17.12.14

EUREKA, de ALLAN POE: EL DESENLACE CÓSMICO IMAGINADO



 
 

Sabemos que el tiempo modifica el significado de los textos. Los paradigmas que pretenden encauzar el saber producen, a través del tiempo, el juego de las interpretaciones en el seno de las sociedades. Tanto los géneros en los que fueron escritos como la recepción de tales textos, varían a través de las décadas y los siglos. Los conceptos, las mentalidades, los baremos valorizadores sobre los que tanto nuestras interpretaciones como los conceptos vehiculados en tales textos se basan, desplazan sus ubicaciones y signos. La “ventaja” que nos ofrece un texto como el de Eureka es el de su permeabilidad interpretativa, su carácter híbrido.
No estamos ante un normativo tratado de astronomía o de física, es decir, ante una obra sistemática, aunque aparentemente se presente como tal en tanto que pretende la exposición y explicación de unas hipótesis. Tampoco  ante una mera especulación que evite una imagen del mundo concreta y el plan de su génesis cósmica. Para ser justos con un texto como el de Eureka, no sólo es necesaria una elemental contextualización de los contenidos, calibrar la competencia de los mismos, sino comprender desde dónde escribe Poe. Sortear el análisis positivo y ensayar un abarcamiento tanto conceptual como sentimental, es decir, estético, de lo que se nos quiere comunicar en la obra, nos permiten leer este texto de modo distinto a un discurso científico, de un modo más afectivo.






En las primeras páginas de Eureka, apenas iniciada su exposición, y tras advertirnos de que leamos su obra como un poema, Poe privilegia el poder teorizante y especulativo de la imaginación ante las inercias de la tradición y la acumulación del saber académico. Pone el ejemplo de Kepler, de cómo en su tiempo fue despreciado por ser sólo un “teórico”, y cómo, después el conocimiento experimental fue corroborando sus intuiciones.

Poe nos demuestra con su Eureka que la imaginación no es  en lo relativo al pensar, un efecto retórico aislante, un mero auxiliar del discurso, sino algo más que un recurso:  la potenciación de la razón, incluso la mayor capacidad del intelecto para combinar presupuestos científicos conocidos y ficción teórica, adelantando y vislumbrando una imagen de las cosas, susceptible de ser corroborada después por el conocimiento positivo.

Imaginar implica saber desplazarse, mentalmente, en el tiempo y en el espacio, reconstruir itinerarios, colocarse en el lugar de los protagonistas de la reflexión, en este caso, la masa vertiginosa de los átomos. Esta, como se podrá ver, no es la posición ni la actitud que un científico adopta ante su objeto de investigación, sino la empresa de un poeta.

Poe insiste en ello, en imaginar. Hay que imaginar no para fantasear erráticamente, sino para producir conjeturas, para sondear problemas, para multiplicar las perspectivas desde las que analizamos algo. En este sentido Poe se asemeja a un Deleuze, para quien filosofar era justamente esto. No basta, pues, con calcular o cuantificar. Hay que imaginar, sobre las bases de lo ya conocido, precisamente para lograr superar nuestras posiciones actuales y lograr instalarnos en una ubicación que nos facilite una visión integral, general, original, del problema.

 




Esta exaltación del poder de la imaginación está en acorde con la importancia que para Kant tenía la misma en el proceso lógico del pensar, o el papel fundamental como generadora tanto de problemas como de conceptos – la solución a tales problemas - , destacado por el mencionado  pensador francés Guilles Deleuze; o lo que para un autor como Lezama Lima, significaba como fecundadora de épocas y mundos, ya que la imaginación recrea,  anticipa o “conoce”  las concurrencias del azar; del mismo modo que importante puesto tiene la imaginación en aquella observación famosa de Borges al conceptuar las grandes obras filosóficas como obras literarias.

La imaginación añade un aura de iluminación profética a lo meramente constatado o sabido. En Eureka es  gracias a la imaginación como Poe, basándose fundamentalmente en la ley de gravedad newtoniana, y teniendo en cuenta, auxiliarmente, el resultado de las últimas investigaciones astronómicas de la época, desarrolla, a través de una ágil demiurgia verbal,  la prolija descripción del entramado cósmico partiendo de un punto, el centro originario, el Big Bang, diríamos hoy, un centro sin lugar ni tiempo, el umbral de la eternidad, que a través de la irradiación crearía y expandiría la multiplicidad de los cuerpos, y tras haber llegado a su expansión total, iniciaría el proceso regresivo hacia el origen para consumarse de este modo  en la unión del Principio que es de este modo, también el Final.






