9.8.12



LA PREHISTORIA DE LA CIENCIA FICCIÓN
                                             Del tercer milenio antes de Cristo a Julio Verne
                                                                 Pollux Hernúñez
Es el mito moderno del progreso que ha dividido la historia en épocas huérfanas de ciencia y técnica y en otras, las actuales, ahítas de ellas (vaya ilusión), lo que hace que tendamos a crearnos una imagen lenta, pobre y torpe del pasado. Cuando hacemos una lectura detallada de los conocimientos de la antigüedad y ésta nos revela sus insólitas audacias, entonces nos llevamos la sorpresa, recordamos aquello de que “no hay nada nuevo bajo el sol” y nos descubrimos continuadores de ese legado, más que entronizados superadores de tan soberbias herencias.
Dos méritos tiene este librito: el de hacer un breve pero estimulante y revelador repaso a través de las obras literarias del pasado, confirmando que los elementos fantásticos que integran el género de la ciencia ficción son una constante a lo largo de la historia y del pensamiento; y el de aclarar, de una buena vez, el término compuesto “ciencia ficción”, condición sin la que no lograremos entender adecuadamente ese continuum en la imaginación humana.
Tal contextualización implica una labor hermenéutica de considerable complejidad. Hernúñez tan sólo nos invita a hacerla dando el pistoletazo de salida: la ciencia ficción no es literatura científica sino literatura fantástica… la ciencia ficción no es más que otra forma, más moderna, de reflejar en literatura la misma ansia que siempre ha sentido el ser humano por lo sobrenatural, la magia, la mitología, lo fantástico.




Naves estelares, objetos fantásticos, superpoderes, viajes a través del espacio y del tiempo, civilizaciones subterráneas o radicadas en la luna, son motivos rastreables tanto en el Libro de los Muertos egipcio como en Julio Verne, en Homero o en Poe, como en el poema sumerio Gilgamesh y en Shwit. Lo que resulta fascinante – ahí radica la labor interpretativa- es establecer e identificar las equivalencias: la nave en forma de cubo perfecto que construye Gilgamesh ¿es el prototipo de un ovni, el fetiche ingrávido de una humanidad futura del pasado, la representación atemporal de la significación  esotérica de las formas geométricas? ¿No hay una correspondencia entre el anillo que hace invisible al Giges platónico y las pistolas de rayos de los extraterrestres, en tanto que instrumentos u objetos que poseen poderes extraordinarios?  ¿Erraríamos demasiado si dijéramos que los romanos utilizaban bafles o altavoces al colocar grandes vasos de bronce medio llenos de agua en puntos estratégicos de los teatros para que actuaran de caja de resonancia de las voces de los actores y éstas alcanzaran las gradas más alejadas, sólo porque nosotros hacemos lo mismo pero utilizando la energía eléctrica? Podríamos decir que toda la serie de los motivos mágico-científicos que atraviesan la literatura universal no son sino variaciones temporales de una misma idea, de un misma efusión fantástica. No obstante, Hernúñez indica, sin obviar la obra de Hoffman y de otros contemporáneos, que el Frankenstein y El último hombre de Mary Shelley pueden considerarse como las primeras obras fundadoras de lo que hoy entenderíamos como literatura de ciencia ficción. En ciencia ficción, la anticipación es profecía, indica el autor, algo más insólito que el mero acierto propiciado por el cálculo imaginativo de las probabilidades que te ofrezcan las circunstancias reales en las que uno viva. 

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