3.2.10


QUESQUESÉ? OH, VOLUPTUOSITÉ!


No hay nada más detestable y horrible que la fragmentación de lo vivo. Ni siquiera, cuando el artista hace de su cuerpo el objeto de su arte, hiriéndolo, exponiéndolo, desnudándolo, manchándolo o modificándolo de la manera que sea, como hace una Marina Abramovic, por ejemplo, se me hace soportable la idea, precisamente, porque hemos llegado al fin de cualquier otro medio, porque nos topamos con la inmediatez física del propio artista como único paisaje a escudriñar o moldear, al límite, al colmo de lo alienado: el cuerpo propio como víctima de la crueldad, de la exclusión, de la objetualización inhumana.
Pero si, con un ánimo bien distinto, hemos de repasar la sensualidad de las formas del cuerpo y destacar zonas sensibles, delicadas localizaciones realizar una suerte de movediza semiótica de las partes del cuerpo, distinguiéndolas o clasificándolas por la emisión erótica que desprenden, creo que sería el trasero, por su generosa morfología, el que ocuparía un puesto, paradójicamente, de vanguardia, en predilecciones y consideraciones.
Dalí veía la evolución de las galaxias formadas por el continuum de cuatro nalgas colosales en interacción estelar. Yo veo en la línea deliciosamente curva que separa ambas nalgas, la expresión de la harmonía perfecta, la del número dos, la de la pareja, la de la dualidad solucionada: las dos nalgas son inseparables, son uno en la naturaleza, es decir, ellas hacen al culo, expresión de ese uno; además, tal línea es en realidad imaginaria: no la hace sino la presión, la convivencia, el beso continuo de ambos glúteos en un mismo enclave.
Supongo que a estas cálidas alturas, habrá opiniones para todos los gustos, pero estaremos más o menos de acuerdo que contrasta la discreción del culo masculino, hasta ahora objeto erótico bastante huidizo, incluso pactadamente ignorado, con la irremediable abundancia de los traseros femeninos, tan finos y estilizados como pletóricos y delirantes. Son famosos los culos de las mujeres negras, que al ser más grasos , resultan más rollizos que los de otras razas. Bernard Shaw decía que lo más desgraciado del hombre blanco era su culo plano. Fijémosnos en los culos de las atletas negras, de las corredoras de los 100 metros lisos: son esferas de refulgente caucho agitándose al terminar el vertiginoso aceleramiento. Es un espectáculo delicioso ver a cámara lenta cómo, al llegar a meta, y conforme van frenando al finalizar la enloquecida carrrera, las nalgas de estas forzudas se agitan, se mueven y se descomponen hacia todos los lados, escapando del ceñido tejido del minishort y mostrando duros gajos de nalga al aire. Y las tenistas Serena y Venus Williams no son famosas sólo por sus victorias en la pista, sino por el prieto tonelaje de sus macizos, excesivos físicos.
Los pechos son para ser degustados delicadamente ( a no ser que por su volumen se parezcan a los traseros en cuanto a carnalidad ofrecida); los culos para ser azotados o mordidos sin conmiseración. Por eso he colocado el opulento trasero de una afromericana anónima encabezando este baladí comentario y que no parece sino estar diciendo: pellízcame, azótame, muérdeme... La mujer es una criatura bien extraña.
La palabra culo no me gusta. Es seca, demasiado escueta, concreta pero poco voluptuosa. Trasero es un sustantivo que puede aplicarse a cualquier parte de cualquier cosa que se encuentre detrás de esa cosa. Nalgas ofrece algo más de juego, porque hablamos no ya de un conjunto quieto, sino de un atractivo conjunto, es decir, de varias nalgas en seductora conjunción. Lo mismo ocurre con glúteos, aunque la evidencia muscular parezca borrar la significación sensual. Pompy, pandero, y otras semejantes son una tontería, un préstramo de otras épocas que se refieren al trasero con un eufemismo gracioso, convirtiéndolo en pompón de adorno, en motivo chistoso. Habría que inventarse una palabra que representase la sensualidad rebosante del trasero sin resultar grosera, ridícula o paródica, o bien jugar con los diminutivos y aumentativos- culito, culazo, culete-, en el caso de que el lenguaje optara irremediablemente con enfangarse ante el placer de poseer rabiosamente aquello que denomina - en consonancia- hiperbólicamente.

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