Es notable la ambición de Poe. Lo que quiere es llevar a cabo una descripción del universo “espiritual, material e individual”. ¿Individual? ¿Cómo preservar al individuo frente a la totalidad indistinta que supone la masa cósmica? Poe lleva a cabo una diferenciación simple entre fuerzas de orden antagónico. Nuestro conocimiento, dice, del funcionamiento de la materia se basa en la acción de dos tendencias opuestas: la repulsión y la atracción. Gracias a estas fuerzas opuestas, la materia se distribuye y ordena, y no existe otro modo de concebir la disposición de las cosas que de esta forma.
Es interesante observar que cuando afirma esto, reducir la dinámica universal a la acción de fuerzas contrarias, asignando a tales fuerzas significados de orden moral – la electricidad representaría la repulsión, la fuerza vital del pensamiento, en contraste necesario con la gravedad, que sería la expresión del instinto común de la materia, su tendencia a la unión harmónica, - descubre al poeta que es Poe, afiliándolo a restos de aquel pensamiento renacentista de índole animista, según Cassirer, que dotaba a “las fuerzas”  de misiones y operaciones determinadas.       

 



Poe piensa como un poeta cuando contempla un destino común a la complejidad universal, cuando afirma que la heterogeneidad de la vida y de la materia participan de un ritmo que las integrará a la totalidad, cuando subraya la interdependencia de lo diverso en el seno de la totalidad viviente. Aquí resuena, aplicado al mundo sideral, el bosque de símbolos baudeleriano. Las correspondencias poéticas que el romanticismo y el simbolismo señalarían como el funcionamiento poético del mundo que el poeta descifra y canta, equivalen en la teoría poeiana a la dependencia entre sí de las leyes que configuran el universo. El universo es, por consiguiente, una trama, un tejido de cuerpos individuales, como las casillas bancas y negras que se alternan sin confundirse y que configuran, en su conjunto, el tablero de ajedrez o de damas.    

Cuando Poe señala que aunque podamos cuantificarlos, no sabemos lo que es en realidad la electricidad, ni el magnetismo, ni la gravedad; cuando dice que no somos capaces de abarcar las distancias galácticas, aunque pretendamos que queden consignadas en un cálculo matemático; cuando destaca que en vez de caos, en vez de extensiones sin sentido, la naturaleza se organiza y se basa en una geometría innegable, Poe está obrando como un poeta que se sorprende ante ese objeto increíble que es el universo,  nos está llamando a que lo veamos como si fuera la primera vez, que asistamos ante el misterio de la primera impresión y admitamos la acción admirable de una voluntad – singular coincidencia con Schopenhauer - configuradora de toda esa complejidad, perfectamente ensamblada.

También es cierto que cuando Poe insiste en que el universo es prioritariamente geométrico y sólo comparable a una gran esfera de cristal, delata las embriagueces del esteta ensimismado en la idea, pero aún así, ello no es un obstáculo para que arrostre cálculos, analice teorías y defienda su hipótesis.

Paul Valery hablaba del dolor del intelecto. Poe hace ese esfuerzo, pone a funcionar su talento e imagina el universo, inventando para él un fin: volver a la nada, al punto infinitesimal, a la superpartícula de la que partió.

Cuando Poe habla de la independencia de los átomos y de que tal independencia tejida sobre la base de la atracción-repulsión de los mismos configura el progreso del universo, recuerda el concepto de rizoma que Deleuze exponía a la hora de definir un concepto dinámico de la realidad y en la que lo imprevisible, lo indeterminado son sus componentes esenciales.
Las propias hipótesis que pretende exponer son frutos deductivos de la imaginación. No hay una dilucidación “imaginaria” de las hipótesis, sino que estas son productos terminados, previsiblemente, de la imaginación, las formulaciones teóricas de lo que ha imaginado-desarrollado previamente,.
A través de un pluralismo harmónico, Poe preserva la independencia y soberanía de cada ser individual; con el monopluralismo, hace que cada uno de esos seres y de lo que están compuestos, compartan un origen común. Esto tiene una repercusión moral, pues en el ámbito de la dicha en que las almas serán esclarecidas, la ley de un origen común y la autonomía de cada existencia, impedirán que un ser sea mejor que otro. Todos compartirán un mismo fulgor. A ojos de la Divinidad, todo ser tendrá la misma importancia.







