12.10.12






LAS TENTACIONES DE FRAY THOMÁS DE AQUÍ-NO… Y VIDA DE LA VIRTUOSA DONCELLA ORIOLANA MARGARITA ALBERTOS
LAS AVENTURAS LIBIDINOSAS DE UN PAR DE FRAILES EN ORMIRA
Y EJERCICIOS DE RETÓRICA
 
De los volúmenes publicados por Ruiz Cases “Sesca”, en su labor investigativa de recuperación de textos antiguos de la comarca, este resulta el más llamativo y curioso. Recoge dos textos, ambos del siglo XVIII, cuyos hechos, protagonistas y redactores se sitúan en la ciudad de Orihuela: uno consiste en la trascripción realizada por Justo García Soriano del proceso cursado a dos religiosos del Colegio de Santo Domingo en 1723, por la ruptura de la promesa del voto de castidad, hecho susceptible de expulsión y pena carcelaria, y el otro es la oración fúnebre escrita y leída por el canónigo de la catedral de la ciudad, Luis Santa Cruz y Pérez, en 1777, en honor de la vida virtuosa de la ciudadana seglar Margarita Albertos.
Lo que el tiempo nos procura con fascinación son metamorfosis continuas. Lo digo porque ante los documentos presentes uno no sabe bien si tender a examinar los hechos que cuentan, es decir, a pasmarse o rebelarse ante ellos, o afrontar tales documentos en tanto que textos, exclusivamente e intentar no franquear esa barrera semiótica.
Para el lector actual, lo que ambos textos nos comunican es algo tan extraño y remoto como, por otro lado, desmesurado y cómico: el proceso a los frailes o las penitencias sin fin de Margarita. El que las escapadillas erótico festivas de una pareja de frailes, cuestión en sí nada extraordinaria salvo que contradicen las fórmulas de convivencia de la institución en la que se producen, y la ¿vida? de una mujer devota, postrada toda su existencia se conviertan en acontecimiento no obedece sino a la relevancia que tales cosas tuvieron para su época, es decir, para el paradigma social del momento, pero de modo muy obvio para nosotros al mero y puro hecho de ser trascritas, de formalizarse en un documento, en un texto. Recordemos lo que Sartre decía: una aventura lo es en tanto es contada. De lo contrario, todo hecho se pierde y dispersa en los flujos constantes del tiempo. Al escribir sobre algo, no sólo le prestamos una identidad y una razón, su presunta “reconstrucción” que en realidad es una construcción, sino que lo rescatamos para la memoria, lo ingresamos en el indelimitable piélago universal de los textos escritos y esta solemnidad de la forma-texto es lo que impresiona, lo que pretende trascender.
Por un azar, o por acierto previsto, Sesca ha tenido la fortuna de publicar ambos documentos, provenientes de un ámbito común, el religioso, pero de índole antitética y género distinto. El legajo que instruye el proceso a los marchosillos frailes dominicos, podríamos incluirlo en el género narrativo o paranarrativo, mientras que la Oración, en el acendrado registro retórico-poético. Uno nos acerca a la realidad de la época, nos informa sobre leyes y normas; el otro, aunque sujeto a un registro perfectamente codificado, es atemporal, tan sólo válido en el espacio estético-normativo en el que se produce, se usa o es usado.  
Baste remitirnos a la literatura goliardesca o alguna de las historietas del Decamerón, para encontrar un sabor literario semejante al que se desprende de la lectura del proceso, con el añadido folklórico local de que aquí los frailes se trajinan tanto a la cocinera del Colegio como a un par de salerosas gitanillas, previo pago a todas ellas. La comicidad del proceso - para nosotros, claro, insolentes descreídos del siglo XXI, ahítos de ruido y huérfanos no tanto de dioses como de un Dios - deriva del estilo procesal mismo y de la naturaleza de lo que trata. La repetición de las mismas preguntas a cada uno de los testigos y las versiones que estos dan sucesivamente de lo que vieron y no vieron, le dan al texto un carácter semejante al de una comedia de enredos, cuyo elemento burlesco se ve de este ineludible modo, multiplicado por el enhebramiento barroco de versiones y perspectivas de lo mismo. Podríamos, incluso, establecer un gráfico de columnas con las afirmaciones de cada uno de los testigos y dibujar vectores entre tales columnas de testimonios, tal y como se haría en un estudio matemático de conjunto de propiedades. En un documento como el que García Soriano transcribe y Sesca nos hace llegar, lo kafkiano de todo proceso jurídico transmuta su naturaleza opresiva y se convierte en un mecanismo de situaciones chocantes y jocosas, multiplicado al infinito si los testigos lo fueran. Incluso los motivos concretos de los que se acusa a los religiosos, redactados, según las normas, en latín, y que en su momento sonarían terribles para los encausados, potencian lo grotesco del asunto, sin que por ello, dejemos de apiadarnos de los reos, sentenciados a pan y agua, en la cárcel, expulsados del Colegio, y no sin antes ser objeto de “disciplina”, o sea, una contundente tanda de latigazos.
Hay algo que escama. A lo que se ha tenido acceso es a la transcripción del legajo, realizada, probablemente, a principios de los años treinta, por García Soriano. El texto original permanece en paradero desconocido. Sesca no ha podido dar con él. Descartando toda falsificación y teniendo en cuenta la gravedad de lo que trata, uno sospecharía que tras esta misteriosa ausencia-huida del texto original se encuentra el acendrado recato de las autoridades religiosas del lugar, - éste, “mi pueblo y el tuyo”- cuya idea final sería el no permitir que tal documento se expusiera demasiado al público a través de manos profanas. Una de dos: o el original se halla en alguna biblioteca particular, o el Colegio de Santo Domingo, lo ha transpapelado en algún rincón de los sótanos del sótano de sus archivos. La memoria personal es selectiva, dicen los expertos, tendemos a hundir en los légamos del subsuelo de la consciencia los hechos e impresiones desagradables. ¿Qué es lo que la levítico-sotánica-satánica ciudad de Orihuela, según el decir nerudiano, sede episcopal, añeja fábrica de curas pero también patria de poetas, ha hecho con el expediente de los lujuriosos frailecillos? Habrá que seguir investigando(nos).
 
