23.8.10


YA TE DIGO
Examino las numerosas fotografías de Grace Jones que voy pillando por la red. Resulta admirable la energía y el estilio de esta mujer que ya pasa de los sesenta. Y ese despliegue de piernas. En algunas fotos actuales casi está mejor que en otras más antiguas. Lo que no comprendo es cómo cambia el grosor de sus muslos de un concierto a otro del que le separan apenas meses. En algunas imágenes sus piernas son infinitas y delgadas, elásticas y danzarinas, vertiginosas; y en otras, Grace se ha convertido en una maciza de poderosos muslos y prietas caderas. Cómo debe vivir su cueerpo. Mejor dicho, en una artista como Grace, no hay antagonismo posible: cuerpo y alma son una sola y fulgente cosa.
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LLegará un día en que se legisle sobre qué hacer con la tercera aspiración de oxígeno que hagamos.
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Mi prójimo ajeno.
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La necesidad de establecer unos límites para experimentar, paradójicamente, la plenitud: el orden espacio-temporal que impone el trabajo, la sensación de harmonía que produce una geometría arquitectónica, o el placer de imprimir en unos versos la totalidad de la impresión vivida. El verso es restrictivo. Qué es la métrica sino esa geometría de la que hablamos, aplicada a la palabra que entonces fluye como música.
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Leyendo con gusto a Lucrecio, su De Rerum Natura, en la añeja pero ejemplar traducción de Archena, refrendada por Agustín García Calvo. Del autor romano tenemos una imagen negativa, marcada por las afirmaciones de la mortalidad del alma y por su supuesto suicidio. Como siempre pasa, nos encantan las leyendas y los estereotipos. Lo digo porque lo que resulta alarmante por un lado, se equilibra por otro: su visión dinámica y admirable de la naturaleza observada como una metamorfosis continua, su idea de que la naturaleza no se extingue sino que se transforma a partir de las muertes necesarias, su valentía y honradez al concebir un universo libre de dotaciones estáticas y artificiosas de dioses, el carácter redentor que encuentra en el ejercicio de la intelectualidad...

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