La vívida especulación de Poe, la heterodoxia que le brinda su capacidad de escritor, han permitido que lectores actuales de su Eureka crean descubrir en esta obra vislumbramientos de la Energía Oscura o del Big Bang o del universo cuatridimensional. Lo que sí es cierto es que su hipótesis es un sofisticado poema en el que lo que importa no es tanto el destino del universo como nuestras percepciones del mismo, y cuyo texto tiene un memorable final para quien lo haya leído con devoción.   
 
Nosotros, ahítos de información, pletóricos de tecnología y medios,  que conocemos un universo presuntamente más complejo que el de Poe, el universo que ha producido la teoría de la relatividad,  la mecánica cuántica, del mundo subatómico y fractal, un universo abierto y no cerrado, en expansión indeterminada, ¿somos capaces de ver, de dar el salto de Poe, somos capaces de tener una visión unitaria de la complejidad?  

10.12.14

ALI BEY: IDENTIDADES NÓMADAS



Domingo Badía -Ali Bey



Ya he hablado en este blog, reseñando la edición en español de su diario, de la figura de Isabelle Eberhardt, la indómita ruso-alemana convertida al islam, suerte de rimbaud femenino, amante proverbial y apasionada  de las infinitudes del desierto. Aunque diferente en su motivaciones originarias y obedeciendo a otras circunstancias, el “caso” de Isabelle me hace recordar al de Ali Bey, el gran príncipe abasí, incansable viajero de todo el orbe musulmán, bajo cuya noble indumentaria y prestancia se hallaba el ciudadano español y espía, Domingo Badía.



Isabelle Eberhardt
 
A ambos personajes yo los denominaría identidades nómadas. Una y otro, pasan la mayor parte de su vida en mundo musulmán, conviven con ellos, se convierten a su religión, adoptan trajes y costumbres, conocen su pensamiento y lenguaje de los que llegan a investirse, pero no sepultan sus orígenes; es más, no dejan de permanecer toda su vida en una suerte de  puente medianero entre ambas culturas, la adquirida y la originaria, estableciendo entre ambas, correspondencias equilibradoras  según prioridades personales y tesituras: Isabelle vive y ama en suelo musulmán, pero escribe sus  novelas para lectores europeos; Ali Bey, espía para los europeos, pero se proclama musulmán

Reflexionando sobre la aventura de estos dos europeos que, yo diría, no decapitan ni metamorfosean sus identidades sino que las potencian al vivir como musulmanes, recuerdo aquel cuento de Borges en el que, si no recuerdo mal, una inglesa, al ser cautiva por los indígenas, se convertía en una india feroz, al tiempo que un bárbaro llegaba a ser patricio romano. 

El cuento borgiano nos indica la no fijeza de las identidades culturales, la falibilidad de una determinación absoluta de las mismas en la persona. Una alteración del contexto, un gesto de la voluntad y nos vestimos con orgullo con las ropas del supuesto enemigo.  

Isabelle Eberhardt elige un continente sentimental nuevo como protesta contra el propio que habita: su complicada situación personal, la inestabilidad familiar que padece tienen como resultado final una huida del entorno simbólico y cultural. Qué significativas son esa anotaciones en su diario sobre las ropas – ostentosas, provocativas- de las europeas, que detesta con toda su alma. Precisamente, por ser una personalidad libre, Eberhardt se va donde se va, o se atreve a ir a donde se fue.
 

La Kaaba, en un dibujo de Ali Bey


 Ali Bey, alias Domingo Badía,  - o a la inversa -  tiene como misión espiar los países árabes para los gobiernos francés y español. Porque ya le interesara ese mundo, o porque le fuera inevitable hacerse al mismo al serle encomendada su misión por Godoy, se reconoce musulmán viviendo entre musulmanes. Al tener que desenvolverse y vivir en un mundo distinto ¿acabó "contagiándose" de ese mundo, aceptó ser musulmán para hacer su trabajo mejor, o porque el descubrimiento del mundo musulmán le cautivó, finalmente? Ali Bey no se adapta meramente al mundo musulmán: acepta su universo y su religión, aun sabiendo, muy claramente, lo que le distancia de los mismos. ¿Es una propiedad de la plasticidad  del espíritu, no sólo adaptarse sino, incluso, amar lo que te han ordenado que vigiles y controles? ¿Es la virtud del supremo espía el que “simular” durante años ser otro, produzca tal efecto de mimetismo que pueda suponérsele del bando contrario? Tanto tiempo viviendo en una sociedad tan distinta a la de origen, ¿acaba convirtiendo, realmente, a uno, en el que simula ser?

