9.2.10


UNA STRIPER TRAS LOS LIBROS


Hace algún tiempo, haciendo zapping por la madrugada - náufrago soy de de la noche, más que navegante, desde hace casi dos décadas -, me encontré con una de esas pululantes emisoras de contenido erótico que vagamente supones locales pero que ignoras desde dónde emiten exactamente. La señorita en cuestión que se contoneaba y se quedaba desnuda delante de la cámara era un verdadero bomboncito: pelo negro azabache, piel blanquísima y ojos tremendos, porte serio e infantil a la vez, lo que le daba un aire muy excitante, y un trasero de una redondez perfecta. Hoy ha ocurrido que en Alicante, en un local de venta de libros y discos económicos, me la he encontrado tras el mostrador despachando al público, junto con el compañero que también enseñaba sus atributos ante la cámara al precio de las llamadas de los espectadores que desearan contactar con alguien o hablar con alguno de los dos "figurantes".
Confirmando, tras un rápido vistazo, que era la misma que la de la televisión, y teniéndola de pronto delante de mí, empezó a arderme el cuello ante la idea de dirigirme a ella. Intenté serenarme, decidiéndome, finalmente por un estupendo libro de fotografías de Abelardo Morell, y cuando la chica registraba la compra en el monitor, le dije que su cara me sonaba... Me sentí vulgar, un palurdo intentando ligar, al decirle aquello. La chica abrió desmesuradamente sus brillantes ojos y casi se echó a temblar al ver que un desconocido descubría las facetas secretas de su vida cuando comencé a explicarle las razones por las que me resultaba familiar. Tras unos titubeos, ella, como excusándose, me dijo: "... pero de eso hace ya tiempo." Si supiera que la tengo grabada en vídeo... Intenté ser campechano, es decir, no mencionar detalles, decirle tan sólo que me parecía haberla visto de pasada en algún programa nocturno; además, no había ningún cliente cerca que nos pudiera escuchar y su compañero se hallaba en el otro extremo del local, pero cuando me despedí de ella con el libro bajo el brazo, deseándole tontamente que el negocio marchara bien,- era mi excusa ante mi atrevimiento- y salí fuera, me sentí extraño a mí mismo.
Aunque intenté una comunicación simpática y superficial, me di cuenta de que había ejercido una violencia sobre la chica, de que había metido la pata. Pensé que quizá debiera haber sido más discreto y no haberle dicho nada. Lo que experimenté de modo extraño y sin buscarlo, fue esa impunidad del espectador ante la vulnerabilidad del artista que trabaja con su cuerpo y que por lo tanto, se encuentra expuesto a la vista de todos. Se supone que yo, como espectador, debiera seguir siendo anónimo. Ahora que la chica ya conoce quién la miraba desnuda, se había roto el pacto tácito establecido entre público y artista.
Ahora ocurre que tengo un pequeño problema: ¿con qué ánimo voy yo a entrar de nuevo en esa tienda, cuyas ofertas me interesan y que he estado frecuentando desde que la descubrí, sabiendo que ahora está la chica allí dentro? ¿Y ella, cómo reaccionará si me vuelve a ver, me esquivará, le resultará incómoda mi presencia, creerá, incluso, que la estoy acosando?
Su reacción me hizo pensar en el policía que coje por sorpresa al ladrón: la tenía en mis manos, me miraba con una mirada desorbitada, como si con un par de palabras la hubieran desnudado donde y cuando menos se lo esperaba. Yo, que por mi carácter neurótico, mantengo unas frágiles relaciones con el prójimo, que siempre suele ser más fuerte que yo, esta tarde con la chica mirándome de esa manera, aunque sin perder la sonrisa, me he sentido, involuntariamente, un poco tirano.

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