20.11.15

JHON ATKINSON GRIMSHAW: LA DESOLACION PRECISADA.




 

El artista produce mundos habitables. Esa es una de las maravillas de su don.  

Precisamente, cuando el mundo se vuelve inhabitable, uno busca el refugio de la música, de la literatura, de la pintura buscando un tipo, un tono, un tempo de universo que habitar.

Curiosamente, y sin que tengamos que adelantar análisis psicológicos para el caso como pretexto, la melancolía, incluso, la desolación, son también, estéticamente, habitables. El otro día descubrí la obra de Atkinson (1836 -1893 )y experimenté algo muy curioso, quizá nada misterioso, incluso común: que las imágenes de alguna de mis fantasías más secretas y con las que, en soledad, me solazaba, intensamente,  en una época determinada de mi vida,  las estaba viendo reproducidas bastante fielmente delante de mis ojos.






Hace años, cuando lloviznaba, cogía mi grabadora y salía a la calle. Solía salir de la ciudad andando  y perderme por la huerta, grabando "ambientes". Cuando me encontraba alguna casa solitaria con luz dentro, sentía cierto placer masoquista al pararme frente a ella, grabando, bajo la lluvia, sabiendo que su habitantes estaban calentitos, resguardados de la lluvia, mientras que yo estaba ahí fuera, solitario y mojándome. Las ventanas encendidas estimulaban las fantasías eróticas: en el dormitorio, cuya ventana emitía un fulgorcillo naranja, se encontraba una bella dama que al fin se apiadaría de mí y me dejaría entrar....

Algo de todo esto - el estado contemplativo del caminante solitario próximo a la deriva surrealista, el paisaje crepuscular o nocturno como espacio habitable, las afueras de la ciudad, incluso, las ventanas encendidas y la lluvia -  se encuentran entre los motivos que componen la obra de Atkinson.    






El pintor inglés es preciso en el detalle, en las rugosidades, excoriaciones  y texturas de cielos, superficies, barro y vegetación. Esa minuciosidad en el detalle, no sólo equilibra la escasa y dispersa presencia humana, sino que nos indica la preferencia psíquica del artista y el tipo de mundo que desea y del que nos quiere hacer partícipes: la soledad es frondosa, la luz de la luna se destila, vibratoriamente, a través de las nubes, la lluvia recientemente caída, acribilla de reflejos extensiones considerables de suelo.
Las desolaciones de Atkinon me han hecho recordar otras, las de un pintor español: Modesto Urgell. Los temas, las atmósferas son casi los mismos, varía el estilo: mientras que el inglés resulta más vivo en los matices, Urgell es más nebuloso y grave.  
El hombre viaja por los espacios que articula su imaginación. Sea ciudad o campo, el paisaje es un marco espacial en el que la figura humana puede perderse voluptuosamente para nuestra mirada. Los cuadros de Atkinon son las grandes habitaciones naturales o artificiales en donde  el hombre postromántico evoluciona, y donde la soledad es un festín de soledades, gratas de visitar. La soledad es un lugar.       

 

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