19.11.14

LA PIEDRA DOMEÑADA






Resultan difíciles de describir esos estados de contemplación profunda que te asaltan, de alucinación, a plena luz del día, ante la visión de un edificio, una pintura o un paisaje. Quizá la forma óptima de comunicar estos estados sería a través de un poema, es decir, hablar directamente desde la ensoñación antes que analizar impresiones.    

A finales de octubre, un viernes, hacía una tarde tan exquisita que salí a andar.
Mis merodeos entorno a ningún sitio, con todos los sentidos dulcemente alertas, me llevaron a las proximidades del colegio Santo Domingo. Al pasar por el aplastante muro de la enorme fachada, me di cuenta de una figura que nunca había advertido o que no recordaba haber visto nunca. Esto, la novedad, se sumó al grado de fascinación contemplativa de la figura, creando una sensación de entretenido desconcierto.

Rematando la tercera de las puertas del colegio, sobre la hornacina en la que se encuentra la figura de Santo Domingo, se eleva la imagen de una figura envuelta en velos. Se trata de una figura típicamente barroca: un torbellino de pliegues y drapeados en cuyo extremo retoza un rostro de edad y sexo indefinido. Se trata de una alegoría de la Sabiduría. En su mano derecha porta la indefectible pluma, instrumento y signo de la escritura selecta.






La ubicación en la altura soleada, el tamaño considerable de la estatua, el haberla “descubierto” en la calidez de una hora otoñal, abandonado a las ensoñaciones de paseante solitario, todo ello impregnó de una poesía concreta y ondulante ese jalón de mi itinerario.

Eso estaba ahí, esa belleza estaba siendo delante de mis ojos, lo mágico se estaba produciendo a ojos vista, de pronto, así de real y gratuitamente. La imagen alegórica de la Sabiduría, rodeada de toda una frondosa serie de motivos barocos, estaba aconteciendo, y yo era el único y casual testigo de ese acontecer.

Lo sorpresivo es que estemos rodeados de arte, de belleza, de signos. La belleza es evidente, no habita en ningún inalcanzable confín, se desprende ante nuestros ojos. Ésa es la moraleja del itinerario sin destino: descubrir que estamos rodeados, flanqueados, cuasi escoltados por la excelencia. La función empobrecedora de la monotonía hace que no seamos, a veces, conscientes del legado que nos rodea; un legado que, por otro lado, ha sido expoliado, destruido o tendenciosamente mal interpretado. El arte sacro, aunque se haya producido bajo los auspicios de la Iglesia, no pertenece a la Iglesia: es manufactura del hombre. El arte sacro, sin el trabajo y la inspiración de los artistas, hombres seculares, no existiría. El arte sacro, sin los motivos y estilos del arte clásico, sería inimaginable.

Lo que sigue sorprendiéndome, y, fenomenológicamente resulte surrealista, es que de la dura piedra, del lienzo plano de una pared inmensa, se desprenda – se siga desprendiendo, se esté desprendiendo ahora mismo – un profuso y ordenado conjunto de abalorios, cintas, espumas , esferas, flores y cenefas,  formas celestes en harmónica irradiación. Qué ocurre ahí, podríamos preguntarnos. Si convenimos que difícilmente se trate de una paraidolia extraordinaria, tendremos que definir el fenómeno como un gesto complejo inducido en la piedra por la imaginación humana. Cuando el tiempo erosione la forma, todo volverá a ser sólo piedra. Pero el tiempo, precisamente, nos habrá dado el tiempo suficiente para que hayamos  entendido- esperemos- cómo y cuántas veces el hombre sorprende al hombre al permitir que el símbolo emerja del vacío.    

 
 
El barroco en acción. los mil y un objetos al ataque. Dinamismo de lo inmóvil. Casi suena la piedra.
 
 
 
Tocata y fuga de la piedra.
 
 
 
Los bucráneos, antiguas expresiones de sacrificios, flanqueados por las ruedas eólicas de los rosetones 
 
 
El diablo como portero es la máxima humillación del mal: le obligamos a que nos abra las puertas de la salvación al mismísimo demonio, vencido y ridiculizado.
 
 
Ninfas romanas, cornucopias, angelotes, trasuntos de quimeras.
 
 
Más motivos profanos guardando el misterio de lo divino.
 

