2.10.19

El puntillismo atomista de Seurat y el atomismo puntillista de Demócrito.





¿Qué es la realidad, un modelo probable sobre el que ensayar la utopía? Ya recordaba Borges que el tiempo no podía ser un referente eficaz para comprender la eternidad. Le incumbirá a la poesía, al arte, ser los mensajeros de lo único, de lo máximamente inteligible. Pero el arte tiene- padece – su historia.  
La gran diferencia entre el arte de antes y el de hoy es que en el actual, extremadamente ideologizado y poseído por pruritos de orden intrusista, se ha renunciado a construir un mundo inteligible, una casa que el alma pueda visitar y en la que refugiarse. La misión del arte es la de  convertirse en una convulsiva máquina de incomodar y desmontar presuntas manipulaciones del poder. Teniendo en cuenta la prioridad de estas estrategias, ¿hasta qué punto el arte actual es visitable y disfrutable como el arte de hace tan sólo cien años? Toda obra de arte lleva implícitamente formulada una protesta. La vigencia o el éxito de esa protesta medirán el valor y la permanencia de la obra. Y a veces, la exégesis de los componentes y motivaciones de la protesta pueden llevar décadas y siglos. Pero la obra artística no es meramente portadora de mensajes, pues entonces correría el riesgo de verse convertida en panfleto: la obra de arte es destino y revelación de un mundo. Es bajo esta perspectiva que la obra de arte define arcádicamente su misión, constituyéndose en emplazamiento específico, en lugar, en confinamiento formal, en ritmo y espacio.