 En esos límites movedizos,  en esos colindamientos, se encuentra el Ali Bey que se desprende, al menos, de la lectura de sus libros de viajes. Es tanto de un sitio como de otro. Por ello  lo que me fascina en Ali Bey no es tanto lo exótico de su cambio personal sino su vacilación entre la identidad propia y la adquirida, su oscilación, su simpatía oscilante entre ambos mundos.

 Como científico occidental, cuando hace mediciones del terreno y sondeos climáticos, critica la reacción beligerante, supersticiosa de los nativos, pero cuando invoca a Dios se declara musulmán, y es entonces cuando advertimos como remota esa “bella Europa”, a la que se refiere, fugazmente, en sus notas.

Ali Bey es el tercer europeo en entrar en La Meca, y el primer español en hacerlo. A pesar de que su educación es europea y se trate de un auténtico ilustrado, a cuyo  bagaje se sume el carácter viajero y aventurero, su retrato de los países árabes creo que resulta justo, teniendo en cuenta la misión que se le había encomendado y de la cual, sus viajes escritos son un informe ineludible.

Precisamente, de la situación social y cultural de La Meca, hace un balance aplastantemente negativo. No por ello deja de reflejar que la entrada de pergrinos de todos los puntos del planeta a la ciudad del profeta, resulta el espectáculo más memorable del mundo:
 “No, no hay culto que presente a los sentidos espectáculo, más sencillo, más tierno, más majestuoso. Filósofos de la tierra, permitid a Ali Bey defender su religión… todos los individuos son iguales ante el creador; todos se hallan íntimamente persuadidos de que sólo sus obras los acercarán o los alejarán del Supremo, sin que ninguna mano extranjera sea capaz de alterar el orden de esta justicia admirable. ¡Pero qué desgracia que, con tantas ventajas, no seamos por eso mejores que los otros religionarios!

¿Son estos los recuerdos de un mero espía; escribe semejante elogio para engañar a no se sabe qué futuro lector; sigue siendo un espía al redactar sus memorias?  Es evidente que el animo, la simpatía de Ali Bey están en la frontera. Quien escribe los libros de viaje no es, a veces Ali Bey y otras, Domingo Badía, sino una vibratoria alternancia, una mezcla de ambas identidades en una. Ali Bey protesta por la injusticia y la decadencia en que se encuentra sumida la civilización árabe, pero también constata su belleza y valora su espiritualidad como una de las más notables.   

La edición de los viajes de Ali bey  que he leído es la que publicó hace unos años la editorial Óptima. Sospecho que la edición que ha salido algo después, la de Almed, debe ser preferible, pues encuentro en Optima, algunas rarezas sospechosas de impropiedad, por ejemplo: menciones a Dios en minúsculas, que dudo mucho, Ali Bey-Domingo Badía, se atreviera a escribir en su época.   

1.12.14

AFO-RITMOS






Soy de mí el vértigo restante.

 

Accedo a departamentos de mi memoria a través de un olor, de un nombre, de una música, de alguna suerte de sinestesia.

 

Mis paraísos artificiales son los libros y la música.

 

Precisión sonámbula.

 




 

El pensamiento es epifanía formal.

 

Cuando hasta a lo genial le sospechas el mecanismo es cuando apetece de verdad cierto distanciamiento, cierto silencio, contentarte con la belleza de todos los días.

 

El Mal es algo demasiado triste y desagradable. El Diablo es sólo un pícaro, un chico listo.


 

Las prioridades se articulan por sí mismas.

 


Los americanos producen genialmente bien lo que estamos hartos de consumir y volvemos a consumir porque nos hemos hecho adictos de ese consenso estético.


 

Inmolar… un verbo demasiado sublime y solemne para aplicarlo a la acción de pobres diablos destinados a la más estricta de las nadas.








El estilo filosófico es un gozar el desciframiento del mundo a través de determinadas frecuencias semánticas.


El apaño secular: si la mujer es una interesada, al hombre sólo le interesa una cosa: la mujer.