13.11.14

NOTA DE DIARIO


 


Tomo el café, sentado ante la puerta deslizante de la galería, intermedia entre la habitación de mis padres y el exterior (este tipo de puertas siempre me han recordado escenas de lujo en películas norteamericanas de los años setenta). Justo enfrente, tengo el edificio de la Residencia Miguel Hernández. El balcón del primer piso está abierto. Las estudiantes entran y salen cantando a dúo y asomándose. El otro día vi a una de ellas en ropa interior, al tiempo que su compañera advirtiendo mi presencia, me lanzaba un simpático y pícaro saludo. Qué encanto esta seducción a distancia. Recuerdo las notas del diario de  Barbey D´Aurevilly sobre aquella bella vecina que divisaba en la ventana del piso de enfrente y con la que mantenía un excitante juego de miradas y simulamientos. Yo dejo caer un trozo de cortina para poder ver fuera sin que me vean. Coloco los pies en un taburete comprado en Domti que parece un robot de película de los años cincuenta. Me recuesto con mi libro y mi café. Afuera suenan los cantos de mis vecinas y la radio que tienen puesta. Hace una temperatura deliciosa, es un otoño templado, casi caluroso. Los de la fábrica de embutido hablan a gritos abajo, en la calle. Se escuchan portazos, pero no molestan: estimulan , son puertas de furgonetas. La gente trabaja, feliz. Todo marcha. El sol toma con dulzura la fachada de la residencia: la luz reflejada, entra directamente en el piso en donde me encuentro y perfila con suavidad y precisión a la vez,  cada borde, cada superficie, la página tersa del libro que leo. La luz es un estamento de vida. Entono los ojos y tomo un sorbo de café. Me abandono por unos instantes a la contemplación del momento del que yo también formo parte. El cuerpo relajado, atravesado por una vibración tranquila, música sonando tenuemente, voces jóvenes tintineando entre la luz, murmullo de ambiente urbano de fondo,  todo este conjunto de impresiones, girando lentamente en una harmonía súbita. Ausencia de toda crispación. “A la hora de la siesta tenía que ser”, me digo con los ojos entornados, y pienso en las reflexiones poéticas de Macedonio Fernández sobre la Siesta. Ahora, de pronto, es la perfección. Percibo un remedo de paraíso. Sólo unos instantes más tarde, acabando mi café y yéndose el sol de la fachada, este momento de delicia, desaparece del mismo modo como ha aparecido. Yo cambio de humor; la sombra se hace en la ventana de las chicas. Me apetece mucho menos seguir leyendo. Pero el rato sin tiempo que he disfrutado tiene una lectura simbólica: extraigo un modelo de la dicha, que no me salva de nada, que no basta por sí mismo, pero que, en medio del enjambre contradictorio de las cosas, se ha producido y yo he sabido entrar en él, abandonándome.

 

10.11.14

POEMA

 
 
 
 

 
 
Si como dice el filósofo moderno
escuchar es verbo evangélico,
es en las frondas de la palabra
donde se identifican
nuestros reinos.
 
Cada hora es un poema posible
sobre la creación del mundo
y los infinitos instantes
que tejen esa hora.
 
Cada poema festeja un símbolo
y celebra que las almas inquietas
al fin se encuentren
al amparo alborozado
de una mirada y un susurro.
 
 
Tu palabra y la mía
son el brillante convenio
entre dos orillas opuestas
que convergen
al escucharse


6.11.14

LIBROS / LECTURAS


Al inicio del verano me apetecía, debido esos ciclos que van sucediéndose íntimamente en la memoria, leer  algo escrito a principios de los años sesenta. “Al punto”, como diría un roman medieval, me encontré en un periódico con una reseña del libro Viajes con Charley en busca de Estados Unidos, de John Steinbeck, obra publicada, precisamente, en 1960. Justo la época y el ambiente  que deseaba explorar – el Estados Unidos de la guerra fría – a través de un escritor de primera línea que, hasta el momento, había evitado prejuiciosamente al adscribirlo maniáticamente al realismo literario. Supuse que tal adscripción estilística no funcionaría en los apuntes de un cuaderno de viajes sino en mi favor, suministrando el tipo de datos y anécdotas de los que quería disfrutar.
 
 
 
Según Gustav Jung, soñar con viajes sugiere cambios drásticos en la vida, incluso la premonición de la muerte. Lo cierto es que Steinbek decide recorrer solo Estados Unidos, acompañado únicamente de su pequinés azul metálico, Charley, empujado  por el resorte de una obligación moral.
La ventaja de los países grandes es que se hacen explorables por sus habitantes, se convierten en rosarios probables de geografías e idiosincrasias. La impresión que uno tiene leyendo a Steinbeck es la de una transmisión fluyente e imparcial de la realidad. Steinbeck es tan típicamente verídico que muchas de las escenas que describe, las hemos visto nítidamente representadas en el cine. Esta analogía, que no mera simetría, nos revela el arte y la franqueza de Steinbeck.  Lo extraordinario de este periplo por los distintos estados, es el hecho de viajar mismo, es decir, el de atravesar la tierra mítica, la tierra natal. Para nuestro placer  de lectores,  Steinbeck viaja por su país casi como un extranjero. Su “condición” de escritor es, precisamente, lo que le hace parecer así,  un forastero neoyorquino que se interesa por las peculiaridades locales, que se sorprende y desconcierta ante las diferencias raciales entre el norte y el sur, convirtiéndose en exacto notificador tanto de los detritus que el avance de las ciudades producen en sus márgenes como de la variedad de las bellezas paisajísticas. Resultan interesantes las conversaciones sobre los rusos, que recoge de las personas con las que va encontrándose. Ninguna especial enemistad, sí un temor difuso y algunos sorpresivos gestos de ironía. Como dijo la reseña que en su día apareciera en el país del autor de Las uvas de la ira,  el presente texto es “una delicia”.




