23.6.17

VIVA LA PATAFÍSICA


 
 
 

Efectivamente, ya sabemos que “la realidad supera a la ficción” y también que “la realidad imita al arte”. Pero creo que vamos camino de rizar el rizo y establecer lo sorprendente y raro como calificativo regular  de lo que nos ocurre y hacemos como género. Leo una noticia sobre las últimas investigaciones llevadas a cabo en la Universidad Miguel Hernández de Elche: El investigador de Neurociencias de UMH Alejandro Gómez Marín descubre que la ley de potencias en el trazado de los garabatos humanos está presente en las trayectorias  de las larvas de la mosca de la fruta. Es decir, que el movimiento de los bichos buscando comida reproduce un patrón de líneas y curvas que es idéntico – o casi – al que los humanos reflejan al hacer garabatos al buen tuntún sobre un papel. La verdad es que al leer el titular me resistí a aceptar lo que había o creía haber entendido.

Al leerlo de nuevo e internarme en el texto del artículo, no tuve más remedio que aceptar, con algo de irritación y sorpresa lo insólito de la noticia. Un montón de preguntas me vinieron a la cabeza cuestionando la verdad, la prioridad, la razón de tales investigaciones y resultados. No es que reaccionase contra los avances del conocer sino que lo hacía contra el aspecto retorcido y algo ridículo que adquiere. Se hace complicado criticar a la ciencia cuando esta se ha vuelto ya surrealista.

La pregunta pertinente, con respecto al experimento en cuestión, sería qué razón ha llevado a presentar similitudes entre una y otra cosa y no entre otras distintas.







En primer lugar ya está descrito no solo el protocolo que las larvas de la mosca de la fruta llevan a cabo para obtener su alimento sino la serie y tipo de movimientos precisos que realiza para ello. En segundo lugar, también está detectada y descrita, a través, supongo, del sesudo registro experimental, una uniformidad de trazos varios que el individuo humano ejecuta distraídamente al hacer garabatos y que constituye, nada menos, que un patrón – conjunto regular de líneas y curvas. Ambas cosas, tras ser percibidas, estudiadas y medidas, se comparan y  muestran un paralelismo direccional (casi) total.

Lo que uno se pregunta enseguida es la utilidad de un experimento de este tipo, la elección caprichosa de los objetos experimentados, la posibilidad de que pueda surgir cualquier otra estrafalaria semejanza entre otros dos objetos relacionados entre sí, y sobre todo, el grado de convencionalidad del experimento, es decir, hasta qué punto la relación entre movimientos larvarios y garabatos constituye tal relación.

Si lo que el experimento postula es la existencia de unas pautas en el universo, formas de procedimientos similares entre elementos dispares del mundo biológico, subamos un poquitín el listón, porque podríamos sentirnos tentados por establecer semejanzas operacionales sobre tales franjas entre, por ejemplo, la altura que alcanzan las gotas de lluvia al rebotar contra las hojas de un seto y la que alcanzan las crías de la pulga marinera a la búsqueda de un espacio de succión sanguínea; o bien suponer un paralelismo entre los tirabuzones que un globo deja en el aire al deshincharse  y  los dibujos que la batuta de un director de orquesta hace sobre el éter al dirigir la séptima de Beethoven.

Preferiría pensar similitudes cósmicas entre  la espiral del ADN, fractales, mandalas  y lo que ocurre dentro de un agujero negro antes que conocer las veleidades vagamente pictóricas de una larva y la tendencias de larva errática de la mano al trazar garabatos sin historia. Aun así, la descripción de este experimento de la Universidad Miguel Hernández me sigue pareciendo  bizarra, curiosa- algo en común debemos tener los habitantes del mismo planeta aunque nos desarrollemos en biotopos bien distintos -  y lo que me irrita no es lo que se ha presuntamente descubierto sino la naturaleza misma del experimento: algo aparentemente anodino – las relaciones “psicomotrices” confirmadas entre larvas y garabatos, que implica, sin embargo, parentescos genesíacos - la acción de leyes -  entre los seres de la creación.

Lo extraordinario se integra en el funcionamiento de la normalidad de la vida. Lo insólito se camufla en lo real. Y por lo tanto, lo real es también raro. Sea dicho, de todos modos, que si la mano del ser humano, al hacer garabatos, traza distraídamente itinerarios vitales para seres inferiores,  en tanto esa mano abandone la desidia, esculpirá las vías de acceso a las estrellas para conocer a nuestros hermanos del espacio. Adelante, pues.

 



 

 

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