20.9.11

DIARIO



Paul Valéry desechaba la idea de escribir un diario: pensaba que era una tarea inútil registrar cosas de las que uno mismo, con el paso del tiempo, no se acordaría y de las que llegaría, incluso, a sentirse ajeno. Barthes sólo aprueba llevar un diario a cambio de convertirlo en literatura. Estoy de acuerdo con ambos. Lo ideal sería escribir manteniendo el equilibrio entre las dos opciones: desechar el mero registro monolítico, sin destino emocional, viendo lo que ocurre a tu alrededor como un escritor, como un poeta. No inventar ni burdamente inventariar, sino simbolizar.
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Deambulando por Murcia con un par de pasteles de atún encima. Se me ha ocurrido sentarme en la gran rotonda en la que acaba la avenida Alfonso X y que es el punto de convergencia de otras calles grandes. Estaba atardeciendo, las luces de color acuáticas de la fuente estaban encendidas, grupos de chicos y chicas se tumbaban sobre la hierba y decidí sentarme en un banco. Cuando me acercaba al banco solitario, percibo que al fondo, sobre la arena del espacio que circunda lo que es el centro pavimentado de la plaza, han puesto un amplio mostrador en el que se sirven bebidas y tapas. Por su aspecto humilde pero encantador, allí, en la umbría de los árboles, parecía mas bien, un merendero de los setenta. Había luces, mesas y sillas de plástico, con bastante gente. En el justo momento de alcanzar el banco, apenas depositar los pasteles a mi lado, escuché el sonido de una campana aguda y concreta, no de iglesia, y he visto pasar el nuevo tranvía. De pronto, sumido en esta deliciosa mezcla: ambiente de fiesta, gente, gorjeos de pájaros, movimiento tranquilamente bullicioso en el que nadie molesta a nadie, temperatura no en exceso calurosa, el tranvía pasando repleto de personas que regresan a sus casas o se suman a la tarde de fiesta de la capital, perfumes errantes acariciando los sentidos, me he sentido repentina e intensamente dichoso. Precisamente, el día anterior había estado leyendo unas reflexiones de Leopardi sobre estas exquisiteces íntimas de la contemplación. Pero reconozco que este abandono no ha estado exento del toque de una cierta aureola de melancolía. De este modo, esta "dicha" de la que hablo, en tanto que sensación solitaria y pasajera, ¿es realmente dicha, podemos conceptuarla como tal, como indicio o signo de algo mayor y posible, y no como meramente el arrobo olvidable del flaneûr que gusta perderse en el laberinto de la ciudad? Me encontraba cansado, hecho polvo, después de haber atravesado media Murcia, pero de momento, tener esta vista instantánea y circularmente panorámica de la realidad, me hizo pensar que la felicidad era posible, que es posible ser un poco como los demás - mi secreto anhelo -. Si no soy nadie en especial ¿por qué tengo que sentirme eternamente excluido de la fiesta humana, de la bendita normalidad, de la harmónica integración en esa cosa, difusa y concreta a la vez, llamada sociedad?
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Leo en Plinio que coitus significa "conjunción": la coincidencia de varios planetas en una misma trayectoria sideral. Qué metáfora maravillosa nos concedieron los dioses o el Verbo, y de la que ya ni nos acordamos.
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Un amigo escultor me cuenta su viaje a Australia y cómo la guía aborigen percibió algo en él, le dijo que no era como el resto de los turistas y le llevó a un lugar secreto, fuera de programa, donde le enseñó cómo pintaban sobre la tierra y en las piedras, sus antepasados. La televisión y los periódicos nos bombardean con la pobreza y la miseria que hay en el mundo, pero las energías clarividentes están agazapadas, prestas a brotar apenas se produce la conexión luminosa, cuando la ocasión azarosa lo propicia.

1 comentario:

José Antonio Fernández dijo...

Esos momentos de dicha hay que aprovecharlos. No suelen ser muy abundantes.