16.8.13

CARTA

 
 
 
 

 
                                                                                       Guardamar, 08/04/13
 
     Hola, José María. Durante el trayecto de regreso a Guardamar, en la noche del miércoles, me iba prometiendo leer tu poemario lo más urgentemente posible, sobre todo en atención a que no diera lugar el hecho de que me reprobaras, como en otras ocasiones.  Y así lo he hecho.
     Lo primero que me advierte tu lectura es que no debo leer con el corazón, sino con la inteligencia, pues gran parte de tu poesía es pensamiento. ¿Se puede despertar la emoción lírica desde el pensamiento?    Nos podemos acercar a la emoción poética con las dos herramientas.  En tu caso, he utilizado las dos en distintos tramos:  unos poemas, primera y segunda parte, son más de inteligencia, y la última parte, Itinerarios, se deja llevar a veces por el corazón en el sentido de que parece participar más de lo lírico en detrimento de lo reflexivo, que hay en Explicatio y Tesituras.
     Cuando hablo de corazón, no hay que echarle ascos a la palabra, ni a su significado.  Me refiero que, cuando leo poesía, busco pulsión o punzamiento (hago alusión aquí a lo de “punzar” –punctum- como término usado por Barthes en el ensayo de la Cámara lúcida, que sabes que estoy leyendo, y que tú seguramente te acordarás), que me conmueva, que se me escape algo que no pueda detener con el conocimiento, que, en definitiva me avasalle o cautive. 
     En tus textos hay teoría, concepto, debate; y en su última parte el lenguaje se ilumina de otro entorno, se expone más a la  vida.  Hay dos estancias en el poemario que tú muy bien señalas en la presentación.  Se aúnan instrumentación y  práctica, concreción del hecho poético.  Tu libro hay que entenderlo como el maletín de un poeta, donde se advierte de la mecánica, los utensilios, las reflexiones que conlleva trabajar con la materia prima de lo poético, junto a exposiciones de uso práctico.
     Su lectura me ha referenciado ámbitos de Sausurre, Heidegger, Gadamer, Barthes.    Circula la lingüística, la filosofía, la Semiótica … Son temas, como dice Antonio Gracia, propios del ensayo.  Ahora bien, la pregunta es ¿puede un contenido introducirse en la malla de un género que no le es propio?  Pienso que sí, sobre todo si se hace sin perder la esencia propia del género que se vulnera (aunque no considero que tú vulneres el género lírico), es decir, la poesía.
     Cuando tú hablas de la misión del poeta, del poder demiúrgico, de la singularidad de cada poeta como universo individualista o del elemento salvador de la poesía, estás argumentando las líneas de tu mecánica (Explicatio);  cuando en Tesituras rememoras el tema del palimpsesto, el mundo Barthiano de que “el mundo es una ficción impositiva”, o “somos hablados por el lenguaje” (teorías semióticas) …, estás hablando del Referente palabra, que es la materia prima con la que se hace poesía. Todo esto lo haces establenciendo un diálogo con el lenguaje, con las palabras, como dando golpes a los vocablos y sus asociaciones para llegar a ese sentido primero  inocente del lenguaje, que es el revelador. Y esto es lo que a mí, de estas dos primeras partes, me parece auténticamente poético, repito, el intento de hacer hablar el lenguaje fuera de la lógica del lenguaje.  Y eso se consigue con palabras e imaginería fuera de lo convencional, evidentemente.  Sabemos que las palabras vienen con sus herencias y ropajes preformados;  tú buscas el contraluz de la palabra, que sería aquella que se desprende de sus óxidos, de sus ejércitos significativos para emerger desnuda y clarividente.  Pero, es dificil hacer materia poética con aquello que se revela como teórico, pues lo teórico riñe con lo estrictamente lírico, y sobre todo cuando , creo, que pretendes poetizar el objeto poético objetivándolo.  Tu deseo es  objetivar (teoría) la materia prima de lo poético, que son las palabras, alcanzando, como meta, esa isla primigenia de significado considerado como el verdadero significado poético. Es decir, hacer poético aquello de lo que habla de la poesía.  Sin embargo, en este corpus de las dos primeras partes en que tu poesía se desprende de lo poético, hay algunos poemas que avanzan en lo que será Itinerarios y que se impregnan de una mayor emoción lírica:  La vida infancia venerable, Al raso, el enumerativo Memoria, el simbólico La rosa se muta en la rosa y Escala.
     En Itinerarios los poemas que más me han gustado han sido Siesta, el poético y narrativo “Secuencias de un instante”, el brevísimo La gula de las raíces, los encantadores grabados de estética finisecular y Estío.
 
     En resumen.  Tu libro me gusta como “maletín” del poeta, pero sobretodo cuando te acercas más a la vida que a los constructos teóricos;  cuando te alejas del objeto conceptual se despierta el poema y se “ofrenda”.  Me ha emocionado tu empresa, la integridad que has puesto en todo el libro, pues no te escapas de lo que dices y te propones, de esa pátina romántica que supone la “misión” del poeta, de los ecos simbolistas, desfaciendo el entuerto de lo invisible, de la propuesta que supone cada poeta, cada universo, para la gran Obra, de deshollinador de misterios, de los ecos surrealistas, y que J.L.Zerón pormenoriza en el prólogo, y en el que me hubiera gustado que hubiese desarrollado ese amor tuyo que “observa en el destrabamiento  poético del lenguaje una luminosa eclosión de la experiencia interior”, puesto que ahí es donde tu poesía alcanza mayor solvencia.  Me parece acertada la idea de que tu libro –señala J.L.Zerón- se sustente por el surrealismo, pero también lo sustenta la Filosofía, la Semiótica y la Lingüística.  Y me parece una apreciación auténtica el momento en el que advierte que eres poeta físico, sensorial y también metafísico, fundamento de tu universo creativo. 
     Y bien, una observación quería hacerte, ya terminando.  Es el uso de las locuciones adverbiales o nexos adverbiales o incluso adverbios, que , en ocasiones, se convierten en montículos u obstáculos inexpresivos, como inoportunos hombres de gris en aquella novelita de Michael Hende, Momo. Por ejemplo, en el poema Fanal, terminas el verso con “de pronto”. De todo ese poema, sobra la locución adverbial, pues no es nada lírica, ni por asomo. Rompe el equilibrio del poema…  Y otro ejemplo,  en La mano, 1841, hay un verso que dice “como si, paradojicamente”, donde no tiene nada lírico unir un enlace adverbial de modo con un adverbio;  ese verso es un islote sin significación poética, a mi modo de ver, claro. Y cuidado con los adverbios terminados en “mente”, que al hacerse próximos en un poema desencadenan un ruido molesto “continuamente…paradójicamente”.
 
 
Bueno, Jose.  Me despido con un fuerte abrazo. Me alegro mucho que hayas publicado, ahora una nueva etapa tienes entre tus manos.  Hasta pronto, amigo…, y ¡cuidado con los africanos que entienden más de leyes que de arte!
 
                                                                      José Luis Navarro Vallejo



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