21.3.17

MIGUEL HERNÁNDEZ SEGÚN JOSÉ ÁNGEL VALENTE







De modo soberbio José Ángel Valente escribió en Las palabras de la tribu: “Hernández es, en efecto, ineludible. Tiene la persistencia de las víctimas”. Ahora bien, su juicio literario del poeta, expuesto en ese libro podría, a su vez, ser matizable.

Valente estima que la espléndida capacidad verbal de Hernández, paradójicamente, no deja asomar una auténtica voz original en el poeta oriolano sino hasta su última obra poética, Cancionero y Romancero de ausencias. No es que minusvalore  la obra de Hernández sino que hasta que el trance vital que queda retratado en el Romancero no se produce, Hernández todavía está demasiado vinculado a la tradición barroca, lo que impide la eclosión de  una expresión más intuitiva y menos formal.

Pero también es cierto que si lo que Valente busca en poesía es al sujeto netamente experiencial, ese sujeto no lo es menos en El rayo que no cesa que en el Romancero. Qué hacemos con el Miguel Hernández ávido de formas y erotismo, con el Miguel Hernández henchido de ese espíritu popular del que se hace voz viva. El Miguel Hernández que festeja la vida – recordemos los retratos que del poeta nos han dejado un Neruda o un Octavio Paz – y que, por lo tanto, como poeta, lo hace a través de la escritura, es el mismo que al verse desposeído de aquella, entona su canto quebrado y desolado en el Romancero.

Lo que Valente comenta en su artículo es tan interesante como fascinante  – considerar la evolución de la obra de Hernández mientras este escribió y los virtuales desarrollos que hubiera experimentado de no haber muerto tan joven -, y tiene razón en lo que respecta a la emergencia de una voz distinta en el Romancero. Cosa complicada e inútil sería, por otro lado,  dirimir qué Miguel Hernández es el más auténtico de los reflejados en los distintos poemarios, ya que el asunto vendría a reducirse a la inextricable predilección literaria: qué Hernández nos gusta más, el más o el menos barroco, como si la generosidad expresiva e imaginativa no reflejase una verdad ante la aparente severidad de otras exposiciones.   

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