 
No conviene releer los aforismos. El sentido revelado en la primera impresión podría comenzar a producir redes de versiones en la segunda.


El discurso sobre la cosa habla sobre otra cosa

 
En un sistema de discursos en liza no hay verdad, hay proposiciones discursivas.


La humanidad hace tiempo que perdió el guión de sí misma y sólo sueña convulsos eternos retornos.

 
Hoy no noto la fragilidad de mi cuerpo. Fluyo. Estoy, casi, metafísico


Antes la energía quería un cuerpo para confirmar su existencia, hoy el cuerpo es energía y ésta sólo se hace inteligible a través de una teoría que cuasi comienza a convertirse en teología.



El estado quisiera amarme, pero, ineludiblemente, para él sólo soy estadística.


Hemos sufrido una silenciosa derrota: nos han convencido de la necesidad de utilizar cámaras de seguridad.
 

Las cámaras de seguridad son instrumentos singularmente estúpidos: pueden estar grabando una pared durante horas.

 
Si no somos más que lectores del mundo, cuál es el texto original.


Si somos lectores del mundo, el texto lo leemos conforme lo escribimos.

 
Discursos como flujos autónomos paralelos.


Tras tanta retención, escribo casi por inercia

 
Hay hombres que se sienten bien en el dogma,  digamos que se instalan en él y van recreando los circuitos interiores sin cuestionar los bordes. Lo que ocurre es que producen cierto hastío, cierto acoso perceptivo en los que no utilizan ese acomodo intelectual, en los que están, digamos, "fuera" de ese ligero bunker.

 
El tiempo se va ordenando solo: retenemos los mejores y más intensos recuerdos, y lo malo se va enterrando en la ceniza constante.


El vacío se desblinda a través de la forma.

 

 

Cada discurso- ideológico, religioso – en su tronera, dispuesto a satisfacer las expectativas de sus demandantes.

 

Los actores son los que más practican la catarsis y los que, por lo que supone su trabajo,  con más asiduidad se hacen sus beneficiarios comunes. El reconocimiento de ello se constata en el respecto con que el público los trata después de haberlos visto en escenas grotescas, violentas o humillantes.

 

Ineludiblemente, nominar es bautizar. Estamos constantemente bautizando - profanamente - esto y aquello y de este modo, también, sancionando.

 

Pensaría que el viento es ágrafo: su lenta y minuciosa escritura sobre las rocas sólo se hace evidente al cabo de milenios.

 

La memoria es una forma tenue de eternidad.

 

Un conjunto de nexos fluye en la lectura y conforma el texto.

 

 Hemos llegado al colmo de sentir pudor de ser elegantes intelectualmente.
 
 
Las audacias de los otros nos producen desconcierto y admiración: de pronto la estructura rígida de las cosas puede ser subvertida, amanece la libertad a través del acto de una sola persona.

19.11.14

LA PIEDRA DOMEÑADA






Resultan difíciles de describir esos estados de contemplación profunda que te asaltan, de alucinación, a plena luz del día, ante la visión de un edificio, una pintura o un paisaje. Quizá la forma óptima de comunicar estos estados sería a través de un poema, es decir, hablar directamente desde la ensoñación antes que analizar impresiones.    

A finales de octubre, un viernes, hacía una tarde tan exquisita que salí a andar.
Mis merodeos entorno a ningún sitio, con todos los sentidos dulcemente alertas, me llevaron a las proximidades del colegio Santo Domingo. Al pasar por el aplastante muro de la enorme fachada, me di cuenta de una figura que nunca había advertido o que no recordaba haber visto nunca. Esto, la novedad, se sumó al grado de fascinación contemplativa de la figura, creando una sensación de entretenido desconcierto.

Rematando la tercera de las puertas del colegio, sobre la hornacina en la que se encuentra la figura de Santo Domingo, se eleva la imagen de una figura envuelta en velos. Se trata de una figura típicamente barroca: un torbellino de pliegues y drapeados en cuyo extremo retoza un rostro de edad y sexo indefinido. Se trata de una alegoría de la Sabiduría. En su mano derecha porta la indefectible pluma, instrumento y signo de la escritura selecta.






La ubicación en la altura soleada, el tamaño considerable de la estatua, el haberla “descubierto” en la calidez de una hora otoñal, abandonado a las ensoñaciones de paseante solitario, todo ello impregnó de una poesía concreta y ondulante ese jalón de mi itinerario.