 

Otro libro de viajes, pero este escrito un siglo atrás. A través de los trabajos de Walter Benjamin sobre París como capital cultural, por antonomasia, del siglo XIX y la obra de Baudelaire, todos conocemos la genealogía de la figura del flanêur : personaje anónimo de las ciudades que vaga de aquí a allá, como sordo testigo de la decadencia, de los márgenes huecos de la historia. Lo que no sabíamos es que un escritor alejado, en principio,  de Baudelaire, aunque quizá no tanto, como fue Dickens, se dedicaba a publicar sus crónicas secretas de paseante solitario por el Londres brumoso de la época, o como viajante  incógnito en tierras francesas, para acaso, confundirse con un flanêur más. Bajo el explícito título de El viajero sin propósito, se reúnen, por primera vez en español una selección de estas crónicas.

 


Un conocido, maliciosamente, me había avisado de que la poesía de Eloy Sánchez Rosillo es gris y que el propio Sánchez Rosillo es gris, también. Entonces, en estos términos, ¿lo contrario, en Murcia, de un Eloy Sánchez Rosillo sería un Soren Peñalver, por ejemplo?

Me he leído El sueño del origen, y me ha gustado. Cada uno define su territorio al trote que lo hace. A estas alturas, lo que nos interesa es que los poetas que tenemos a nuestro alrededor escriban, hagan obra. Que nos den señales de que siguen ahí. Que cierta complicidad no se haya disuelto. La veracidad de un poeta reside en la franqueza de su escritura. Con la poesía de Rosillo se levanta un debate interesante, para quien lo quiera ver así, entre expresividad y autenticidad. Quizá,  leyendo a Rosillo uno no vaya  a tener una experiencia psicodélica arrebatadora, ¿pero quién me asegura que no, otro tipo de experiencia más venerable?

 

RBA editó hace pocos años un conjunto de textos autobiográficos de Augusto MonterrosoLa letra E, inicia este volumen, al que le siguen otros que, indistintamente, podrían habérsele sumado sin título que los especificara: Pájaros de Hispanoamérica, y Literatura y vida. Como para hacer mucho caso a los títulos que Monterroso pone a sus deslizantes obras. Un fino humor como bajo continuo, aderezado de amistosa agudeza, constituyen el  motor de la escritura monterrosiana. Sus memorias son las de alguien que ha concebido la literatura como un juego sutil, pero huyendo con pánico, de cometer el pecado de la pedantería.



 

El maestro de la brevedad y del equívoco, evoca en breves retratos a figuras como Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Luiz Cardoza, Horacio Quiroga…, o nos habla de sus encuentros con otros escritores por Europa,  su fobia a las conferencias y las anécdotas con los editores.
La obra de Monterroso merodea los márgenes de lo literariamente centrífugo y lo aforístico. En estas páginas menciona a Stanislaw Jerzy Lec, autor que poco antes de adquirir el volumen de Monterroso, descubrí en una librería, a través de una edición reciente en Pre –textos.

 

 

La obra que hace famoso a Jerzy Lec y que es a la que Monterroso alude, es su vitriólica colección de aforismos Pensamientos Despeinados. Cuando empecé a leer el librillo, desestimé la idea de anotar o subrayar, porque tendría que enfurruñar el volumen entero al no haber, apenas, una línea olvidable. El polaco Jerzy Lec es el autor de alguno de los aforismos más lancinantes y memorables de los que tenemos noticia en este género. Maestro de la agudeza y del desamparo, Lec hace suyo aquello de que un pesimista es un optimista bien informado.

 
Las rosas huelen profesionalmente.


No seas snob. No mientas nunca si la verdad es más rentable.

 
Nos queda poco tiempo. La eternidad nos sigue amenazando.


Lo que nace sin vida tarda mucho en morir.
 

Los muertos callan…hasta que el tiempo hable en su favor.

 
La fe ciega mira de reojo.

 
El hecho de que estuviera muerto no probaba que hubiera vivido.

 
Estoy a punto de reprivatizar la vida interior.


Lo más difícil es pegarle fuego al infierno.

 
 
El aforismo que parece tener algo de frívolo, que parece un lujo del pensamiento, desmiente en Lec lo meramente lúdico. Lec pasó por la guerra y sufrió los totalitarismos de ambos bandos: el de los nazis y el de los comunistas. De ahí que su trabajo se revista de valentía y su palabra, debidamente contextualizada, nos haga valorar sus incisivas fulguraciones aforísticas como una ácida reacción ante un mundo en decadencia.