10.1.17

Joan-Carles Mélich. LA PROSA DE LA VIDA. FRAGMENTOS FILOSÓFICOS II.



 
 
 

Con esta segunda entrega de  ensayo hiperbreve  o elucubración aforística, confirma Mélich su distanciamiento definitivo de todo pensamiento dogmático en tanto que emisión, más o menos camuflada de esa ortodoxia que ha tendido a sacralizar los conceptos en detrimento de consideraciones más implicadas con los contextos vivenciales y existenciales en que tales conceptos vienen envueltos o se relacionan. Mélich critica  el estatismo formal de los sistemas filosóficos como algo opuesto a un modo de pensar la realidad más directamente enfrentado a los problemas que presenta la contingencia. No se trata de una mera cuestión de gusto especulativo: el ensimismamiento filosófico corre el riesgo de no poder definir las consecuencias humanas que pueda conllevar el nuevo acontecer político, estético o científico.   

 

“Al principio no fue el verbo sino el adverbio”, nos dice Melich en uno de sus brillantes aforismos, confirmando esta desconfianza ante los presupuestos de metafísicas demasiado brillantes, meramente teóricas y alejadas de la vida: viene a señalar el contraste entre la fijeza esplendorosa del verbo y su mero y vital discurrir – el espacio del adverbio, es decir, el lugar en que se produce el flujo de los aconteceres humanos, la suma de las circunstancias, “la prosa de la vida” - .

Una teoría puede ser una creación memorable, pero no podrá ser algo prioritario ante la vida, sus sorpresas y sus accidentes,  su color y su latir, su imprevisibilidad y su creatividad. Si frente a la relativa seguridad de los idearios cerrados Mélich opta por enclavar el pensamiento a la intemperie es porque cree que esta es la decisión éticamente correcta.

 La prosa de la vida nos muestra a esta, a la vida,  tal cual es: entrañable y llena de impurezas, arisca a todo etiquetado definitivo, incompleta y siempre fluyente. Es en esa prosa de la vida, donde se produce tanto la belleza como el horror, donde es posible, igualmente, vislumbrar la esperanza como constatar el desastre. La prosa de la vida, en suma, es el sitio en que lo quebradizo y lo glorioso se dan por igual. Por ello es que pensar la realidad desde ahí mismo, en esa simultaneidad de sucesos antagónicos, sin las mediaciones exclusivas de cuerpos de conceptos o tendencias, nos aproxima a la autenticidad del ocurrir.   

Ante los grumos vivenciales y los problemas comunicativos que asedian y son lo real,  la ética se erige como la única guía que nos asegure una posibilidad de entendimiento, la que inicie el proceso de una comunicación o de un dirimir el universo del otro. Es más: la ética es reivindicada como el único modo de relacionarse con el otro y con lo otro del otro.

Para Mélich somos vulnerables frente a la rigidez de las empalizadas conceptuales y nos falta inteligencia e imaginación para designar el cuerpo como lo más frágil y divino que somos.

Mélich dice algo importante, yo creo que clave e irrebatible que toda pedagogía debiera hacer recordar: “No podemos existir solos”. Una adecuada comprensión de ese aserto arrojaría puñados de luz tanto sobre nuestros prejuicios como sobre los tramos de esa prosa de la vida en que a veces naufragamos y en donde convivimos con los demás.

Mélich llama a su pensar filosofía literaria: el entramado aforístico, constelado de citas tanto literarias como filosóficas de los más distintos autores, facilita la articulación de la serie de observaciones y persuade en la lectura acerca de su pertinencia y comprensión.

Casi voy a repetir lo que en mi anterior reseña sobre la primera entrega de estos Fragmentos Filosóficos, dije: el deseo de que una tercera parte nos haga disfrutar del mismo modo y que ello nos haga tomar nota de lo que Mélich tan acertada y meridianamente expone.