Eso estaba ahí, esa belleza estaba siendo delante de mis ojos, lo mágico se estaba produciendo a ojos vista, de pronto, así de real y gratuitamente. La imagen alegórica de la Sabiduría, rodeada de toda una frondosa serie de motivos barocos, estaba aconteciendo, y yo era el único y casual testigo de ese acontecer.

Lo sorpresivo es que estemos rodeados de arte, de belleza, de signos. La belleza es evidente, no habita en ningún inalcanzable confín, se desprende ante nuestros ojos. Ésa es la moraleja del itinerario sin destino: descubrir que estamos rodeados, flanqueados, cuasi escoltados por la excelencia. La función empobrecedora de la monotonía hace que no seamos, a veces, conscientes del legado que nos rodea; un legado que, por otro lado, ha sido expoliado, destruido o tendenciosamente mal interpretado. El arte sacro, aunque se haya producido bajo los auspicios de la Iglesia, no pertenece a la Iglesia: es manufactura del hombre. El arte sacro, sin el trabajo y la inspiración de los artistas, hombres seculares, no existiría. El arte sacro, sin los motivos y estilos del arte clásico, sería inimaginable.

Lo que sigue sorprendiéndome, y, fenomenológicamente resulte surrealista, es que de la dura piedra, del lienzo plano de una pared inmensa, se desprenda – se siga desprendiendo, se esté desprendiendo ahora mismo – un profuso y ordenado conjunto de abalorios, cintas, espumas , esferas, flores y cenefas,  formas celestes en harmónica irradiación. Qué ocurre ahí, podríamos preguntarnos. Si convenimos que difícilmente se trate de una paraidolia extraordinaria, tendremos que definir el fenómeno como un gesto complejo inducido en la piedra por la imaginación humana. Cuando el tiempo erosione la forma, todo volverá a ser sólo piedra. Pero el tiempo, precisamente, nos habrá dado el tiempo suficiente para que hayamos  entendido- esperemos- cómo y cuántas veces el hombre sorprende al hombre al permitir que el símbolo emerja del vacío.    

 
 
El barroco en acción. los mil y un objetos al ataque. Dinamismo de lo inmóvil. Casi suena la piedra.
 
 
 
Tocata y fuga de la piedra.
 
 
 
Los bucráneos, antiguas expresiones de sacrificios, flanqueados por las ruedas eólicas de los rosetones 
 
 
El diablo como portero es la máxima humillación del mal: le obligamos a que nos abra las puertas de la salvación al mismísimo demonio, vencido y ridiculizado.
 
 
Ninfas romanas, cornucopias, angelotes, trasuntos de quimeras.
 
 
Más motivos profanos guardando el misterio de lo divino.
 

13.11.14

NOTA DE DIARIO


 


Tomo el café, sentado ante la puerta deslizante de la galería, intermedia entre la habitación de mis padres y el exterior (este tipo de puertas siempre me han recordado escenas de lujo en películas norteamericanas de los años setenta). Justo enfrente, tengo el edificio de la Residencia Miguel Hernández. El balcón del primer piso está abierto. Las estudiantes entran y salen cantando a dúo y asomándose. El otro día vi a una de ellas en ropa interior, al tiempo que su compañera advirtiendo mi presencia, me lanzaba un simpático y pícaro saludo. Qué encanto esta seducción a distancia. Recuerdo las notas del diario de  Barbey D´Aurevilly sobre aquella bella vecina que divisaba en la ventana del piso de enfrente y con la que mantenía un excitante juego de miradas y simulamientos. Yo dejo caer un trozo de cortina para poder ver fuera sin que me vean. Coloco los pies en un taburete comprado en Domti que parece un robot de película de los años cincuenta. Me recuesto con mi libro y mi café. Afuera suenan los cantos de mis vecinas y la radio que tienen puesta. Hace una temperatura deliciosa, es un otoño templado, casi caluroso. Los de la fábrica de embutido hablan a gritos abajo, en la calle. Se escuchan portazos, pero no molestan: estimulan , son puertas de furgonetas. La gente trabaja, feliz. Todo marcha. El sol toma con dulzura la fachada de la residencia: la luz reflejada, entra directamente en el piso en donde me encuentro y perfila con suavidad y precisión a la vez,  cada borde, cada superficie, la página tersa del libro que leo. La luz es un estamento de vida. Entono los ojos y tomo un sorbo de café. Me abandono por unos instantes a la contemplación del momento del que yo también formo parte. El cuerpo relajado, atravesado por una vibración tranquila, música sonando tenuemente, voces jóvenes tintineando entre la luz, murmullo de ambiente urbano de fondo,  todo este conjunto de impresiones, girando lentamente en una harmonía súbita. Ausencia de toda crispación. “A la hora de la siesta tenía que ser”, me digo con los ojos entornados, y pienso en las reflexiones poéticas de Macedonio Fernández sobre la Siesta. Ahora, de pronto, es la perfección. Percibo un remedo de paraíso. Sólo unos instantes más tarde, acabando mi café y yéndose el sol de la fachada, este momento de delicia, desaparece del mismo modo como ha aparecido. Yo cambio de humor; la sombra se hace en la ventana de las chicas. Me apetece mucho menos seguir leyendo. Pero el rato sin tiempo que he disfrutado tiene una lectura simbólica: extraigo un modelo de la dicha, que no me salva de nada, que no basta por sí mismo, pero que, en medio del enjambre contradictorio de las cosas, se ha producido y yo he sabido entrar en él, abandonándome.

