaba la majestuosidad misteriosa del monolito y se interrogaba: ¿Cómo es que la belleza de estos signos herméticos me estremece y sin embargo, su mensaje real nunca llegará a competerme?