 
 
 

Si el texto anterior se constituye de acciones, de episodios reales, y estábamos, por tanto en las competencias aproximativas de lo narrativo, la Oración es un texto puramente retórico, cerrado, desprovisto de todo relato, de toda incidencia descriptiva extensa, a excepción de un par de desvaídos retazos biográficos. Nos encontramos, pues, en el exquisito ámbito de la palabra técnica, del discurso poético con fines ejemplarizantes. Escribe Barthes: la retórica.. verdadero imperio, más vasto y tenaz que ningún imperio político, cualquiera que sea, por sus dimensiones o su duración… el mundo está increíblemente lleno de retórica antigua.
Basta echar un vistazo al amplio mundo de los mass media, o a las disputas parlamentarias entre el gobierno y la oposición, por ejemplo, para confirmarlo. Lo que resulta tan perturbador como revelador es el origen de la retórica. El citado autor en La Aventura semiológica, nos dice: La retórica, como metalenguaje, nace de los litigios sobre la propiedad a mediados del siglo V
La retórica, pues, como un lenguaje especializado, estaría destinada a defender, definir, promocionar, delimitar y taxonomizar un territorio ideológico. Se ha caricaturizado y criticado su carácter artificial, pero de la retórica surge, ni más ni menos, toda nuestra literatura. ¿Qué hacen, en definitiva, las figuras literarias y los distintos géneros sino ilustrar determinados registros de universo, lo que implica aceptar y aplicar convenciones y normas prescritas? Todo lo que las vanguardias artístico-literarias volatilizaron, fue sustituido por la nueva retórica de las escuelas: dadaísmo, futurismo, surrealismo, etcétera. Ahora bien, según Chantail Maillard el gusto, el dominio, el embeleso en la palabra, en definitiva, sumirse placenteramente en el logos, supone una confesión implícita de misticismo no declarado.
En esta Oración, técnicamente, un exemplum hagiográfico, aunque el personaje que es elogiado no es todavía, sacral y formalmente, un santo, la palabra está forjada, maniatada y dosificada deliberadamente y aunque como todo producto retórico, dependa fuertemente de unos códigos, ello no impide que el texto pueda disfrutarse precisamente como lo que es, un texto, vinculado a una época y a una tradición lingüística. Remitirnos más allá del texto es sumirnos en el desamparo de una falta total de acontecimientos. Lo que el canónigo cuenta positivamente de Margarita es nada. No hay apenas sucesos, no hay acción, todo se ha reducido a la primorosa exaltación de las virtudes y arrobos de esta santa seglar: alguien que, estando en la vida, decidió vivirla no viviéndola. La cuestión que me fascina como lector es la posición estratégica de los personajes en acción: por un lado tenemos el fenómeno, - Margarita-, quien experimenta los arrobos y arrebatos místicos, que no escribe una sola línea y sólo reza, padece y se embriaga: Margarita, pura receptividad mística, pura autoaniquilación, Margarita como el “hecho bruto”; por otro, tenemos a un religioso que es un profesional de la palabra, un retórico, y que va a hablarnos, como especialista en materia mística, de las características de ese fenómeno llamado Margarita. (Cabría preguntarse qué es lo que sucede en la mente de un religioso cuando se encuentra con una persona seglar que se muestra o parece más santa que él mismo….)
Uno pensaría que en un texto como este, lo dialéctico es imposible, que su atmósfera se hace irrespirable si su valor estético no viene en su rescate. Pero, curiosamente, la monosemia no es absoluta. El discurso, liberado a sí mismo, obligado a desarrollos continuos, acaba generando, también, proposiciones casi antónimas a las que expone, como si el orador se respondiera a sí mismo, desdoblado, por momentos, en su oponente. "Quien mucho habla se equivoca", dice el refrán. Algo parecido le ocurre a la máquina retórica, tan consciente del argumento que ilustra como del contrario que pretenda rebatirle.