 

10.11.14

POEMA

 
 
 
 

 
 
Si como dice el filósofo moderno
escuchar es verbo evangélico,
es en las frondas de la palabra
donde se identifican
nuestros reinos.
 
Cada hora es un poema posible
sobre la creación del mundo
y los infinitos instantes
que tejen esa hora.
 
Cada poema festeja un símbolo
y celebra que las almas inquietas
al fin se encuentren
al amparo alborozado
de una mirada y un susurro.
 
 
Tu palabra y la mía
son el brillante convenio
entre dos orillas opuestas
que convergen
al escucharse


6.11.14

LIBROS / LECTURAS


Al inicio del verano me apetecía, debido esos ciclos que van sucediéndose íntimamente en la memoria, leer  algo escrito a principios de los años sesenta. “Al punto”, como diría un roman medieval, me encontré en un periódico con una reseña del libro Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, de John Steinbeck, obra publicada, precisamente, en 1960. Justo la época y el ambiente  que deseaba explorar – el Estados Unidos de la guerra fría – a través de un escritor de primera línea que, hasta el momento, había evitado prejuiciosamente al adscribirlo maniáticamente al realismo literario. Supuse que tal adscripción estilística no funcionaría en los apuntes de un cuaderno de viajes sino en mi favor, suministrando el tipo de datos y anécdotas de los que quería disfrutar.
 
 
 
Según Gustav Jung, soñar con viajes sugiere cambios drásticos en la vida, incluso la premonición de la muerte. Lo cierto es que Steinbek decide recorrer solo Estados Unidos, acompañado únicamente de su pequinés azul metálico, Charley, empujado  por el resorte de una obligación moral.
La ventaja de los países grandes es que se hacen explorables por sus habitantes, se convierten en rosarios probables de geografías e idiosincrasias. La impresión que uno tiene leyendo a Steinbeck es la de una transmisión fluyente e imparcial de la realidad. Steinbeck es tan típicamente verídico que muchas de las escenas que describe, las hemos visto nítidamente representadas en el cine. Esta analogía, que no mera simetría, nos revela el arte y la franqueza de Steinbeck.  Lo extraordinario de este periplo por los distintos estados, es el hecho de viajar mismo, es decir, el de atravesar la tierra mítica, la tierra natal. Para nuestro placer  de lectores,  Steinbeck viaja por su país casi como un extranjero. Su “condición” de escritor es, precisamente, lo que le hace parecer así,  un forastero neoyorquino que se interesa por las peculiaridades locales, que se sorprende y desconcierta ante las diferencias raciales entre el norte y el sur, convirtiéndose en exacto notificador tanto de los detritus que el avance de las ciudades producen en sus márgenes como de la variedad de las bellezas paisajísticas. Resultan interesantes las conversaciones sobre los rusos, que recoge de las personas con las que va encontrándose. Ninguna especial enemistad, sí un temor difuso y algunos sorpresivos gestos de ironía. Como dijo la reseña que en su día apareciera en el país del autor de Las uvas de la ira,  el presente texto es “una delicia”.




 

Otro libro de viajes, pero este escrito un siglo atrás. A través de los trabajos de Walter Benjamin sobre París como capital cultural, por antonomasia, del siglo XIX y la obra de Baudelaire, todos conocemos la genealogía de la figura del flanêur : personaje anónimo de las ciudades que vaga de aquí a allá, como sordo testigo de la decadencia, de los márgenes huecos de la historia. Lo que no sabíamos es que un escritor alejado, en principio,  de Baudelaire, aunque quizá no tanto, como fue Dickens, se dedicaba a publicar sus crónicas secretas de paseante solitario por el Londres brumoso de la época, o como viajante  incógnito en tierras francesas, para acaso, confundirse con un flanêur más. Bajo el explícito título de El viajero sin propósito, se reúnen, por primera vez en español una selección de estas crónicas.

 


Un conocido, maliciosamente, me había avisado de que la poesía de Eloy Sánchez Rosillo es gris y que el propio Sánchez Rosillo es gris, también. Entonces, en estos términos, ¿lo contrario, en Murcia, de un Eloy Sánchez Rosillo sería un Soren Peñalver, por ejemplo?

Me he leído El sueño del origen, y me ha gustado. Cada uno define su territorio al trote que lo hace. A estas alturas, lo que nos interesa es que los poetas que tenemos a nuestro alrededor escriban, hagan obra. Que nos den señales de que siguen ahí. Que cierta complicidad no se haya disuelto. La veracidad de un poeta reside en la franqueza de su escritura. Con la poesía de Rosillo se levanta un debate interesante, para quien lo quiera ver así, entre expresividad y autenticidad. Quizá,  leyendo a Rosillo uno no vaya  a tener una experiencia psicodélica arrebatadora, ¿pero quién me asegura que no, otro tipo de experiencia más venerable?

 

RBA editó hace pocos años un conjunto de textos autobiográficos de Augusto MonterrosoLa letra E, inicia este volumen, al que le siguen otros que, indistintamente, podrían habérsele sumado sin título que los especificara: Pájaros de Hispanoamérica, y Literatura y vida. Como para hacer mucho caso a los títulos que Monterroso pone a sus deslizantes obras. Un fino humor como bajo continuo, aderezado de amistosa agudeza, constituyen el  motor de la escritura monterrosiana. Sus memorias son las de alguien que ha concebido la literatura como un juego sutil, pero huyendo con pánico, de cometer el pecado de la pedantería.



 

El maestro de la brevedad y del equívoco, evoca en breves retratos a figuras como Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Luiz Cardoza, Horacio Quiroga…, o nos habla de sus encuentros con otros escritores por Europa,  su fobia a las conferencias y las anécdotas con los editores.
La obra de Monterroso merodea los márgenes de lo literariamente centrífugo y lo aforístico. En estas páginas menciona a Stanislaw Jerzy Lec, autor que poco antes de adquirir el volumen de Monterroso, descubrí en una librería, a través de una edición reciente en Pre –textos.

 

 

La obra que hace famoso a Jerzy Lec y que es a la que Monterroso alude, es su vitriólica colección de aforismos Pensamientos Despeinados. Cuando empecé a leer el librillo, desestimé la idea de anotar o subrayar, porque tendría que enfurruñar el volumen entero al no haber, apenas, una línea olvidable. El polaco Jerzy Lec es el autor de alguno de los aforismos más lancinantes y memorables de los que tenemos noticia en este género. Maestro de la agudeza y del desamparo, Lec hace suyo aquello de que un pesimista es un optimista bien informado.

 
Las rosas huelen profesionalmente.


No seas snob. No mientas nunca si la verdad es más rentable.

 
Nos queda poco tiempo. La eternidad nos sigue amenazando.


Lo que nace sin vida tarda mucho en morir.
 

Los muertos callan…hasta que el tiempo hable en su favor.

 
La fe ciega mira de reojo.

 
El hecho de que estuviera muerto no probaba que hubiera vivido.

 
Estoy a punto de reprivatizar la vida interior.


Lo más difícil es pegarle fuego al infierno.

 
 
El aforismo que parece tener algo de frívolo, que parece un lujo del pensamiento, desmiente en Lec lo meramente lúdico. Lec pasó por la guerra y sufrió los totalitarismos de ambos bandos: el de los nazis y el de los comunistas. De ahí que su trabajo se revista de valentía y su palabra, debidamente contextualizada, nos haga valorar sus incisivas fulguraciones aforísticas como una ácida reacción ante un mundo en decadencia.