8.4.16

LA PUDICZIA








Contemplando esta escultura observo dos cosas casi simultáneamente: la delicadísima factura de los pliegues, la morbidez espectral de la figura – casi hablaríamos del erotismo de una aparición o un fantasma – y el prodigio de la obra misma, es decir, la capacidad del hombre para, más allá del poder de dioses y demonios, crear semejantes obras, ya sean artísticas, arquitectónicas o musicales.  También me viene a la cabeza un abanico de adjetivos o etiquetas que podrían aplicarse a las característica de las formas que veo: decadentismo, hipersensualismo, barroquismo... Pero no sé si son sólo eso, etiquetas, encasillamientos conceptuales que la historia del arte ha producido generosamente con  la intención de definir el flujo soberano de las imágenes. No creo que Corradini, el autor de la escultura, concibiera exclusivamente su obra magistral, esta "La Pudiczia" o "Verdad Velada",  después de una escapadita al fumadero de opio, tal y como el credo decadente, simbolista o surrealista podrían estipular. Si estamos en el siglo XVIII tal aplicación de maniobra no puede ser tan automática. Más bien, creo que Corradini empleó todas sus fuerzas e ingenio para crear la que sería su obra maestra, - su propia creatividad fue su mayor estimulante - lo que ocurre es que esta pieza, producto de la sensibilidad barroca, exhibe en sí toda la capacidad del propio arte, es decir, esta obra muestra el obrar mismo de lo artístico a través de todo un virtuoso despliegue.
Otro aspecto que sorprende de esta obra es su modernidad: es formalmente barroca, pero también podría calificársela de surrealista, de gótica, lo que me lleva a pensar que, aunque el artista trabaje a partir de ciertos supuestos formales y técnicos, su obra final pertenece al gran juego de la inteligencia y del arte que festeja el mundo a través de la multiplicidad de la forma, autónoma y libremente conexa.           

 

 
 

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