18.6.15

DIARIO






Si no escribo, desaparezco.

 

No recuerdo exactamente si fue Cortázar o Carlos Fuentes, quien dijo que para leer o abordar la obra de Lezama Lima se necesitaba de cierta ingenuidad. Supongo que se referirían a esa ingenuidad de índole poética que nos hace permeables a una percepción nueva, fantástica de las cosas. Una ingenuidad que supusiera esa capacidad de asombro para poder ver en el trazado de un relámpago las eras culturales que se han sucedido en Europa y que Lezama Lima sabía tan exquisitamente describir. La ingenuidad necesaria para observar el fenómeno de la cultura como un acontecer cósmico.

 

La oscuridad no tiene lados.







Ya se sabe que es posible provocar los sueños. Estimulado por ello, hago un experimento. Antes de acostarme, me pongo la película Odisea en el espacio 2001. Me fijo, particularmente, en el famoso monolito, que, en la ficción fílmica, es el perturbador elemento que trasciende el tiempo histórico. La significación temporal de ese objeto, influye en el sueño que esa noche, efectivamente,  tengo.

Sueño que estoy en Santa Ana del Monte, convento de la ciudad de Jumilla, en el que ingresé en 1981 como postulante. En el sueño, me encuentro, efectivamente, en 1981. Entro en el convento junto con otras personas que han venido para visitarlo. Hay turistas que andan de un lado para el otro. Hace un sol esplendente. Yo observo con alucinación todo lo que me rodea. 1981 es como una forma más de presente. El dinamismo y la contundente luz, alejan toda flatulencia melancólica y me convencen de que no me estoy diluyendo en ningún triste pasado. Pero a pesar de ello, sé que estoy visitando algo que fue y que no puedo ya modificar, que hay una barrera leve entre mi persona y la gente que se mueve conmigo. Descubro una playa cerca del convento, entre los pinares. Hay mucha gente que ha acampado allí y se está bañando. Miro fascinado a la gente. Se mueven, ríen, hablan, se meten en el agua, delante de mí, pero esto es algo que ocurre en ese pasado que de, pronto, visito.  Yo ignoraba la existencia de esta playa, y lo interpreto como una novedad del pasado que aleja una imagen cerrada, conclusa, triste, de lo que fue. En el sueño, me veo en la incómoda y algo angustiante circunstancia de encontrarme y convivir con los religiosos como si todo el futuro que ya se cumplió en mí, no hubiera tenido lugar.     

 


 

Los chistes del tal Guillermo Zapata, por fortuna ya ex - concejal, no tienen nada que ver con el humor, ni siquiera con el humor negro. Son meras reacciones en la logosfera internética, saturada, podrida de moda periodística que olvida a los protagonistas verdaderos, de carne y hueso, de su hemorrágica industria de noticias. Revelan esa decadencia amarga del postmodernismo más deleznable y penoso. La frivolidad insostenible de hacer chistes sobre el genocidio nazi o el terrorismo, no obedece sino a la provocación que la enormidad de tales hechos produce en un supuesto foro que precisa llenarse no de exposición de razones sino de enunciados continuos. Nada más gratuito e imbécil que ensañarte con los tuyos porque sí, es decir, por puro hastío, por confusión en los destinatarios de los mensajes, por el autismo de la escritura. 

 

 

Por el delicado velo discurren las pronunciadas arrugas.

 

Hago abstracción del mundo para poder comprenderlo




 

Creía que el agua se cansaba de ondularse, pero no: era otra ola.

 

La fruición se lamenta de las lenguas secas

No hay comentarios: