1.8.18




 

ALEJANDRA PIZARNIK.

DIARIOS.

 
Al tiempo se le vence con el tiempo mismo. A esta conclusión se llega, al menos, cuando se repara en que sólo con el paso del tiempo y armados de paciencia, por otro lado, asistiremos a una edición verdaderamente definitiva de los diarios de Alejandra Pizarnik, porque lo que nos advierte Ana Becciú, gestora de esta edición, es que se ha visto obligada a hacer, en un par de cuadernos concretos entre los muchos en los que Pizarnik consignaba sus experiencias diarias, una selección de pasajes y no a publicarlos íntegros, teniendo en cuenta la delicada materia, demasiado alusiva, de tales notas.  Al parecer, la familia y un abanico de nombres de personas concretas, todavía vivas al día hoy, han sido la diana a la que Pizarnik dirigía esas notas tan explicitas que Becciú ha decidido no publicar, posponiendo, en nuestra imaginación, otra edición, quizá esta sí, total y definitiva, de estos estupendos diarios.
Resulta curioso que considerando la envergadura del volumen que alcanza las 1.100 páginas, haya que pensar que todavía falta texto…








El itinerario de los diarios ha sido accidentado, aunque el tenor de las circunstancias explique tal accidentalidad. La misión de preservar los documentos durante la dictadura, hizo que se decidiera sacarlos del país. Julio Cortázar se convirtió en albacea temporal al residir en París, pero pronto falleció. Desde ese momento los diarios no acabaron de estar seguros hasta que la universidad de Princeton los compró junto con  los archivos.  Hay que celebrar, pues, que tal cantidad de material haya, finalmente, adoptado la apariencia de libro bajo la que gozosamente, nos acercamos, confidentes silentes y emocionados a una de las voces más singulares de la literatura de las últimas décadas en español.  Tenemos ante nosotros el vivido documento de un alma compleja, un verdadero diario de escritora, como la autora prefería definirlo, en el que además de las lecturas de obras y autores que van formando la  singladura de la formación literaria de Pizarnik, se nos da la oportunidad de escuchar las confesiones de un espíritu que conoció la intensidad, la pasión, el extremo, el sumirse riesgosamente del “otro lado”. Precisamente, de  ese lado brumoso e insondable es de donde procedían las voces que de modo insidioso y constante le tentaron toda su vida a salir de la misma como numinosa solución a su dolor incurable, al soterrado acecho de la locura.







En las primeras páginas del diario aparecen menciones a un absoluto y mayestático EL, entreveradas de reproches, dudas y  esperanzas. Algo después, más bien pronto, estos "ires y venires"  con la divinidad, sintético producto de la pasión adolescente, cambian el trato irónico por la ausencia de toda nominación directa. También muy precozmente hace su aparición en estas páginas un antipático sujeto que se autoinvita a la fiesta y se dedica a acosar a nuestra poeta, reclamando anodinamente su ser total. Se trata  de don Suicidio quien, emergido del inconsciente y proveniente de no sé qué ensortijadas eras remotas, traza un anillo de Moebius fatal en la vida de Alejandra, y como si reclamara a la poeta como cosa suya, se presenta como solución última en los primeros años de vida libre, consiguiendo lo que deseaba, llevándose a una Alejandra intelectualmente pletórica de 36 años, en 1972. Bibliografía abundante y específica,  filosófica, psiquiátrica, pide este eje central, este motivo definidor en la vida de Alejandra, pues el porqué de su suicidio no sólo presenta interrogantes tanto de tipo biográfico como  más abiertamente intelectivo, sino que casi parece un enigma, teniendo en cuenta que signa definitivamente el destino y el desenlace de su obra poética y de su figura humana. Aún así, personalmente, me molesta que el suicidio, en el caso de Alejandra Pizarnik,  sea el garante de no sé qué exactamente, cuando mucho de su obra poética, junto a sus escritos patafísicos o críticos no necesitan de ningún sacrificio para ser lo literariamente efectivos que son.