La tónica general de alabanza de la Oración, viene atravesada por súbitas y dispersas expresiones no tanto de signo distinto, como reveladoras de las marcas cautelosas del propio discurso  cubriendo todas las fisuras. Dice sobre Margarita : y como quien tampoco ignorava que el juntar virtudes sin humildad, es llevar polvo al viento, olvidad por ahora aquel conocimiento propio en que siempre vivió de ser la criatura más inútil, y de que no servía en este Mundo de otra cosa que de dar de hacer á todos”. Después de una ristra de elogios, sorprende este descenso a la llana realidad.
En otro sitio, escribe: ella, en medio de una vida obscura y escondida, acertó á dar gloria á Dios. Inteligente elección del verbo, -acertó -, teniendo en cuenta dónde y cómo glorificó al Señor.
Hay un momento de claro atoramiento. El orador se da cuenta del exceso, del tono casi hiperbólico que ha ido tomando su discurso sobre el júbilo, sobre la cuasi juerga interior de quién no es ni beata, y entonces frena un poco: No quiero yo deciros con esto, que todos los pasos de su vida, todos fueron dulces, todos sabrosos, y todos deleytables, no, no pienso yo así: esto sería hacer sospechosa su virtud.. ¿Sospechosa, de qué? Al parecer, una mística que estuviera constantemente contenta y feliz, ya no sería una mística, sino, probablemente una loca. Sin el condimento del dolor la experiencia mística es mero delirio.
En otro sitio nos encontramos una expresión algo extraña: el deseo de unirse y estrecharse mas y mas con su Dios. O sea, el deseo de unirse no con el Dios oficial sino con el revelado a ella exclusivamente. Distanciamiento especificador del orador. Más sutil se muestra al calificar la gloria que ha disfrutado Margarita en su entrega divina de “accidental”.
Hay un pasaje revelador no ya del funcionamiento del propio discurso, sino de la difusa entidad de la experiencia mística de Margarita: tanto era el gozo que sentía su alma quando su lengua nombraba a la que es Madre de misericordia y no olvidando esta señora que lo es en la realidad, se le apareció en varias ocasiones alentándola y confortándola.. mas como si estos favores no fueran bastantes… La aparición de la Virgen a Margarita es secundaria con respecto a lo que es su experiencia central mística. No constituye acontecimiento. No determina nada. Es una visión más de las muchas que tuvo, lo que hace pensar que no hubo elemento preternatural en su experiencia mística, sino intensas compulsiones mentales. 
Lo que uno se pregunta leyendo trabajos como éste es si el orador, en este caso, el canónigo, era en realidad creyente, si la experiencia religiosa del retórico se reduce al placer verbal. Dualismo palabra-experiencia que habría que desestimar en el caso de los poetas.
Un acierto suculento de Sesca ha sido publicar esta Oración en versión facsímil. De este modo, el texto ofrece cierto componente alucinatorio. Las letras están animadas, es decir, animizadas. He comprobado que la lectura de obras antiguas en sus ediciones originales, ofrece una embriagante impresión sensorial que se va atenuando conforme la lectura avanza y la atención se abstrae en lo que el texto cuenta. Las ilustraciones que encontramos en la Oración, esa serie de viñetas de índole alegorizante, sobre la vida de Margarita, integradas en un solo cuadro,  no acompañan meramente al texto: son la confirmación sensible del imaginario del mismo. Significativo resulta que la imagen encabece al conjunto de las palabras. El hombre, mucho antes de alcanzar la sofisticación de la escritura, se expresaba por medio de imágenes pintadas.

No hay comentarios: