11.9.08

LA ARENA DEL RELOJ XII


La voluptuosidad de la grafía personal. Leo unos versos escritos en una de mis agendas y me parecen precisos, brillantes, plagados de imágenes interesantes. Leo después esos mismos versos en el ordenador y los veo planos, secos, anónimos. La agitación anímica, la pulsión sensorial del manuscrito, ha desaparecido. Ahora sólo veo líneas, conjuntos de líneas regulares, letras amontonadas. El tipo de escritura afecta al valor de lo escrito, determina grados de lectura.


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Obediencia a lo estético o la fuerza de las primeras impresiones. La Vampiria que aparece en el film de Tim Burton sobre Ed Wod, es para mí la Vampiria original y no la que, en realidad, es su referente, la Vampiria de la película de Wod de principios de los sesenta. Me resulta difícil pensar que el personaje de la película de Wod sea anterior en el tiempo, quizá porque remontar el tiempo sea un artificio improbable, o simplemente, porque vi la película de Burton antes que la de Wod. Quizá sea también porque la Vampiria de Burton me parece más compacta y más definida que la original.


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A propósito de la polémica benjaminiana entre el original y la copia. Quizá haya pocos ejemplos que ilustren mejor la dificultad de restituir "el aura" de una imagen que el de la Dama de Elche. Es tal la manipulación y vulgarización a que ha sido sometida, de tal modo se ha duplicado, imitado y parodiado la imagen - llaveros, reproducciones en miniatura, motivo folklórico, efigie presente en billetes y sellos - que resulta difícil devolverle, descubrir su belleza originaria, imaginar su ubicación sacral, su eclosión lejos del estereotipo que ha explotado, diluido y enmarañado su identidad mágica. La reproducción mecánica y la industria popular han disfrazado a la Dama de Elche de Dama de Elche. Podríamos decir, sin embargo, que el punto emisor del que irradia la serie infinita y banal de las imágenes de la Dama de Elche es la propia Dama de Elche, aunque la Dama de Elche no sea sus imágenes, indelimitadamente reproducibles. Estas son repeticiones de una forma original, y aun las versiones que pudieran "mejorar" a la Dama de Elche, dependen de la fuente, del arquetipo que es, propiamente, la Dama de Elche.


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De asfixiarme con la sustancia a aturdirme con los accidentes.


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Para Barthes el sueño es, estéticamente, poco estimulante, ya que, en definitiva, no es sino la extravagante puesta en escena de un soliloquio. Pero tiene una característica enigmática, la de contraer insólitamente el tiempo. Si la velocidad del pensamiento es infinita, según Deleuze, sueño y pensamiento poseerían ese poder increíble, la llave demiúrgica, de confundir y articular, de comprender y surcar grandes episodios o masas de tiempo. Difícil tarea la de escrutar el mecanismo de esas potencias cuando, podríamos decir, lo cualitativo ha sido reducido, sin menoscabo de su contenido, a lo cuantitativo en una operación fulminante.


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Estoy leyendo por encima a Wittgenstein y me quedo semidormido. Tengo un ensueño que es una suerte de escenificación de uno de los aforismos, no de su contenido conceptual, sino del mero hecho de la elaboración escrita de la reflexión. Hay una sala a la que comienza a acudir gente, o mejor dicho, la sala comienza a constituirse en la medida en que va apareciendo la gente. Cuando la sala está llena- una especie de sala universitaria con gradas- me doy cuenta de que por el hecho de reunirnos allí, unas personas sumadas a las otras, hemos creado una realidad que antes no existía, el conjunto de todos nosotros reunidos allí, que nuestra reunión supone la adición de una realidad concreta al mundo y que ostentamos el mismo estatuto de realidad que cualquier objeto físico existente en el mundo. No sólo hemos redefinido una realidad espacial que antes existía solo virtualmente- la sala- sino que nuestra reunión configura un cuerpo que se introduce y articula en la realidad de modo incontestable.




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