13.2.12

CONTRAPORTADAS PSICODÉLICAS DE LIBROS VIEJOS



Me parece que ha sido Jesús Marchamalo quien ha publicado recientemente un librito titulado de este modo, "Tocar los libros". No se trata de una manía exquisita, específica de bibliófilos - lo de tocar los libros, olerlos, sentir la textura del tipo de papel - sino algo que, ante determinadas ediciones, y singularmente si son añejas, se impone sensorialmente para quien frecuenta el mundo literario y la lectura. Confieso que, literalmente, he hincado el colmillo en más de una ocasión en el paquete untuoso y compacto del libro, embriagándome con la vista y la palpación de esas páginas crema o de tonalidades ebúrneas de ediciones recientes. Van Gogh se tragaba chorros de óleo, yo muerdo libros. Los libros de la editorial Pre-textos, por ejemplo, son un modelo de esta querencia literario-degustativa: sus ediciones nos suelen brindar selectos textos en forma de verdaderos bocados aromáticos de celulosa de vainilla. Es un placer repasar digitalmente las estrías de las tapas de sus libros que se parecen a los apretados junquillos de pequeñas esteras chinas, aunque, con el tiempo, esta estructura esponjosa es más vulnerable al deterioro.
Los libros antiguos suman dos aspectos demasiado severos: la solemne pesadez de sus elaboradas encuadernaciones e, irremediablemente, la erosión del paso del tiempo, que al oscurecerlos, los hace semejantes a momias de papel. Lo que primero impacta, visualmente, es el carácter monocromo  de ese marrón que nos recuerda su origen vegetal, en el que, a veces, dispersamente, detectamos detalles de vida: el dorado sucio, cuasi borrado, de epígrafes desfallecientes o de alguna ilustración oxidada.
Como "pobreza" y "antigüedad" tienen alguna vinculación (equívoca) en la red semántica con respecto a la apreciación de lo aparente, los libros antiguos deprimen un poco, nos transmiten no sólo los efectos del paso del tiempo, sino el tempo del lector antiguo. La ausencia de ligereza, en la mayoría de los casos, el carácter primorosamente artesanal de las ediciones, el rigor de esas tapas a veces planas, que nos ponen en contacto con la tosquedad material de lo que no es sino un pedazo metamorfoseado de madera, imponen un acercamiento pausado, específico, lento, ritual a su lectura. Es el libro del burgués del XIX, el que se encasqueta respetuosamente en el hueco de la densa estantería a la que pertenece.
Pero, a veces, ese carácter grave de los libros antiguos se permite ciertos delirios relajantes, ciertos abandonos vibratorios. En los interiores de las contraportadas son frecuentes las formas atigradas, esas filigranas granate o sepias que cubren todo el espacio de la página y que, como las vetas de fragmentos de vetustos mármoles o de compactas configuraciones de humo crean un hipnótico efecto de belleza abstracta, mitigado  -o potenciado -, por el moho y las décadas.
El impacto que crearan en un lector contemporáneo del libro estas contraportadas seguramente fue vívido, e incluso, ligeramente embriagador. En realidad, estéticamente, estas formas que recuerdan burbujas o reflejos en el agua, son totalmente "modernas".



Desconozco su origen, quizá se debió a un azar; o bien a alguien, a algún editor o impresor le pareció que los volúmenes más notables podrían quedar más atractivos si, además de los cuidados de la portada y la presentación interior, se rellenaran las contraportadas con algún tipo de efecto, y para no depender de ningún ilustrador, crearan un catálogo indefinidamente multiplicable partiendo de lo más simple que las máquinas pudieran imprimir.
Con seguridad, ya alguien ha estudiado esta cuestión, ya sea desde la semiótica o desde la historia del arte, pero resultaría interesante investigar el origen y el porqué de los adornos que acompañan-componen el libro y, sobre todo, las que se despliegan en las contraportadas,  esa energía que, partiendo del exterior, cerca el texto como para protegerlo.

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