 





Como en todos los diarios, hay una proliferación de iniciales. Sería  de agradecer que esta edición hubiera identificado tan sólo a alguno de los personajes citados para comprender mejor lo escrito por Pizarnik. Condenada, por un lado, a un destino poético solitario, la poeta trajina en su vida profesional y sentimental con un gran número de personas. Si ese destino poético la lanzaba a un viaje en solitario a las estrellas de la locura, en el ámbito de las relaciones íntimas cambia su cifra única y vamos comprobando en las anotaciones diarias cómo se suceden  los variados y numerosos contactos sexuales, cómo se producen y decrecen los amores por unos y por otras, y hacia el final de su vida, cómo influyen catastróficamente, los amores que fracasan, cuando su malestar más secreto le obliga a necesitar urgentemente de la seguridad de una compañía afectiva.

La “autenticidad” de Alejandra, creo, radica en el carácter altamente literario de su persona. Solo en clave arduamente poética es posible calcular la totalidad de su entrega a algo: la índole de su pasión, su virtuosismo son lingüísticos. Como dice en una entrega de sus diarios, las grandes nociones como Dios, la Naturaleza o el Universo le son inalcanzables, precisamente porque a tales entes les es indiferente la existencia de su persona. Fuera de servidumbres conceptuales o discusivas, todo viene a reducirse a la trabazón íntima, al conflicto interior donde la vida sexual, el amor y el inconsciente son los navíos fundamentales de toda experiencia. Tanto temáticamente, en su obra poética,  como vitalmente, en su existir cotidiano, esto se corrobora con contundencia y estos diarios nos surten de jugosas confesiones al respecto. La complicada vida sexual de Alejandra, la hondura de su viaje poético, su lucidez en cuanto a la problemática de su estado conforman una rígida telaraña que solo puede leerse en clave de intensidad.
Hay algo que se publicita poco sobre la vida de Alejandra y que me ha sorprendido conocer. Si no he leído o comprendido mal, durante sus años de estancia en París, sufrió un aborto. En el caso de que hubiera tenido ese niño, creo que Pizarnik ya no hubiera sido la Pizarnik que conocemos todos. Cómo habría cambiado, qué condicionamiento hubiera transformado lo salvaje de su vivir. Pero nos es muy difícil, por no decir, imposible, imaginar a Pizarnik entregada a las necesidades y deberes de una vida maternal, verla inserta en esa “normalidad” , desempeñando el papel de madre…




Subrayo la curiosidad literaria de alguna de sus observaciones críticas. Por ejemplo, lo que dice sobre Juan Ramón Jiménez es justo lo que yo he pensado siempre. Se trata de un poeta entregado obsesivamente a su mundo de sombras, sueños, azules y demás insomne repertorio simbolista-modernista. Pero, no llega a ser un gran poeta precisamente por ese carácter confuso, o lo es pero deja de serlo cuando naufraga en metafísicas rebosantes de  líricas especulaciones.

Los diarios de Pizarnik están surcados de anotaciones vibrantes sobre un cuerpo y una mente ávidos de belleza y plenitud, el cuerpo y la mente de la poeta. Aunque sus juicios literarios siempre sean agudos, lo que aquí más abunda es el registro de su convulsiva subjetividad y es importante recordar, en cuanto a la historicidad de ideas y sensibilidades, que estamos hablando  del sustancioso diario de una poeta.
 
He disfrutado mucho con la lectura de estos diarios, diarios que temía, prejuiciosamente, visitar. En algunos momentos muy precisos he sentido una gran empatía, yo diría, ternura, por la amanuense. Por ejemplo, cuando en una sesión, lee en público una generosa selección de sus “textos de humor”, producción que la autora valoraba como lo más propio suyo y lo mejor ejecutado, anota escuetamente: Nadie rió. Cómo comprendo la situación, pues he conocido, también en recitales, momentos de idéntica y lamentable desconexión.

Algunas de las anotaciones finales sobre sus intentos de suicidio- tentativas de ahorcamiento, asfixia- me golpean la cabeza como imágenes viles. Episodios tremendos, también, entre lo cómico y lo trágico, son sus luchas nocturnas con los vecinos. Yo desearía no perder de vista la sustancia del sujeto poético de estas líneas, la verdad profunda de la poeta que sueña porque aspira a que esa felicidad se cumpla de alguna manera y que podemos encontrar con intelectual pureza en este apunte: Yo sólo sería feliz en un mundo de esfinges. Sin palabras. Sólo la música, el vino y los ojos más intensos del universo contemplándome.  

 

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