19.10.16

PENSAMIENTOS DEL EQUILIBRISTA


 





Cambiar de locomoción implica cambiar también la percepción del mundo.

Desde aquí arriba todo plano oscila, confunde sus límites.

Los edificios inclinan su vertical, los arboles urbanos se convierten en una masa deslizante, la gente forma conjuntos lentamente giratorios.

Diviso el naufragio de los soles ponientes, la formación de las tardes, la eclosión de las mañanas. 

Si me instalara aquí ¿hasta qué punto compartiría las leyes de esa ciudadanía que se mueve, remota, por allá abajo?

La intemperie es mi casa, diría poéticamente, y el propio aire debiera convertirse en follaje en el que guarecerme.






Me independizo de la gravedad, de los semáforos, de los baches de las calles cuando llueve, de los edictos municipales.

Me llama el logos audaz, sólo respondo a esa llamada de pureza y riesgo.

Soy mi propio discurso, me encarno en uno de los elementos primordiales en que los presocráticos estimaban el origen del universo.

Sé que los de abajo no esperan sino a que me caiga. Y yo no espero sino a que se cansen de esperar y que el viento los borre de las calles o la nieve los sepulte en sus puestos de observación.

Si mi aventura dura un rato, un par de minutos, un instante, eso habrá bastado para demostrar que otra visión, otra experiencia del espacio son posibles.

Duraré lo que dure en caer.  

 
 
 

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