10.12.15

LA ESPECIFICIDAD MUSULMANA



 
 
 
 
Resulta irritante comprobar la insatisfactoria, cuando no, parcial explicación que los medios de comunicación, a través de sociólogos y analistas, insisten en ofrecernos sobre el fenómeno yijadista en Europa, cada vez que nos hablan de la marginalidad o de los grandes índices de paro que sufre la población joven musulmana. Como si esto explicara algo. También la gente que vive en las favelas de Brasil o en puntos conflictivos de cualquier ciudad de Asia sufre marginación y no se les ocurre matar gente que ni siquiera conocen. Hay , por lo tanto, una especificidad- religiosa, mental, ideológica, genética si se quiere - que afecta al musulmán y le es propia, un dispositivo anímico-sentimental que no aliena de tal modo a otro colectivo que no sea el musulmán.
Leyendo Los juegos del Sacromonte que Ignacio Gómez de Liaño publicara en 1975, encuentro una explicación breve y contundente de tan  siniestra especificidad. Transcribo: 
 
En cierta ocasión, Mahoma manifestó que a los diferentes profetas enviados por Alá les distinguían diferentes atributos; a Moisés le distinguió su providencia y clemencia; a Salomón su sabiduría, majestad y gloria; a Jesús su rectitud, su poder taumatúrgico y su ciencia. Mahoma pensaba que ninguno de estos atributos era suficiente para exterminar la incredulidad. "Yo, por tanto - exclamaba el último de los profetas -, soy enviado con la espada; dejen los campeones de la fe del islam de argüir y discurrir, sino matad a todo el que se niegue a obedecer la ley o a pagar tributo".
Este mismo espíritu aparece inequívocamente en muchas partes del Corán; así en las suras II, XXII, XLVII, XLVIII, etc..".  
 
O sea, que si la cita es cierta,  el señor Mahoma, huyendo de toda sutileza elige voluntariamente para extender la fe religiosa el método y las formas más elementales y chuscas, por no decir brutales y detestables. Exactamente lo que el estado islámico está haciendo hoy. Exactamente.
Siempre me ha parecido que los árabes habían llegado tarde y mal a la historia. El detalle crucial que, inopinadamente, Gómez de Liaño nos proporciona,  no hace sino confirmar esta apreciación.  

 
 


2.12.15

ESCUCHANDO LAS SONATAS PARA PIANO DE SCRIABIN


 
 
 

En las sonatas y diría que en toda su obra pianística, el "verdadero" Scriabin no hace su aparición sino a partir de la sonata nº 5. Hasta esta obra, el mundo sonoro de Scriabin es una lectura virtuosística y refinada del legado chopiniano con los plásticos aditamentos de la escuela rusa.
Con la sonata número cinco se inaugura una nueva estética, hace su aparición esa sensibilidad típica que se corresponde con los ámbitos etéreos y fantásticos del simbolismo. Podríamos decir que en la obra pianística “madura” de Scriabin hay de todo un poco – trazas de atonalidad, multicromatismos, impresionismo “sui generis” – determinado por una suerte de crepuscularidad, de indefinición que empaña todas las composiciones de un encanto muy singular.
Las obras son como magmas sonoros que explotan, episódicamente, para volver a la masa original y revolverse sobre sí mismos. La música no describe líneas regulares, sino profusión de direcciones, pequeños torbellinos, derrames repentinos, atomizaciones constantes. Este último detalle descriptivo creo que define muy bien el tono, el estilo de Scriabin: atomizado.

La música de Scriabin, que en determinados momentos es muy enérgica y que en las obras sinfónicas puede mover poderosas masas sonoras, es sobre todo, una música atomizada, siempre al borde de desaparecer, remota, lejana, sumergida en un clima de lírica y espesa desolación. Esa desolación es un misterio estético. En las obras de los impresionistas musicales, por ejemplo, notoriamente, en Debussy, también encontramos estos climas de melancolía desintegradora como un dato de identificación propio. En Scriabin esta melancolía es a veces rabiosa, sin dejar de ser melancólica, lo cual conduce a la autodisolución, y forma también parte de esa sensibilidad fin de siglo, amante de decadencias, afectada de hiperestesias y proclive al apocalipsis estético de todos los sentidos.

Siempre que he escuchado la obra pianística de Scriabin he disfrutado sobremanera, pero el misterio subsiste: no sé en qué tierra brumosa, en qué galaxia perdida del cosmos me deja y lleva. Es como si ante el nuevo siglo que comienza a inaugurarse, la música del ruso viniendo de las espesuras postrománticas decimonónicas, se diluyera en un abismo espiral antes de entrar más en ese nuevo siglo, no perteneciendo a ninguna época en particular, ubicándose sólo en el eje espectral que articula las décadas pasadas y las que se aproximan. Una fantasía de orden temporal define, también, el etilo scriabiniano: música profética.