Son estas las características básicas, estructurales que sitúan obras como esta, tan conocida y pionera, de Seurat: Un domingo por la tarde en la Isla de la Gran Jatte.
Si uno se plantea la génesis del paraíso, cómo puede ser moral y espiritualmente posible algo semejante, por muchas especulaciones ético-teológicas que se desbriznen, no se podrá evitar lo más elemental: el paraíso es un lugar. Esta noción espacial es la que, para mí, define el objeto y la plenitud estética de obras como esta de Seurat: ubicándola directamente en la percepción que articulará su contenido y definirá la relación ordenada de lo visible en un conjunto harmónico. Una tarde de  domingo en la isla de la gran Jatte, es la representación de la felicidad, de un  paraíso ocasional en la tierra. No importa que esta fuera o no fuera la intención de Seurat. 
Cuando el pintor decidió ubicar las figuras según las normas que el canon prescribe para su representación en un friso, el recurso al clasicismo facilitó que forma y contenido cumplieran su cometido de un modo particularmente  eficaz y que el gran fin del arte se ejecutara tan encantadoramente. 
Es cierto que para algunos gustos y críticos, este cuadro de Seurat así como su obra en general, producen una impresión  fría, en tanto que se deriva de un método, pero la limpieza del paisaje, la ausencia de toda anécdota que no sea el color y el conjunto mismo, el hieratismo de las figuras, la sensación de compacidad hormigueante, más que objeciones al distanciamiento e inhumanidad, también pueden contemplarse como pretextos para la certera conjunción de la forma.
Podemos decir, efectivamente que Seurat es frío, que no es expresivo, precisamente, salvo quizá, en el color, y que compone sus obras según un método refrendado por la ciencia óptica, lo que añade tecnología a un formalismo de raíz clásica. Pero, independientemente de estos aspectos que son ciertos, yo colocaría la mirada y la atención en el resultado final de sus obras, y de un modo singular en esta de La tarde de domingo..,  y con serenidad interrogaría a nuestra sensibilidad acerca de lo que vemos.
Las “implicaciones tecnológicas” de su puntillismo suponen colocar al arte en la vanguardia del conocimiento y ello le llevaba a unas incidencias nada baladíes: el nuevo concepto de materia que a fines del XIX comenzaba a emerger tras las investigaciones en óptica, en electromagnetismo. La materia no era un tosco confinamiento a algo compacto o rocoso, sino que era susceptible de descomponerse en impresiones y microfulguraciones atómicas. Y este descomponerse supondría ofrecer nuevos aspectos de lo aparente, de la materia. Esto significaba, tanto conceptualmente como artísticamente, groso modo, inaugurar el desfile de las versiones de la representación, hacer cómplice eventual al nuevo conocimiento de la física, de un protagonismo, en aumento, de lo subjetivo. Lo representado podría no ser la representación.
Si Seurat fue uno de los inventores del puntillismo o el máximo exponente de esta tendencia, no fue, sin embargo, inventor del atomismo. El puntillismo nos lleva al atomismo, o bien, al revés, una representación tranquila y estándar del atomismo pictórico sería el puntillismo. Si observamos las figuras de Una tarde de domingo…, comprobaremos que su aparente conformación es algo ilusoria, que están a punto de descomponerse en pequeños puntos de color, que si soplásemos las figuras se desharían en una suerte de arena multicolor, revelándonos su identidad algo fantasmagórica, pues, en definitiva, qué naturaleza es la de la impresión sino ser algo repentino y fugaz. Si las formas están compuestas de pequeñas y minuciosas masas de impresiones, para el atomismo, la materia consiste en partículas y vacío entre ellas. Qué hay entre una y otra minúscula impresión de color en la imagen puntillista sino el vacío actuando de adherente cuasi  mágico de tales impresiones.
La obra de Seurat nos propone una nueva forma de interpretar la realidad, al tiempo que postula un concepto nuevo y dinámico, sutil, de la materia. Esta aparente, latente y obvia desmaterialización de la materia, encuentra en la pieza de Seurat una representación encantatoria. Las piezas están inmóviles, pero no son una mera mole, sino que están atravesadas de partículas luminosas y de vacío, interconectadas en una fulguración que les da conformación y apariencia. Sí, la apariencia del alma podría ser muy bien, puntillista.
La sutileza de la ideación atomista se corresponde con la imagen puntillista, compuesta de cientos de vibraciones luminosas creando los volúmenes y superficies de los cuerpos. Quizá por todo esto, siempre he pensado que una representación adecuada, con visos de precisión,  de un espíritu sería puntillista.
El cuadro nos ofrece un lugar en un momento concreto, es decir, nos da una información espacio temporal imposible de dividir: la gente parece encontrarse bien, disfrutando del día de fiesta, disfrutando de no hacer nada salvo estar, mirando o paseando. La sublimación que lleva a cabo el arte de toda percepción, lleva aquí esta nota cronológica que añade más completud a la composición. Ha habido críticos que han concebido esta obra como el colmo de los modos de vida burguesa, pero  como diría Buñuel acerca del discreto encanto de la burguesía, ¿podríamos olvidarnos de la incordia de las ideologías y poder interpretar en esta obra un instante, sin arrebatos místicos ni éxtasis, del paraíso terrenal? El locus amoenus de toda una sociedad, un locus colectivo. Un solo flujo, o mejor, una sola vibración hecha de cientos de miles de vibraciones configuran a cada una de los personajes de esta imagen, toda ella, la imagen global, una sola vibración luminosa. De qué están hechas las almas y el conocimiento sino de luz…. Con más o menos modestia y con minuciosa aplicación, Seurat nos regaló un instante global de serena alegría y reposada plenitud. Si Demócrito le echara un vistazo a este cuadro sentiría cierto aire de familia.               
Un modo elemental e inmediato de calibrar el alcance emotivo o representacional de la obra sería imaginar una fotografía calcada de la obra pictórica. La fotografía, por muy formal que estuviese realizada, me mostraría el valor de lo real, se limitaría a este dato impositivo. Una foto nos mostraría enseguida aspectos “tocados” por el tiempo, más o menos macerados, quizá algún punto de suciedad, papeles, gestualidad de los rostros de los paseantes, etc.,,. La “limpieza” del cuadro nos ofrece “formas puras”, trasciende lo marcesible.  La imagen pictórica posee una singladura distinta a la fotográfica, un aposentamiento ingrávido que  atraviesa el tiempo representándolo y sin quedar fatalmente enredado en él. En la fotografía hallaríamos inmediatamente datos, más o menos anecdóticos, del paso erosionador del tiempo. En pintura, el tiempo está como amortiguado, su impacto ha sido sustituido sin violencia por una encarnación formal que pretende ser la vivencia de ese tiempo.
Podemos levantar empalizadas teóricas, articular universos críticos a través de infinitud de textos interconectados para informarnos acerca del origen histórico o estético de una obra, para confirmar, al final, cuando volvamos la mirada a la obra, que esta nos habla en un lenguaje distinto a las acumulaciones lógicas, el suyo, y lleguemos a olvidar la crítica que hemos construido. La obra de arte posee un destino que no acabamos de percibir en un primer vistazo o reflexión. La obra de arte no es algo estático: cada acercamiento a ella inicia un nuevo itinerario de comprensión y placer.
Miro con tranquilidad el cuadro de Seurat y lo veo inocente de toda sospecha de mecanicismo o inexpresividad. Permanece intacto a la puja encasilladora. La obra de arte se encuentra en un punto remoto, inexpugnable a los tendenciosos rodeos especulativos. La obra de arte nace de nuevo tras nuestro tormentoso litigio conceptual.     


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