8.2.13

ESCOMBROS LUMINOSOS




 

La aparición del libro de Manuel García, Luz de los escombros en ediciones Germanía, ha coincidido con la invasión de mi habitación por parte de más de dos centenares de cuadernos que ocupando el escaso espacio libre entre la cama y otros montones de libros rebosantes de cajas y estantes, apenas dejan paso para alcanzar la ventana. La presencia de estos álbumes okupas, de este montón de celulosa laminada, de esta proliferación de folios encuadernados y adornados con tipografías ondulantes e incluso, alguno de ellos, con ilustraciones y fotografías, se explica por la labor de ominosa criba que se me ha encomendado al tener que purificar el número de escritos que pretenden optar al Superpremio Internacional de poesía Miguel Hernández.
 
Sin embargo, la espesita tarea de internarme en 200 poéticas, en 200 sensibilidades, en 200 subjetividades, en 200 laberintos sentimentales y verbales, no ha hecho que un efecto de saturación me impidiera disfrutar del sorpresivo libro de Manolo, ya que 200 poemarios, evidentemente, no implican 200 poéticas diferentes, - ya quisiéramos - , ni 200 mundos, ineludiblemente dispares , opuestos o imprevisibles. Es precisamente lo común, la similitud de los elementos temáticos en que se inspiran, lo que le da a este par de de centenares de trabajos un aire de familia meta-política, de hermandad secreta. Y esos “temas” nucleares suelen ser los eternos, los de siempre: la muerte del padre o de la madre, las venturas y desventuras del amor, el paso del tiempo… Todos los poemas son distintos y todos dicen lo mismo, recordaba Octavio Paz a propósito de estas convergencias, de esta Gran Obra que los poetas tejen entre sí a través del espacio y del tiempo. Todos los poemas recibidos ¿son en realidad un solo Texto, un Supertexto, la metáfora de una Voz cósmica, constituida por la pluralidad de las escrituras y de las contingencias vitales de cada uno de sus amanuenses?

Ser pre-jurado del premio me ha dado la estimulante y placentera ocasión de comprobar la perseverancia de la escritura poética, la realidad secreta de tantas experiencias entrañables, y ello a pesar del presunto declive de los valores, de la hiperfamosa crisis, del bombardeo, informativamente, monocorde de televisión y prensa, del acecho del resto de ideologizaciones flotantes, etcétera, etcétera. Desde este punto de vista podríamos interpretar que escribir poesía es una forma de resistencia, quizá la única imbatible, y que no necesita, como decía Bataille, de torpes defensas programadas, pues allí donde menos se la espera, emerge con su mensaje fulgurante, discerniendo mapas de mundos nuevos
 
Ahora bien, la fulguración de la poesía es oscura, valga el oxímoron, y si es algo más que el ejercitamiento en figuras retóricas, quema la voz de quien la dice, precisamente porque exige de la mente escribiente la máxima energía, la facultad más despierta para dilatar las posibilidades del lenguaje y para que éste deje de ser herramienta y se convierta en luz, condenación, aullido, revelación, arrobo.
 
La vocación suicida de la escritura poética la declara ya Manolo García en el primer poema que abre el libro:

Esta escritura resurge
por indelebles espacios,
es inconsistente
aunque defina cuantos vástagos de la vid
son arrastrados por las aguas.

 
Nótese la doble naturaleza de la escritura poética – regresa, renace – es decir, que estando relegada a la invisibilidad, a la disolución aparente, que habiendo sido negada o expulsada de la ejecución o de la consumación, emerge, no muere en tanto diga o exprese lo que tiene que decir ya que esa es una de sus misiones. Ese regresar de la escritura poética es toda una definición de la dinámica poética y de cómo el tiempo es recobrable, tal y como un Proust se empeñó en demostrarnos.
En el caso de Manolo García, la poesía regresa para ajustar cuentas con la memoria, con el dolor irresuelto de una ausencia personal, con los fantasmas que esa desaparición ha producido y conjurar los sufrimientos que confinan el mundo en que todo ello se da tenebrosa cita.
La misión catártica de la poesía es manifiesta en este poemario de Manolo. Un personaje tan dramático como Antonin Artaud, decía, en consecuencia, que la función de la poesía era “purgar angustias”, y creo que Manuel ha ejecutado con admirable destreza esta delicada función en una escritura sin concesiones (de legibilidad) ni intercesiones (excepto las justa y precisamente verbales), es decir, con una conciencia rigurosa de la condensación verbal del poema que distribuye el orden de las imágenes y la representación final de los sucesos morales.
Creo que Manolo ha extirpado, atemperado la dolencia que se estancaba y que en esa operación de febril y cruda escritura, dilucidación poética y sanación son una misma cosa.
 
Tengo un concepto numinoso, quizá algo automático, de lo que es un poeta: el poeta es la retorta viva en la que se purifica la suma de los precipitados híbridos en que consiste una vida, el vaso alquímico andante en el que se condensa puntualmente la más intensa de las experiencias. Por ello, confieso que el virus poético que me asedia gozosamente estos días, con el examen de los poemarios para el concurso y la puntilla final que supone este libro de Manolo, me están llenando de algo cuya complicidad debiéramos confirmar: entusiasmo. Escombros luminosos, los de la poesía.     

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