4.11.15

LEYENDO “EL IMPERIO DE LOS SIGNOS”, DE BARTHES


 



 


Hoy, quizás más que nunca, la tarea de saber traducir al otro, es no sólo una obligación antropológica y requisito para el justo trato social, sino la cláusula básica para el entendimiento global en el marco de un universo de mixturas culturales y de convivencias raciales. Es más, debiera ser una tendencia de civilización, precisamente para que las "otras civilizaciones" puedan ubicarse en un marco general de representaciones que nos las hagan tratables e inteligibles. 

La operación de entendimiento cultural la llevó a cabo discretamente Barthes en este libro de un modo directo y ejemplar. Sin efusiones y con gozosa precisión.

Hace ya tiempo que me resistía a leer este libro. Recuerdo haberlo visto hace siglos en alguna librería, en una edición de siglo XXI inencontrable hoy. Creía que sería algo así como la excursión sofisticada de un lógico por un espacio exótico, y que el texto no podría evitar los exámenes antropológicos o étnicos consecuentes. Pero precisamente son estos los motivos que Barthes elude, diluyendo de esta manera la posibilidad de fomentar o crear, indirectamente, prejuicios o estancarse en los estereotipos.

Barthes se limita sencillamente a considerar Japón como un espacio concreto de relaciones muy precisas y sorprendentes, como un sistema de signos perfectamente delineado. El autor francés se comporta, sí,  lógicamente, pero su interés no radica en clasificar exotismos, sino en examinar las singularidades de ese sistema con respecto a la mecánica de los nuestros.

El discurso occidental se caracteriza por una pretensión analítica totalizante. Esto es lo que Barthes evita en su cuidadosa investigación. Precisamente la peculiaridad conformativa de la cultura japonesa – desde los insólitos lugares del sujeto y del verbo en la distribución gramatical, hasta la función del párpado rasgado – convencen a Barthes de emprender el aproximamiento a un modelo cultural distinto sin la mera intención de solaparlo con otro. Sin prolijidad y con transparencia, Barthes nos describe cómo funciona ese delicado y curioso mecanismo que se llama Japón.

Lo que le impacta es la multipresencia del signo, es decir, su belleza formal. Al ser ininteligibles, los ideogramas japoneses se convierten en formas misteriosas, llenas de belleza y encanto. Casi no podría ser de otro modo: al no entender íntegramente el alfabeto de una lengua, las grafías que lo constituyen se convierten para mí en trazos puros, en pinceladas sugerentes que, gozosamente, eludo traducir. Lo único que veo son dibujos que danzan, formas dinámicas de una música extraña.

Lo que sorprende a Barthes es constatar cómo un grupo de individuos pueden edificar una cultura y una sociedad sobre la simple firmeza  de unos códigos cuyo funcionamiento no activan esencialidades metafísicas sino distribuciones de un orden formal.

Supongo que aquí el debate está en que lo que para nosotros es forma para el oriental es su razón; y a la inversa, lo que para nosotros razón, para ellos impacto formal (recordemos la bizarra visceralidad que supone para los japoneses el flamenco o el visionamiento de una corrida o una procesión de Semana Santa).

Leyendo las observaciones de Barthes, uno recuerda las experiencias de los escritores en sus viajes por oriente. De lo que primero se libera uno cuando viaja es de la pesantez de los códigos propios. Un país, una cultura nueva significa fluir por un espacio repleto de signos y formas que disfrutamos. No nos presiona ningún código: nos relaja el despliegue de coordenadas nuevas.

Un Octavio Paz se deja arrastrar por la profusión caótica de la India porque se convierte en el espacio ideal para realizar poéticamente aquella consigna de Rimbaud “el desarreglo de todos los sentidos”. El caos indio es propicio para la espectacularidad surrealista, y en ese estado de gracia lúcida, el autor mexicano escribe El mono gramático. Barthes, más tranquilo, más apolíneo, en principio, que dionisíaco, se siente a gusto con el delicado y preciso marco que la sociedad y la cultura japonesa suponen. En vez de la profusión barroca, lo japonés suscita la pureza de la línea, un mundo escueto y pulcro, exento de borrones y enloquecimientos. Es en esta tranquila delineación espacial donde Barthes ve una ejemplar operación de limpieza de sentido, de lúcido relax mental. A Barthes le basta, hablando según la retórica semiótica, con la autonomía del significante: es el significado con sus jerarquías de sentido lo que le pesa.  En Japón descubre un hábitat en el que ubicar su sueño de un lugar en el que impere la forma pura, sin asedios metafísicos.
Para Barthes este sería el modelo cultural, el edén en que vivir: un mundo rodeado de belleza que no me obligara a descifrarla.

 

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