Estos días me encuentro
leyendo el diario íntimo de Cesare
Pavese. Hasta hace dos días creía que Oficio
de vivir era el epígrafe de un poemario del autor, pero se trata del nombre
de este diario. Pavese siempre me pareció un tipo durillo, difícil de ánimo y
de trato, pero desconocía sus incursiones en los laberintos subjetivos y
torturados del yo. Con esta lectura a mí también me han entrado ganas de hacer
alguna que otra confesión. Padezco esta estimulación digamos mimética.
La gracia es descubrir,
constatar que el conjunto de tus experiencias al intentar ser explicadas o
relatadas a otros, cubran una dimensión de lenguaje lo suficientemente
relevante. Entonces parece que tu vida o lo que vas viviendo alcanza una
trascendencia que el lenguaje ratifica y consagra. Que lo que vivas encarne,
lingüísticamente, un orden, un empaque conceptual, aunque lo que se describa
sea una madeja de desastres íntimos o todo lo contrario, compensa tu dolor. Ya estás
ahí, ubicado en el árbol anónimo de los sufrientes cósmicos.
La vida me espanta y me
fascina. Jamás seré un adulto.
La felicidad del diario
es la legitimación de la percepción lúdica de tus propios abismos. Eres dueño
de ser exhaustivo o sintético con el material de tus deseos, sueños y
felicidades vividas. Es de nuevo el destino lingüístico de tus experiencias lo
que determina la intensidad y epicidad de las mimas.
Un diario íntimo como
un relato de delirios lúcidos.
La materia más
inmediatamente literaturizable es la vida propia. Si sabes cómo extraer los
fragmentos de interés objetivo y sopesar las consideraciones subjetivas dignas
de un interés critico o general, estás en disposición de articular un diario
que se convertirá pronto en obra literaria considerable.
Necesito parar o esquivar la cantidad de cosas que suceden, pero no por el mero aspecto cuantitativo sino porque la importancia de lo que ocurre ha adquirido con los años una significación total y a veces, aniquilante. Mi mundo se está llenando de personas ausentes, de gente que ya no está, de muerte, en definitiva, paulatina y progresivamente. Pero es que al mismo tiempo me voy dando cuenta de que resulta imposible asumir cada desaparición, por ello me acuerdo de ese dicho más o menos popular que dice que es necesario olvidar para seguir disfrutando de la luz del día. En realidad no olvidas meramente, sino que tu memoria va colocando a los que se han ido en un depósito ingrávido que permite el que la percepción del espacio vivo cotidiano no se oscurezca o colapse. Olvidamos pero sin olvidar. El olvido está poblado de ausentes que ocupan una suerte de ahora sin ahora, cuya única actualización es el recuerdo.

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